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lunes, 28 de julio de 2014

08 - ¡Gracias para venir!

8.   

         La luz entraba tímidamente por la ventana de la habitación de Pedro. Le gustaba despertarse con las primeras luces del día y remolonear en el lecho hasta que las ganas de orinar se hacían insoportables. Tras una rápida visita al lavabo volvía a sumergirse bajo el calor protector del edredón. Allí se quedaba adormilado hasta que le apetecía más un trago de café que seguir disfrutando del placer de observar el avance del día a través de su ventana desde el confortable  refugio de su cama.

         Ese martes de diciembre llovía, y eso multiplicaba el placer de Pedro. Oyendo el golpeteo agresivo de la lluvia sobre el tejado pasaría horas, si no fuera porque al cabo de unos largos minutos le invadía la sensación de estar perdiendo su tiempo, sensación que simultaneamente le molestaba y le agradaba, a partes iguales. En la vida todo es contradictorio, pensaba, nuestros comportamientos, nuestras sensaciones, nuestros deseos. Aceptar esa contradicción inevitable es un paso hacia la escurridiza felicidad a la que cualquier persona puede aspirar.

         Esas reflexiones, que se repetían cotidianamente en su cabeza mientras disfrutaba de su soledad en su acogedor piso de Uribarri, me las confesó pocas horas después cuando nos encontramos en la Plaza del funi. Él se dirigía a la fantástica tienda de vinos de la calle Castaños, y yo emprendía mi caminata mañanera de tres kilómetros junto al curso de la ría.

-Hombre, ¡cuánto tiempo!-exclamó al verme manifestando abiertamente su alegría.

-Eso mismo digo yo. Parece que te has cansado de este señor mayor.

-Perdona, pero creo que fuiste tú quien quedaste en telefonear una vez hubieras acabado tu novela.


-Está a punto. Y es cierto. Quedé en llamarte. Pero eso no significa que no podamos habernos visto antes. Yo he cumplido mi palabra porque aún no la he terminado. No encuentro un final que me satisfaga y quedan varios capítulos que me gustaría rehacer.

-¿Has sido muy fiel a la historia? –me preguntó.

-Bueno ya sabes. Es la primera vez que escribo una novela. Me está resultando una experiencia muy entretenida. He inventado mucho. He exagerado algún personaje, intentándolo hacer más divertido. Los diálogos están extraídos de una chistera e intercalo reflexiones que hemos hecho juntos, pero puestas en distintas bocas.

-Si te lo estás pasando bien, estupendo. Espero que me la enseñes pronto, para echarle una ojeada. Sería un buen regalo de Navidad.

-No creo que consiga acabarlo en tan poco tiempo. ¡No queda ni una semana! -Miré el reloj y comprobé que solamente quedaban veinte minutos para que dieran la una del mediodía. –Voy a por mis tres kilómetros. ¿Me acompañas?

-Quería comprar unas botellas de vino. No sé a qué hora cierra.

-A las dos. Y para esa hora ya estamos de vuelta.

-Pues adelante, voy contigo.

         Recorrimos toda la calle Múgca y Butrón hasta llegar al Campo de Volantín. El Guggenheim hizo acto de presencia. Sobre la ría se elevaban hacia el plomizo cielo invernal la torre partida por un rayo, una especie de i griega con la que Ghery consiguió integrar el tosco puente de la salve en su conjunto arquitectónico, dignificando así la presencia del funcional voladizo construido en los lejanos setenta. Era una de las visiones favoritas de mi ciudad: la ría, el puente, el museo y la nueva torre de Ibedrola al fondo. De menos a más. Rozando las nubes cargadas. 

-¿Estás haciendo algo emocionante? –pregunté deseoso de saber algo nuevo sobre mi amigo. Siempre he creído que los buenos amigos son una fuente inigualable de acceso a nuevas vidas, a aquellas vidas que uno mismo no puede vivir, porque sólo tiene una, pero que hubiera deseado hacerlo. Yo siempre he sido un hombre de orden, viudo por imperativo, incapaz de chantajear a nadie, por mucho mal que le desease; amigo de unos amigos que no están entrenados en el apasionante arte de desnudarse frente a los amigos; incapaz de verbalizar la felicidad que otorga la compañía de una mujer atractiva. Pedro, por el contrario, era un cajón abierto, un hombre que no ponía límites a su afán de contar, tanto fuera su pasado como sus planes, sus deseos, sus frustraciones. Y gracias a él había empezado a vivir una vida más transparente, menos opaca, menos individual, más reflexiva, más consciente y por ello más frustrada y más creativa al mismo tiempo. 

-Tengo algunas novedades que contarte. Tal vez las puedas incluir en tu libro, noveladas, obviamente. –En seguida me contestó.

         Junto a al ría la sensación de frío se incrementaba. La humedad llegaba a los huesos y se instalaba ahí. 

