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domingo, 27 de julio de 2014

07 - ¡Gracias para venir!

7.   


        El despertador sonó a las siete de la mañana. A Pedro le dio mucha pereza levantarse, pero era necesario meter bajo la puerta de la tienda el sobre con la carta para Adrián antes de que éste llegara. Renunció a la ducha y se vistió rápidamente. Desayunó y salió a la calle. Cogió el metro pasadas las siete y media, en la estación del Casco Viejo. A las ocho estaba en Algorta. Caminó hasta la tienda, comprobó que nadie le veía e introdujo la misiva bajo la puerta. Luego se alejó sigilosamente, cojeando, para dejar una pista falsa a quien le hubiera visto. Además llevaba una bufanda a rayas negras y grises que le servía de embozo y un gorro de lana azul marino que le cubría toda la cabeza. Sólo se le veían los ojos. 
      
         A unos cien metros de la tienda de Adrián encontró una cafetería donde pidió un croissant con un descafeinado. Allí pasó más de media hora frente al Correo. Problemas con el Athletic, problemas con la cuota de riesgo, con la bolsa y con casi todo. Malos tiempos para la esperanza. 

         Luego caminó hasta el puerto viejo, siguió andando por el paseo costero hasta el puerto nuevo. Allí dio media vuelta y cogió el pequeño ascensor  que conduce de nuevo hasta la zona peatonal de Algorta. Anduvo hasta la tienda. Eran más de las diez y Adrián había llegado ya a su puesto de trabajo. Disimuladamente se cercioró de que la carta no estuviera en el lugar donde él la había dejado. Misión cumplida.

         Telefoneó a sus socios para comunicárselo y cogió el metro hasta Deusto. Allí se detuvo porque quería pasar por la charcutería que recientemente había descubierto y donde podía comprar buen jamón a muy buen precio. Compró diez paquetes. Llegó a su casa con la compra  y salió de nuevo con la intención de disfrutar de la mañana del lunes.  


         Al llegar a la Gran Vía le entraron unas ganas desmesuradas de ver a Irene. No sabía nada de ella desde el viernes, Sólo habían trascurrido tres días, pero en momentos como ese echaba de menos su compañía. No quería agobiarla. No quería incomodarla y en un primer momento controló sus deseos de telefonearla. Sin embargo se dejó llevar por sus antojadizos pasos hasta la plaza Campuzano, donde ella vivía. Quizás por azar se encontrarían en la calle. Ella, tal vez, habría salido a comprar el pan. Estuvo entreteniéndose con los escaparates de la zona hasta que reconoció la voz que le dijo:

-¡Qué casualidad! ¿Qué haces tú por aquí?

         Era quien tenía que ser. 

-Estaba pasando el tiempo, disfrutando de mi condición de jubilado, de vivir sin prisa entre tanta vorágine. ¿Y tú?

-He salido a comprar el pan y a ver si tenía un encuentro que iluminara mi mañana, parafraseando a Sabina.

-Sabina habla del día entero.

-Eso es mucho. Con que me ilumines este rato que queda de mañana es suficiente. Ya veré yo luego cómo ilumino la tarde.

-¿Un paseo? ¿Un vino? 

-Las dos cosas. Pero, espera un poco. Voy a dejar el pan en casa. Bajo en menos de cinco minutos.

-A ver si es cierto.

         Pedro acompañó a Irene al portal y allí la esperó exactamente siete minutos.

-Han sido siete, -no pudo contenerse.

-Quien dice cinco dice siete.

-Bueno. Eso lo dices tú. Lo que yo sé es que la espera, de cinco o de siete, ha merecido la pena. Mi plan mañanero era muy triste: pasear solo por la calles de Bilbao y a eso de las dos retirarme a casa, abrir de nuevo una lata de alubias y una botella de cava que tengo en el frigorífico y comer frente al televisor. ¿Qué plan tenías tú?

-Subir a casa, sentarme frente al televisor, prepararme una ensalada, freírme unas pechugas con poco aceite y volver a sentarme frente al televisor. Nada especial.

-Pues tal vez tras el paseo y el vino te apetezca comer conmigo un saludable menú en alguno de los restaurantes del centro.

-¿Alguna propuesta?

-De momento no. El aperitivo si sé donde tomarlo. Lo de la comida no lo tengo tan claro. ¿Te gusta la comida italiana?

