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martes, 8 de abril de 2014

El desafío soberanista es en última instancia la evidencia del fracaso de la política.

El Congreso de los Diputados vive hoy una de esas sesiones históricas. Aborda el desafío soberanista catalán, el mayor reto a la unidad territorial del Estado que se ha planteado en España desde el restablecimiento de la democracia, por encima incluso del plan soberanista de Ibarretxe de 2005.
Aun así, el pleno tiene cierto aroma ‘light’. Y es que la suerte parece echada. No se vislumbra margen para la sorpresa ni en el desarrollo ni en el desenlace de la sesión. El PP, PSOE y UPyD tumbarán por amplísima mayoría la petición del Parlament para que se ceda al Principado de forma temporal la potestad de convocar referendos para consultar a los catalanes sobre la ruptura con España.
No solo. A diferencia de lo que hizo el lehendakari Ibarretxe, quien hace nueve años fue a Madrid y subió a la tribuna del Congreso para confrontar su propuesta de libre asociación con España, Artur Mas ha decidido taparse y hacer mutis por el foro. El president no quiere que su foto simbolice la derrota que hoy sufrirá el soberanismo catalán en las portadas de los diarios del miércoles.
Y eso que el dirigente de Convergencia vive políticamente del desafío al Estado desde hace tres años. Con él como excusa ha evitado dar cuenta de su deficiente gestión, de sus durísimos recortes o de los graves problemas de corrupción que aquejan a CiU y algunos de sus máximos responsables. El caso más significativo, el de Oriol Pujol que de ‘delfín’ y ‘número dos’ ha pasado a un segundo plano por su implicación en el escándalo de las ITV.
Existe la duda de si el presidente Rajoy aprovechará el debate para hacer lo que el PP ha amagado y nunca ha llegado a formular: una oferta de mejora de la financiación de Cataluña. A apenas mes y medio para las elecciones europeas no parece el momento más adecuado. Además de que resulta dudoso que a estas alturas sirviera para zanjar el problema.
El desafío soberanista es en última instancia la evidencia del fracaso de la política. Cataluña no era independentista hasta antes de ayer. No lo era cuando refrendó –ante la indolencia de los ciudadanos– el nuevo Estatuto que pactaron Zapatero y Mas de espaldas a Maragall. Tampoco cuando el Constitucional lo ‘cepilló’. Ni siquiera cuando CiU pidió un Concierto Económico como el vasco como compensación. Rajoy, el PP, declinaron contraofertar. El nacionalismo se lanzó a acusar al Estado español de ser el origen de todos los males de una Cataluña castigada por la crisis y la mecha del separatismo prendió.

Alberto Ayala hoy en EL CORREO