-Ayer estuve con Irene. Estoy muy a gusto con ella. Y creo que cada vez lo voy a estar más. Es una mujer atractiva. Una guapa cincuentona. Cincuentona, lo digo porque tiene esa edad, pero su aspecto no es ese. Es el aspecto de una mujer de cincuenta años que se cuida sin pretender disimular su edad. Eso me gusta. –Caminaba con sus manos en los bolsillos de su anorak, un Northface azul y negro. –Ayer nos encontramos en la calle, pero fue un encuentro buscado, porque me acerqué a su barrio para ver si me encontraba con ella por la calle. Y eso pasó. Estoy descubriendo que si bien es una mujer que me gusta mucho, a la que me gustaría abrazar de vez en cuando, un abrazo largo e intenso, no despierta mi deseo sexual. Tal vez mi deseo sexual esté muerto. Cosas de la edad. De eso sabes tú más.

-Mi instinto sexual está enterrado, bajo tierra. Ni me acuerdo de él.

-Yo me acuerdo e incluso lo sigo experimentando, pero no con Irene. Lo de Irene es algo diferente. Es una química que recorre mi cuerpo dejando a un lado al pene. Es una sensación que me gusta, que me relaja, que me da paz. Porque hace más fácil mi relación con ella. No estoy deseando nada que tenga que pelear por conseguir, algo que está en manos de la otra persona. Me gusta estar con ella. Hablar con ella. Hablamos mucho. Sobretodo del pasado.

-¿Y eso es bueno? ¿No es mejor hablar de planes que de recuerdos?

-No sé si es bueno, si es mejor o peor. Es, y como es me gusta. También me habla mucho sobre sus intenciones de buscar un piso donde ir a vivir sola, lejos de su marido. Me cuenta sucedidos y planes. No está mal. Sin embargo, a Irene no le gusta mucho reflexionar sobre su pasado, sobre las relaciones que ha mantenido, que mantiene. A mí, en cambio, me encanta darle vueltas a las cosas. Filosofar sobre lo que podía haber sido y no fue. No sé si sirve para gran cosa, pero disfruto dándole vueltas a las cosas. Espero que en tu novela mi personaje haga buenas disquisiciones  sobre la vida. Así soy yo.

         Mientras Pedro hablaba entusiasmado de su relación con Irene y de su afición a la filosofía mundana, nos fuimos cruzando con muchos conocidos, asiduos del paseo, mayores. Saludos insustanciales que ocultaban la alarma producida por el diario descubrimiento del deterioro del otro. Ancianos que hacía dos días caminaban tiesos como palos de escoba por el borde de la ría se cruzaban con nosotros avanzando a duras penas, cogidos del brazo de una sudamericana paciente y sonriente que se detenía cuantas veces fueran necesarias sin abandonar el brazo de su cliente.       

-¿Te ha sucedido a ti alguna vez algo semejante? –me sorprendió cuando acabé de saludar a uno de los habituales.

-Creo que nunca he pensado en algo semejante. Seguramente habrá habido alguna compañera del trabajo con la que he sentido algo de lo que tú me cuentas, pero no sabría confirmártelo.

-Eso también deberías saberlo tú mejor que yo. Cuando reflexionamos sobre lo sucedido, o lo no sucedido, estamos viviéndolo de nuevo, o simplemente viviendo aquello que no hemos vivido pero hubiéramos querido vivir. Cuando dejamos pasar las cosas sin pensarlas, sin verbalizarlas con un amigo, dejamos pasar unas dosis de vida.

-Yo nunca he pensado tanto sobre esas cosas. Quizás tengas razón y he dejado escapar momentos por no ser capaz de pararme a pensar en ellos. Por no atreverme. 

         A la altura del museo nos encontramos con varios turistas que fotografiaban entusiasmados la admirable obra de Ghery, con la siempre presente ría en medio. Era sin duda la fotografía más popular del Bilbao de comienzos del siglo veintiuno. 

-Cuando estaba en Madrid, con mi mujer, me sucedía algo semejante. He querido mucho a Julia, y aún la quiero, en mis recuerdos. Fue de lo mejor que me ha sucedido nunca. Durante nuestros últimos años nuestras relaciones sexuales atravesaban épocas difíciles. Había temporadas maravillosas y otras, para mi gusto excesivamente largas, en las que casi ni nos tocábamos. En estas últimas ella y yo convivíamos bien. Me gustaba pasear con ella, que inexplicablemente se ponía muy guapa para salir conmigo. Me gustaba entrar en un bar con ella, cuando llevaba una falda corta o unos pantalones ajustados. Y se sentaba en un taburete que yo le ofrecía con la intención de facilitar el acceso de mi mano libre, con la otra sujetaba la copa de vino, a sus piernas, a lo mas alto que pudiera llegar con mis dedos. El límite lo marcaba ella. Y en ocasiones el límite era muy alto. Algo incomprensible, porque lo que parecía ser la antesala de algo no era más que el final de ese algo. Y no pasaba nada, porque ambos lo sabíamos. Y yo quedaba conforme con ese juego clandestino de manos bajo una falda en un espacio público. Pero la razón me jugaba una mala pasada, porque yo había hecho el sexo con mi mujer en muchas ocasiones, porque yo sabía que era importante seguir teniendo relaciones sexuales para que nuestra relación no se fuera apagando poco a poco. No bastaba disfrutar de haber estado a gusto. Faltaba algo que mi cabeza hacía presente en la escena. Algo que tenía que estar allí, porque así lo dictaba la razón. Con Irene no es así, porque nunca ha existido el sexo entre nosotros, porque no creo que el sexo sea necesario para que esa relación se mantenga. No es como en el matrimonio. No sé si me entiendes.

