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jueves, 7 de agosto de 2014

18 - ¡Gracias para venir!

18.    

         Esa mañana de domingo el tiempo parecía haber dado una tregua a los habitantes del norte peninsular. El día amaneció con un cielo con leves tintes azules que hacían presagiar un descanso un poco más largo para los sufridos paraguas. En el telediario, cada vez más frecuentemente, empezaban a aparecer noticias inquietantes sobre el estado de algunos embalses de las cuencas del sur, donde la lluvia estaba siendo aún más intensa que en el Norte.

         Pedro, fiel a sus costumbres, se levantó pasadas las ocho. Preparó su cafetera y esperó sentado sobre el taburete de madera que había comprado, como casi todo, en Ikea. Este era un mueble recio, de madera de pino y multiusos. Lo mismo le servía para sentarse a esperar a que el café se dignara a subir como para subirse él con el fin de alcanzar las baldas más altas de los armarios de la cocina en busca de alguna lata, algún paquete de arroz o un puchero remoto.

         Luego, tras haber apurado la primera taza del día, volvió a la cama con un libro de Mankell: “El hombre que sonreía”. Le costaba enfocar. Necesitaba gafas, pero se resistía a ponérselas. Cuando le sucedía lo que aconteció ese domingo, Pedro se preguntaba a qué esperaba para comprarse unas gafas. No era un gesto de coquetería. Siempre concluía que lo que más pereza le daba era tener que comenzar una larga peregrinación que iba desde la consulta del médico de cabecera a la consulta óptica, pasando por un oculista. No le daba reparo llevar las gafas. No intentaba disimular ni su edad ni su deterioro. Pero las consultas médicas le aburrían mucho. De todas formas, y este mensaje se lo decía últimamente todos los días, era algo que tenía que plantearse seriamente ya que cada vez le costaba más enfocar a las mañanas, después del desayuno, y a las noches, antes de dormir. 


         Mientras esperaba a que su vista se acostumbrara al tamaño de las letras y a la luz que emanaba de la lámpara de la mesilla, Pedro dio un repaso al día anterior y no pudo evitar una sonrisa, como la del personaje que daba título a la novela que tenía entre las manos. Una vez acabado el partido, mientras disfrutaban de varios vermús por algunas tabernas del barrio de Basurto, los tres amigos no pararon de reírse al tiempo que elaboraban el plan que iban a seguir para vengarse del cuarentón calvo que insultaba sin límite alguno al árbitro de quince años, hijo del cliente que iba a pagarles un dinerito por el servicio. Era una locura jugar a vengadores, pero, además de la cantidad de dinero, escasa, que se embolsaban sus dos amigos, se divertían mucho llevando adelante sus chantajes, sus persecuciones, rompiendo los retrovisores de una moto y sacando fotos de impresentables en compañía de sus amantes secretas. Nunca hubiera imaginado que llegara a ser un extorsionador, humilde, de poca monta, pero extorsionador. “La vida te lleva por caminos raros”, decía una canción de Quique González. Raros e insospechados, añadía Pedro. Él siempre había sido un hombre de orden, de izquierdas, antimonárquico, pero recto, poco extravagante y muy poco dado a cometer ilegalidades. Y ahora, porque el destino le sirvió en bandeja nada más llegar a Bilbao ese par de imprevisibles compañeros, se dedicaba a vengarse de agresores compulsivos, una especie humana más común, desgraciadamente, de lo que desearíamos el resto de la humanidad.

         La vista empezó a centrarse en la escritura que corría por las páginas del libro de bolsillo. Sin embargo la cabeza continuaba divagando por las escenas ocurridas en otros escenarios ajenos al frío de Malmo. Así que, reconociendo que en esos momentos su interés no estaba en las aventuras de Wallander, Pedro dejó la cama y recorrió la casa inspeccionando el estado de sus plantas de interior, cada vez más abundantes. Siempre había sido él quien se encargaba de ellas. Tenía buena mano: poca agua y riego frecuente. Es decir, poco muchas veces. Y hablarles. Eso lo había aprendido de su madre. No les decía gran cosa, pero los mensajes siempre eran positivos, piropos que alababan los colores, las nuevas hojas, las nuevas flores que se asomaban buscando parte de la abundante luz que llegaba al piso.