-Me gusta, aunque engorde demasiado.

-Un día es un día.

-Vale. Me dejo llevar.

         Caminaron juntos, pero sin cogerse del brazo, hasta la plaza Eguillor. Allí se encontraba el bar Lepanto, antiguo nido de clientes rancios y peligrosos conspiradores, convertido hoy en día en un agradable establecimiento donde confluían el aire noble de la madera con un toque desordenado de carteles que contaban con imágenes los trabajos de cooperación que el dueño del bar llevaba a cabo en India, a través de la Fundación Vicente Ferrer. Una mezcolanza llamativa.  La barra estaba llena de atractivos pinchos, alguno de ellos había ganado algún concurso local. 

-¿Te gusta este bar? –preguntó Irene algo sorprendida cuando Pedro la invitó a entrar. –Nunca he entrado. Sé que es uno de los que acostumbra a visitar mi marido con sus clientes. A cerrar algún negocio, que dice él. A cerrar negocios y beber cubatas, hasta la llegada de la noche. Así lo único que queda por hacer antes de que el día finalice es llegar a casa, cenar con la intención de secar tanta ginebra y a la cama, sin apenas despedirse de nosotros, de su mujer y su hijo. Así es muy fácil no discutir nunca. Si hay quejas, se compensa tanta ausencia con dinero, con algún regalo caro.

-¡Cómo te has puesto! Si quieres cambiamos de establecimiento. 

-No. Éste está bien. ¿Por qué te gusta a ti? Tal vez me ayudes a descubrir su secreto.

-Me gusta por esta mezcla de nobleza y solidaridad, y porque sirven muy bien la cerveza, el vino que ponen es estupendo y ese pincho de bacalao está que se sale.

-¿De dónde?

-De dónde, ¿qué?

-¿De dónde se sale ese pincho? –insistió Irene.

-Es una expresión. ¿No la conocías? –Pedro e Irene se habían acodado en la barra, al fondo, cerca de la cocina y de las escaleras que conducen al piso superior.

-Te estaba tomando el pelo. ¿Qué vas a pedir? Es que no acostumbro a beber por la mañana.

-¿Por la tarde si?

-Más frecuentemente, aunque muy poco.

-Yo voy a beber un crianza y voy a comer uno de esos pinchos, -dijo Pedro señalando al pincho al que se había referido anteriormente, el de bacalao. –De todas formas, si te gusta la cerveza, aquí la sirven casi tan bien como en Madrid.

-No. Es mucho líquido y además hace frío. Voy a pedir un marianito, un vermú pequeño. Aunque luego quizás tengas que acompañarme hasta casa. 

-¿Y para comer?

-Afortunadamente no me encuentro contigo todos los días. Arruinarías mi dieta.

-¿Haces dieta? –En ese momento se acercó el camarero. Pedro le pidió el crianza, el marianito y su cazuelita con bacalao al pil-pil. –Entonces, -dirigiéndose a Irene, -¿quieres comer algo?

-Otra cazuelita de esas. Pero caliente, por favor.

         El camarero se alejó, cogió los pinchos, los colocó en un plato y los introdujo en un microondas que estaba junto a la puerta de la cocina. Luego volvió y preparó las bebidas. En un par de minutos Pedro e Irene estaban servidos. En ese tiempo habían conseguido un par de taburetes y ahora estaban sentados, uno frente al otro, junto a la barra.

-¿Y qué hacías tú por los alrededores de mi casa?

-Merodeaba, como un ave de rapiña, por si aparecía mi presa. Y ha aparecido. Tenía ganas de verte, y he pensado que tal vez sucediera lo que ha sucedido. Ha sido como una especie de milagro. He deseado una cosa y esta cosa ha sucedido. Ojala fuese siempre así de fácil. ¿Hay algo que deseas que no consigues? –preguntó Pedro tras dar un primer mordisco a su cazuela de hojaldre con algunas láminas de bacalao.

-¿Algo? Hay un montón de cosas. Pero sobretodo una. Ya sabes. Me gustaría recuperar a mi hijo. –Irene hizo una pausa. Cogió la copa de vermú y dio un pequeño sorbo. –Creo que no tenías que haberme hecho esa pregunta. Nos vamos a poner transcendentales y la magia de la mañana va a desaparecer por completo.