-Creo que si, -le contesté abrumado por tamaña reflexión que nunca antes se había asomado a mi cabeza.   

         Pedro empezó a repetir, de una y otra manera, sus reflexiones mientras caminábamos hasta el parque de Botica Vieja, donde, justo a la altura del edificio del tigre, nos dimos la vuelta cambiando el sentido de nuestra marcha,

-Justo hasta aquí, desde el semáforo que hemos cruzado junto al hotel de las ventanas de colores, tenemos un kilómetro y medio. Con la vuelta, tres, mi dosis mañanera. Al llegar puedo tomar un par de vinos con la conciencia limpia. Tengo medido todo el paseo. Según los kilómetros que vaya a hacer, sé exactamente dónde dar la vuelta.

-Y eso, ¿cómo lo has medido? –preguntó Pedro sin disimular su sorpresa.

-Hace años salía a pasear con un podómetro. Con ese aparato he medido todas las posibles distancias desde el Ayuntamiento hasta el final de la acera, un poco más adelante. Según lo que ande por la mañana ando por la tarde. Procuro hacer todos los días cinco o seis kilómetros. Siempre que la espalda me lo permita. De vez en cuando me coge aquí, -dije señalándome el lomo izquierdo,- y me veo obligado a detenerme. Un ratito, lo suficiente para que el dolor remita.

-Todos tenemos nuestras fijaciones. Una de las tuyas es esta, ¿no? Caminar todos los días tus cinco o seis kilómetros. Y los días en los que, por la razón que sea, no consigues cumplir tu objetivo seguramente te acostarás con la sensación de no haber hecho lo que debías.

-Cuando estás jubilado es necesario tener algunas obligaciones diarias. De lo contrario te apalancas y quedas a la deriva de lo que la jornada te ofrezca. Supongo que tú harás algo semejante.

-Antes era más metódico. Últimamente me estoy dejando llevar por lo que dicte el día. Intento salir a correr tres o cuatro veces a la semana, pero desde que ha llegado el frío la pereza me vence. Además, no te lo he contado, el trío de ases, Robert, Nordin y el que suscribe, estamos de nuevo metidos en un caso importante, -dijo con sorna.

         Todo el camino de vuelta estuvimos hablando de Adrián y de Arantza. De cómo conocieron a la chica, de la nota que dejaron en la tienda del muchacho y de lo que tenían pensado hacer en el futuro. Discutimos algunos aspectos, pero solamente con la finalidad de pasar un rato divertido, sabedores ambos de que el foro donde se tomaban esas decisiones era otro muy distinto. A fin de cuentas yo me había convertido en el narrador de sus andanzas, un cronista que jugaba a fabular con lo que Pedro me contaba, dando color a lo que me parecía demasiado gris y pintando los paisajes de Bilbao como fondo donde transcurren las aventuras de esos tres bilbaínos adoptados.

         Llegamos al barrio a las dos menos cuarto. Acompañé a Pedro a la tienda de vinos. Cogió dos botellas de un Ribera del Duero, un vino que antes de ser embotellado había pasado seis meses en barrica de roble. El precio no llegaba a cinco euros. Según me dijo una relación calidad precio  estupenda. Pagó y salimos rumbo al Villaro, un bar que ofrece una extensa carta de vinos. El dueño del establecimiento nos sirvió un sabroso y denso Ribera del Guadiana que ni Pedro ni yo habíamos bebido anteriormente. Nos gustó. Al terminar nuestras copas Pedro propuso beber una más en el mismo lugar, hábito al que no estoy acostumbrado, pero acepté su propuesta por deferencia. 

         A las tres menos cuarto nos despedimos. Yo había quedado a comer con uno de mis nietos. Llegaría a casa a las tres. Había dejado todo preparado, los entremeses, los macarrones listos para ser recalentados en el microondas y un par de filetes listos para pasar por la sartén. Siempre he sabido lo que les gusta comer a mis nietos, y es lo que les pongo cada vez que me visitan. Pedro puso rumbo a Uribarri tras despedirnos prometiéndonos ver en una fecha próxima.