         A las diez, después de un exquisito redesayuno a base de café, no podía faltar, pan tostado, abundante aceite virgen y un poco de jamón, se disfrazó de deportista y salió a correr por la ribera de la ría, desde el ayuntamiento, a donde descendió por la calle el Cristo, hasta el final de Zorrozaurre. Una hora. Conseguía mantener los tiempos, aunque en ocasiones las piernas le pesaban más. Ese domingo fue uno de esos días en los que parecía que le habían colgado unas pesas en cada uno de los muslos.

         Volvió a casa sofocado. Esperó unos minutos hasta sentirse recuperado del todo y se dio una reconfortante ducha. Y con la toalla cubriendo parte de su cuerpo caminó de nuevo por la casa satisfecho del esfuerzo realizado. Una vez en su habitación se colocó frente al espejo que colgaba de la pared, sobre la cómoda de seis cajones comprada en Ikea. No estaba mal. Se mantenía fino. Nunca había tenido unos abdominales marcados y a estas edades conseguirlos era tarea ardua. No le preocupaban esas modulaciones excesivas. Lo que si le preocupaban eran las tetas y los brazos. No quería que se le cayera el pecho. Alguno de sus amigos de Madrid, con los que había compartido en múltiples ocasiones vestuario, tenían unas tetas que se acercaban peligrosamente a la altura del ombligo, y eso era algo que a Pedro le disgustaba. Corriendo, gracias al constante movimiento de brazos que se produce naturalmente cuando se corre, los pequeños pero importantes músculos que sostienen el pecho se ejercitan. Al menos eso pensaba él. Lo que tenía peor solución era la flacidez de los brazos. Cada vez le bailaban más las carnes Y no encontraba solución. Tal vez las pesas.

         Se vistió, abandonando su imagen diariamente analizada en el espejo de su habitación, y se tumbó con su libro de Mankell en el sofá de la sala tras poner en su reproductor el CD de Jerónimo Martín, un pianista bilbaíno que tocaba con la calidez de los clásicos, con el alma controlada, sin virtuosismos inútiles, acertando con la nota que debe sonar en cada momento. Lo había descubierto en el club de jazz de la bilbaína, una noche de jueves lluvioso. En aquella ocasión tocó en trío, presentando alguna de las canciones de su primer disco. El que había puesto en el reproductor esa mañana de domingo sin lluvia era el segundo, grabado en sexteto.

         A la una menos cuarto abandonó su posición, se calzó y salió a la calle. Había quedado con Robert y Nordin a la una en la plaza Moraza para tomar un par de vermús. Él tomaría vino, era menos peligroso. Llegó al lugar de la cita antes de la hora y esperó frente a la puerta del bar. Entonces vio al vecino del quinto que se aproximaba sonriente.

-¿Qué tal estamos vecino silencioso? –le saludó afectuoso. –Nosotros estamos ahí con la niña. Aprovechando la inesperada tregua que nos ha brindado el tiempo.

-Yo he quedado aquí con mis dos amigos, el americano y el marroquí.

-¡Sois un trío inseparable! –Lo dijo con cierta nostalgia de amigos olvidados o relegados. –Por cierto. Tal vez tenga un trabajito para vosotros. Tengo un amigo que quiere dar candela a una contrincante política.

-Eso suena muy fuerte. Parece requerir de la experiencia de gente más profesionalizada. Lo nuestro es extorsionar amantes ilegales o inadecuados, voceras que maltratan niños en los partidos de fútbol escolar. Pero rollos con políticos…

-Es algo fácil. Pero, ¿Tomamos algo? –en ese momento Robert aparecía por la cuesta del Tívoli. Sonrió nada más verlos.

-¿Reunión de vecinos? –preguntó mientras golpeaba amablemente los hombros de sus interlocutores.

-Aquí el amigo tiene un nuevo trabajo para nosotros.