-Pues olvídate de la pregunta. Evidentemente sobraba. -En ese instante a Pedro le vinieron a la cabeza muchas tardes que había pasado caminando y tomando algunas cañas por los bares de Santa Ana, o de Chueca, o de Huertas con Julia. Habían sido tardes especiales. Las tardes de los viernes, consagradas a pasarlas los dos solos, sin amigos. Julia siempre se ponía guapa para la ocasión. Pedro no. Variaba muy poco de ropa.

-Te has puesto muy serio. ¿En qué pensabas?

-No creo que sea una buena idea ponernos serios. Me he acordado de otros tiempos.

-Tiempos pasados siempre fueron mejores, -dijo Irene por decir. Quizás para escuchar lo que vino a continuación.

-Ya sabes que no siempre es así. Este momento es tan bueno como muchos otros que tuve en el pasado. Precisamente me estaba acordando de esos momentos. –Pedro sonrió e hizo una pausa. -No sé si debo seguir por estos derroteros. Me he acordado de mi mujer, de Julia. De nuestras tardes de los viernes por Madrid. 

         Irene también dibujó una sonrisa. Después acarició brevemente la mejilla izquierda de Pedro. Y luego dio un nuevo sorbo a la copa de vermú. 

-Este pincho está muy rico. –Mordisqueó la cazuelita de bacalao.- A mi no me importa ponerme trascendental. Así, que si quieres, puedes contarme lo de tus paseos con tu mujer.

-No sé si está bien hablar a una mujer de otra que hubo antes.

-Entre tú y yo no hay más que un bonito principio de una bonita amistad.

-¿Nada más?

-Sí. Que tú eres un señor de cincuenta y pico y yo una señora de edad inconfesable. Y eso a veces hace imposible que esa bonita amistad dure demasiado.

-Mientras se convierta en algo mejor.

-¿Mejor? 

-Más intenso.

-No sé a qué te refieres. ¿Te parece poco intenso lo que estamos haciendo?

-No te enfades. Lo que estamos haciendo es maravilloso. ¿Hay algo mejor?

-No intentes arreglarlo. Cuéntame lo de tu mujer, -y acabó su copa tras un largo trago.

-No era nada especial, pero sí era especial para nosotros. Tomábamos un par de cervezas. O de vinos. Paseábamos. Repasábamos lo que habíamos hecho esa semana. Me contaba cosas del trabajo. Yo le tocaba la pierna, sobretodo cuando se ponía alguno de sus vestidos, o sus faldas cortas. En los bares le ofrecía los taburetes. Ella se sentaba, yo no. Y entonces, al sentarse, se le subía un poco la falda, lo suficiente. Quedaban sus leotardos o sus pantis al aire. Y ahí dejaba caer  mi mano, que luego ascendía sigilosamente hasta que  alarmada por el posible escándalo que nunca llegaba me preguntaba a ver qué estaba haciendo.

-¿Quieres hacer lo mismo conmigo?

-No sería una mala idea. Pero aún no me atrevo. Y además llevas pantalones.

-Es un seguro contra posibles tentaciones. –Volvió a acariciar la cara de Pedro, sonriente. –Sigue con tu mujer.

-Una de las cosas buenas que tenemos los humanos es que retenemos en la memoria muchos más momentos buenos que malos. Yo, por ejemplo, recuerdo un montón de anécdotas divertidas de Julia. Y en general, tengo la sensación de que nuestro matrimonio, mientras duró, que duró varios años, más de veinte, estuvo bien, muy bien. Fuimos felices. Lo que es obvio es que que lo fuimos durante tanto tiempo no es garantía de que lo vayamos a ser durante toda la vida.

-Yo no tengo la misma sensación con mi marido, con mi matrimonio. En estos momentos intento recordar los buenos momentos y debo acudir a los primeros años. Antes de que naciera nuestro hijo, y hasta que éste cumpliera los diez años. Quizás antes. Mi marido empezó a perder interés en mí y no supimos cuidarnos. No supimos dedicar las tardes de los viernes a nuestro matrimonio. Un matrimonio necesita sus momentos de intimidad. Disfrutar el uno del otro, sin más compañía.

