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domingo, 3 de agosto de 2014

14 - ¡Gracias para venir!

14.    

          Lunes, treinta y uno de diciembre. Habían quedado a las ocho en la calle Ledesma. Pedro había planeado tomar unos vinos por la céntrica y concurrida calle, después subir al piso a cenar unos suculentos aperitivos consistentes en un excelente jamón ibérico que semanas antes había comprado en la charcutería de Claudio, un par de nécoras para cada uno, que las compró cocidas en una pescadería del barrio, un excelente paté francés, unos espárragos deliciosos y una ensaladilla elaborada a base de chatca, huevo cocido, alguna gambas y una suculenta mayonesa. De plato principal bacalao al pil-pil. De postre tiramisú. Todo ello regado con un excelente Viña Albina y un cava desconocido que había adquirido en la maravillosa bodega de Castaños, aconsejado por el propietario.

          Domiciana llegó espectacular. A pesar del frío llevaba un vestido negro de falda corta, una chaqueta roja de cuero y su melena rubia, teñida y ondulada, corriendo por su espalda. Pedro la vio subir por la escalinata del metro de la calle Berastegi sonriente, enseñando su hermosa dentadura y agitando su mano derecha.

-He venido preparada para la ocasión. Confío en que la cena esté a la altura de una chica como ésta, -dijo la brasileña mientras con su mano derecha recorría insinuante su escultural cuerpo. No era ni muy alta ni demasiado exuberante. Pero era armoniosa, compacta y, sobretodo, muy simpática. Y la simpatía es capaz de exaltar cualquier otro atributo.

-¿Tomamos primero algún vinito entre esta multitud, o prefieres empezar a cenar cuanto antes?


-Vamos a mezclaznos con esta chusma, -contestó al mismo tiempo que agarraba el brazo izquierdo de Pedro con sus dos manos y le empujaba hacia la muchedumbre.

         Pedro se sentía extraño con una mujer como Domiciana colgada del brazo. Pero era precisamente esa sensación la que deseaba sentir en ese momento. Vivir en Bilbao le permitía tener sensaciones como esa. Podía pasar de una noche loca con Nordín y Robert a una agradable conversación con Irene y después pasear con la chica brasileña por las céntricas calles de la ciudad. Caminar con Domiciana le daba una exquisita sensación de libertad, de desapego. Y no quería renunciar a ella.

-Hacía mucho tiempo que no me llamabas. ¿Qué ha pasado? ¿Te habías olvidado de mí o has conocido a alguien que ocupe mi lugar? –No había el más mínimo rescoldo de celos en la cuestión. Fue una pregunta simplemente retórica. Una manera de establecer una conversación, de sonsacar a Pedro esas palabras agradables que le gustaba escuchar pero que no eran imprescindibles porque había otros hombres que se las decían.

-Sabes que eres insustituible. Y lo digo en serio. No es un formalismo. En absoluto. Ya sabes que me encanta estar contigo pero que tengo miedo a quedarme colgado de una chica como tú, de tu compañía. Lo digo completamente en serio. –Pedro lo dijo sinceramente, sin un atisbo de ironía. Así lo pensaba. Domiciana era el complemento perfecto a Irene. Domiciana era sensual y sus conversaciones eran intrascendentes, intencionadamente superficiales. Con Irene prevalecía el sentimiento, la comunicación. Era una mujer atractiva, pero entre ellos existía ese curioso y misterioso espacio que les llevaba a olvidarse de lo que todavía nunca había sido propuesto. Las pocas veces que tal pensamiento se había asomado a la mente de Pedro fue rechazado por miedo a transgredir ese espacio. Con Domiciana todo era distinto. Pedro era distinto.

-Me gusta ser insustituible y yo tampoco quiero quedarme colgada de tus encantos. Que son muchos. 

        Se detuvieron frente al Periflú. La calle estaba atestada de gente que bebía, fumaba, gritaba, cantaba y reía. La mayoría de los hombres que compartía tragos con sus amigos veían con admiración el paso de Domiciana y algunos de ellos comentaban con sus compañeros el misterio que se escondía tras esa pareja formada por tan estupenda mujer de poco más de treinta años y ese vejestorio cincuentón. Dinero, era la explicación más frecuente a la que posiblemente llegaban la mayoría de ellos. Sin embargo, esas conclusiones no le importaban a Pedro. Él lo sabía. Era por dinero. Pero entre Domiciana y él no existía una mera relación monetaria, comercial. Había algo más, aunque ninguno de los dos quería que el dinero dejara de fluir de un bolsillo a otro cada vez que se encontraban.   

         Pidieron un par de crianzas en la barra exterior del Periflú. Brindaron, bebieron y se dieron el primer beso. Pedro lo disfrutó. Pedro le contó lo que había sucedido con las cenas de Iturribide. Se lo contó con todo lujo de detalles. Y una vez concluida su narración Domiciana, sinceramente, mostró su tristeza. 

-¡Con lo bien que nos lo hemos pasado esas noches de jueves comiendo y bebiendo en ese rincón perdido! ¿Y va a ser para siempre?

-Suponemos que no. Al menos eso es lo que deseamos. De momento, hay que esperar.

         Y entonces, mientras se dirigían paseando tranquilamente y cogidos del brazo hacia el Nicolás, Pedro le contó lo que sabía sobre el vecino del piso superior. 

         Abandonaron el bullicio de Ledesma pasadas las nueve de la noche. Bajaron por la calle Buenos Aires hasta el Ayuntamiento, y de ahí hasta Uribarri subieron por la calle Cristo. A las nueve y media Pedro introdujo la llave en la cerradura de su apartamento.

-¡Qué elegante! –Domiciana alabó el gusto de su anfitrión al descubrir en el centro de la sala la mesa, con su correspondiente mantel de papel con colores animados y diseño navideño, un poco hortera según el criterio de Pedro, pero así y todo lo compró porque conocía esos desvaríos en los gustos de su amiga brasileña. -¡Y qué copas! Supongo que la comida se corresponderá con este nivel.

-No tengas la menor duda. 

         Se despojaron de las chaquetas y caminaron hasta la cocina en busca de los aperitivos. Domiciana empezó a mostrarse más cariñosa. Pedro se dejó querer. Se dejó llevar por la senda por la que sabía que iba a dejarse llevar esa extraña noche de Nochevieja, lejos de los lugares donde había pasado todas las Nocheviejas anteriores, allá en Madrid. A veces en su propia casa, con Julia y algunos amigos que les acompañaban desde que Manuel murió. En otras ocasiones en casas de otros amigos. Buenos amigos. 

         Pero esta vez estaba lejos de esos escenarios y de esos compañeros. Estaba con Domiciana. Y ante él se presentaban varias horas de risas, besos, sexo. De intrascendencia. O de trascendencia. Según quién haga las valoraciones, con qué criterios.