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domingo, 26 de enero de 2014

Palcos, amigocracia y corrupción en el fútbol


Cuando Zarzalejos  escribió en su blog el post titulado La España de Bale el pasado 7 de septiembre recibió virulentos y desproporcionados reproches. Se limitó entonces a calificar de escandaloso que en un país con millones de ciudadanos bajo el umbral de la pobreza, el Real Madrid se jactase de haberse hecho con los servicios de Gareth Bale por la exorbitante cifra de 91 millones de euros. Sigo pensando que esa contratación atenta al buen sentido y al pudor en una sociedad en apreturas como la española. Esta misma semana hemos conocido dos datos escalofriantes: según el informe anual de situación social en España elaborado por la UE, el 12% de trabajadores con empleo viven en la pobreza y un 15% de hogares subsisten gracias a las pensiones de los abuelos. En este contexto se destapa la trama de presuntas y probadas corrupciones en el mercado futbolístico y se ventean cifras sobrecogedoras.

El caso de Neymar, cuya ficha real se desconoce, ha provocado, por su enormidad, una querella criminal contra el presidente del BarcelonaSandro Rosell, imputándole delitos de apropiación indebida y administración desleal. Aunque la querella ha sido sólo admitida y Rosell no está todavía imputado, ha presentado su dimisión irrevocable. Ayer se barajaba la posibilidad, incluso, de que fuese retirada. Al parecer, en el fichaje del jugador brasileño, podrían haberse repartido millones en abundancia a una cadena de ojeadores, intermediarios y 'engrasadores' de la operación. Dinero fácil en el fútbol ante masas sociales acríticas y dóciles. Es la España que todavía no ha reaccionado ante la inmensa inmoralidad de la burbuja del fútbol.
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Los políticos, lejos de ser ajenos a esta realidad tantas veces corrupta, se han comportado como verdaderos cómplices. Atraídos por la vanidad y el interés, gustan de figurar en los palcos del Bernabéu o de Camp Nou -y las nomenclaturas autonómicas en los de sus respectivos clubes- y se han amigado que con los presidentes y directivos de esas sociedades que han utilizado sus cargos deportivos para cuajar negocios propios. Ese capitalismo de palco ha ido conformando una amigocracia que funciona hasta extremos insospechados. Tan fructífera y rentable que hasta jeques -reales o impostados- pretenden hacerse con la propiedad de un club como plataforma de promoción y negocio. En esa amigocracia de palco no han faltado, ni faltan,prescriptores de opinión y ejecutivos de medios que se codean con políticos y empresarios sometiendo su independencia personal y profesional a grave riesgo.
Esta es la realidad de otro sector de la economía española -hablamos de dinero, no de deporte- hasta el momento prácticamente intocable e intocada. El éxito del fútbol español, la rutilancia de la nuestra liga, la marca mundial de clubes como el Real Madrid y el Barça, han sido sus escudos protectores. El caso Neymar-Rosell abre la caja de Pandora, corre el velo de ese capitalismo de palco y amigotes y nos sitúa a todos ante otro escenario nacional que va a requerir de alta cirugía y de un saneamiento completo.