-Nosotros lo de las tardes del viernes lo respetábamos porque entendíamos que era importante. Y, creo, que Julia y yo seguiríamos juntos si nuestro hijo no hubiera muerto. Su muerte marcó un final. Incomprensible. A otra pareja quizás la muerte de un hijo, de su único hijo, les hubiese unido más. Nosotros, sin verbalizarlo, entendimos que una etapa, una larga etapa, había llegado a su fin, cuando volvíamos del tanatorio, entre lágrimas y deseos de comprender por qué había sucedido lo que sucedió.

-Yo en cambio comprendo perfectamente por qué se rompió nuestro matrimonio. En ocasiones es mejor no entender nada. –Pedro acabó su copa de vino mientras Irene decía esas palabras. 

         Siguieron hablando de sus matrimonios, turnándose, civilizadamente, sin interrupciones ni correcciones. Repitiendo historias y sensaciones que ya habían sido dichas en otras ocasiones. Parecía que ambos se habían tumbado sobre el diván de un mismo psicoanalista y comentaban ordenadamente sus recuerdos y sus culpas.

-¿Salimos? –propuso Pedro casi diez minutos más tarde. –Pago, dejamos a un lado nuestros pasados, volvemos a encontrarnos y nos vamos al restaurante italiano que está en esta misma calle, que me han dicho que es estupendo y que además no es muy caro.

-Bien. Espérame que voy al servicio.

         Pedro esperó a Irene en la calle. Minutos más tarde la vio acercarse desde el fondo del bar, con la melena que llegaba hasta los hombros, con sus mechas. Con su abrigo negro, de doble botonadura, sus pantalones vaqueros claros y las botas de tacón. No disimulaba su edad. Irene tenía más de cincuenta años y los aparentaba. Pero, sin duda alguna, era una mujer de cincuenta años muy atractiva.  Pedro lo confirmaba cada vez que la veía caminar por la acera, cualquier acera.     

-No me importaría beber otro marianito antes de ir a comer. He descubierto lo bien que me ha sentado el que he bebido aquí mientras me acicalaba frente al espejo del baño.

-¿Has ido a acicalarte?

-Tenía que orinar y de paso he aprovechado. Me gusta saber en todo momento el aspecto que tengo. Sentirme guapa me da seguridad. ¿No te parece que estoy guapa?

-Estás guapísima.

-La necesidad de sentirme guapa viene de siempre, desde que era una mocosa de doce o trece años. Nunca he sido muy lista. Estudié en la Pureza, un colegio de elite en el centro, lleno de niñas pijas. No era buena estudiante, aunque durante algunos años lo intenté. En cambio siempre he sido de las más resultonas de la clase. Cuando salía de paseo con mis amigas, por Indautxu, los chicos con los que nos encontrábamos, muchos de ellos estudiantes de Jesuitas, siempre querían quedarse conmigo, hablar conmigo. Eso me hacía sentirme bien, más segura. Y desde entonces siempre he procurado sentirme guapa, cuidar mi aspecto. Aunque últimamente no me haya servido de nada. –Con la pausa Irene hizo un divertido gesto de coquetería. -¿A dónde me llevas a tomar un segundo marianito?

-Al otro lado de la Gran Vïa, en la plaza Jado, hay un bar estupendo que he descubierto hace poco y que todo lo tiene bueno. No sé si ya lo conoces. Vamos para allá. –Pedro le ofreció el brazo. 

            Así fueron caminando hasta el destino propuesto. Junto a la puerta del bar varios clientes bebían y fumaban mientras charlaban animadamente con sus compañeros. En el interior solamente había un solitario hombre cabizbajo que parecía apesadumbrado frente a su copa de vino.        

-¿Lo mismo?

-Lo  mismo. Luego comeré una buena lasagna para empapar el alcohol. Me gusta esto de beber un par de marianitos mañaneros. Me ayuda a comunicarme.

-Dicen que las mujeres tenéis mucha más facilidad que nosotros para contaros las cosas, para hablar de las cosas importantes, de las personales. –Nada más terminar este comentario, Pedro pidió a la chica que estaba atendiendo la barra el vermú y una copa de crianza.

-¿Quién dice eso?

-Lo he escuchado de boca de varias mujeres. Que habláis mucho más que nosotros de maridos, hijos, problemas cotidianos, sentimientos. Nosotros, dicen esas malas lenguas, solamente sabemos hablar de fútbol y política, nada personal.

