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jueves, 5 de junio de 2014

¿Cómo es posible que una persona que llega al trono sin recursos conocidos posea en la actualidad una fortuna descomunal? ¿O eso no es cierto?

La abdicación real rompió la relativa tranquilidad de una ciudadanía que lleva ya demasiados meses acostumbrada al sobresalto cada vez que enciende la televisión. No es para menos. Los comentaristas han especulado durante estas horas sobre las razones que han llevado a la máxima institución del Estado a tomar esa real decisión. Una decisión que nos ha pillado a todos con el pie cambiado, comentando la victoria de Podemos. Pero mucho me temo que esta retirada, que no es cuestión menor, incluso llegue tarde, porque se trata de algo que mucha gente pedía hace ya tiempo, cada vez que veía al Rey en la pantalla. Y si las cosas no se hacen a tiempo, llegan tarde.
La ciudadanía está cansada y hastiada.
El Rey ha dado un paso, no pequeño, desde el punto de vista personal, pero llega tarde. Llega tarde porque, a diferencia de lo que afirma Rajoy, a muchos ciudadanos esa institución nos importa más bien poco. Al presidente le bastaría, si tan seguro está de lo que dice, con preguntárnoslo. Además –y dejo de lado de momento una referencia a la maltrecha salud del monarca– tanto él como su propia familia se han visto implicados en varios escándalos que son difíciles de asimilar por unos ciudadanos que se sienten castigados con saña día tras día, agotados por el abuso que sobre ellos se comete. Ciudadanos que se formulan desde hace años una pregunta que afecta al Rey de forma directa: ¿cómo es posible que una persona que llega al trono sin recursos conocidos posea en la actualidad una fortuna descomunal? ¿O eso no es cierto? Es un tema que se debe aclarar de una vez, en un sentido o en otro. Somos ciudadanos, pero tengo la impresión de ser tratado en algunas cosas como un lacayo. ¿Por qué este oscurantismo? ¿Por qué razón se hurta información al ciudadano? Porque si no fuera cierto, no resultaría complicado negarlo: al presidente de Uruguay le cuesta muy poco decir que no tiene nada. Pero si esto no se aclara, el manto de la sospecha se niega a desaparecer. Cuando nuestros políticos defienden esta situación contribuyen a generar cada vez más enfado, fomentan el crecimiento de esa masa social que nunca en la historia se había manifestado con tanta claridad, y en ese número, contra la monarquía y contra todo lo que venga de arriba. Ya no esperamos gestos, esperamos algo más.

  • 4 jun. 2014
  • El Correo
  • PELLO SALABURU