-¿Y estás de acuerdo con eso? 

-No. Y son afirmaciones que me molestan bastante. No sé lo que cuentan las estadísticas, los estudios sociológicos sobre la comunicación entre hombres y mujeres. Pero mi experiencia personal, y lo digo por mi y por varios de mis amigos, los que dejé en Madrid, me dice que eso no es así, o que tengo la fortuna de pertenecer a una especie masculina minoritaria que se salta las conclusiones de esos estudios. 

         La camarera dejó en el borde de la barra las dos consumiciones. Pedro e Irene dieron los primeros sorbos.

-Éste está más rico, -dijo Irene tras volver a dejar su copa sobre el mostrador. –Le ha echado algo que el anterior no tenía.

-¿Te gusta este sitio?

-Es muy pequeño, pero está bien.- Irene juntó sus manos y empezó a juguetear con sus dedos. –Entonces tú eres de los que cuentas sin problemas…

-Bueno. No quiero decir que vaya largando información al primero que encuentro. Sin embargo con amigos, o con quien tenga disposición de sincerarse junto a un trago de vino, no tengo problemas para hablar de lo que me preocupa.

-¿Y qué es lo que te preocupa?

-¿Ahora? ¿En este momento?

-En general. En tu vida.

-Ahora en realidad me preocupan pocas cosas. Durante varios años mi mayor preocupación era mi hijo, que las cosas le fueran bien, que hiciera las cosas bien, que tuviera un futuro digno y placentero. Esa preocupación desapareció de repente un día y creo que ninguna otra la ha sustituido. Creo que siempre me ha preocupado más lo que no dependía directamente de mí que lo que estaba en mis manos. Confío en mí, en mi capacidad para hacer las cosas bien, como creo que deben ser hechas. En cambio no tengo la misma confianza en los demás. No tenía la misma confianza en mi hijo.

-¡O sea que no te fías de la gente que tienes alrededor?

-Esa es una conclusión demasiado precipitada. Digamos que no confiaba en que mi hijo hiciera las cosas de la manera que yo creía que debía hacerlas. Más que falta de confianza es exceso de convicción. Pensar que la manera de hacer las cosas correctamente es la propia es un pecado de exceso de convicción, que nos lleva a parecer desconfiados. Pero no es exactamente así. Yo creía que mi hijo podía ir haciendo las cosas de una manera conveniente, pero no de la mejor manera posible, porque no las hacía como yo las hubiera hecho.

-¿Eres muy exigente?

-Creo que lo soy conmigo mismo y, consecuentemente con los que me rodean.

-Pues vamos a tener problemas, porque yo soy bastante descuidada, a veces. Solo a veces. Pero supongo que habrá algo que compense esa deficiencia. 

-Ya sabes que si. ¿Qué? ¿Vamos a comer? Tengo hambre. ¿Conoces el restaurante italiano que te digo.

-¿El Don Angelo? Claro. Pero hace mucho que no he ido. –Al ver que Pedro sacaba la cartera del bolsillo, Irene abrió su bolso y buscó su monedero. –Espera. Ahora me toca pagar. Tú has pagado en el Lepanto. No me gusta ser una princesita a la que le pagan todo. 

-Bueno, pero déjame que te invite a comer.

-Con la condición de que otro día sea yo quien te invite. 

-Trato.

         Volvieron a hundirse en la animada vorágine de la calle caminando apaciblemente hasta el restaurante. Comieron mientras hablaban animadamente, saltando de un tema a otro, contando historias y anécdotas que ya habían sido contadas y escuchadas, riéndose a ratos y olvidándose de lo que podría llegar a preocuparles. 

         Se asomaron de nuevo al frío de diciembre cuando los numerosos peatones volvían a llenar las aceras. Pedro le propuso visitar un cine próximo donde proyectaban una película de los Hermanos Cohen, pero Irene se excusó argumentando que debía encontrarse con una amiga que se había separado recientemente y que le estaba ayudando mucho en los últimos meses. Pedro ocultó su decepción bajo una lacónica sonrisa.

-Espero que me llames pronto. Ya ves que soy inofensivo.

-Te llamaré un día de estos, -prometió ella antes de posar un inocente beso cerca de la comisura izquierda de sus labios.