-Eso es estupendo. 

-Un día me gustaría sumarme a vuestro grupo. Dar pequeños escarmientos a personas que se lo merecen. Y hacer cosas incorrectas, ilegales, sin reflexionar demasiado sobre la moralidad de lo que hacemos. Y lo digo yo, que trabajo con leyes. -Intervino el abogado. – Hay demasiada impunidad para demasiado hijo de puta. Es una de las evidentes conclusiones a las que llegas cuando ves uno de los telediarios en la tele, o lees un poco el periódico. Supongo que vosotros no podríais dar una buena reprimenda a Camps, a Pepiño, a los del ERE andaluz, a Bárcenas y una lista larga de dirigentes del PP, a la familia real entera. Tenéis, tenemos que conformarnos con nuestros pequeños casos. 

-La nuestra es una empresa extraordinaria, humilde pero excelente –comentó entusiasmado el americano.

-Eso es bastante discutible, -respondió el madrileño. –Ese tipo de valoraciones son muy subjetivas…

-¿Subjetivas? –Robert interrumpió a su amigo gesticulando exageradamente con sus manos y abriendo sus expresivos ojos hasta límites insospechados.-  ¿Lo que hace el calvo cuarentón es subjetivo?

-Creo que la mayoría de la gente sensata apoyaría nuestro punto de vista. Pero el caso de Arantza y Adrián no es tan claro.

-No lo sé, pero puedo concluir que Arantza y Adrián son pareja, o lo eran. –El vecino esperó la confirmación que llegó inmediatamente. Luego continuó. -Nunca son tan claros los asuntos de pareja, porque es muy difícil saber todo lo que se esconde detrás de lo que cada uno cuenta. La relación de pareja es tan intensa que es imposible valorarla objetivamente. De eso yo sé un poco. Lo he vivido en mis propias carnes. Supongo que vosotros también.

-He llegado unos minutos tarde porque pensaba que me iba a encontrar con el vermú preparado, pero veo que no ha sido así, -Nordin se incorporaba al corro. -¿Es que esta mañana no se bebe?

-Sí, es verdad. Nos hemos puesto demasiado serios, y es domingo. Vamos a tomar algo y luego os cuento lo de mi amigo y su contrincante política.

         Un par de minutos más tarde Pedro y su vecino salían del bar con un par de chacolís y otros tantos vermús. En seguida volvió el vecino del quinto a plantear el tema.

-Tengo un colega dentista que quiere presentarse en las listas del PNV para el ayuntamiento. Vamos, que quiere ser concejal. Le van esas cosas. Siempre ha estado metido en asuntos de esos. Al parecer las listas se confeccionan en los batzokis, ya sabéis en las sedes locales, de barrio en este caso, del partido nacionalista. No sé como es el orden. Supongo que por número de afiliados. Cuantos más afiliados tenga un batzoki más arriba estarán sus candidatos en las listas. Este amigo está afiliado al batzoki de Indautxu, que está en el centro. Él es de familia nacionalista, de toda la vida. Y tiene respaldo. Pero, para su desgracia, hay una candidata en la zona que tiene más apoyos. Ya es concejala. Siempre le gana, y entonces va antes que mi amigo en las listas. Ella sale y él no. Es la concejala de seguridad. La que manda en la policía municipal, entre otras cosas. 

-Y nosotros debemos descuartizar a la concejala, -bromeó Robert mientras apuraba su copa. 

-No. Por lo que me ha contado mi amigo es más sencillo. Dice que es una mujer de vida alegre.

-¡Que suerte!- apuntó Nordin. -¿Y está de buen ver?

-Por lo que yo he visto, no. Aparece de vez en cuando en los periódicos. Es una cincuentona, gordita, clásica en el peinado y en la manera de vestir. No sé cual es su secreto. Quizás gane mucho en las distancias cortas. 

-O será la erótica del poder, -comentó Pedro.

-¿Hablando de erotismo? –la vecina irrumpió inesperadamente en la conversación. –La niña y yo también queremos beber algo, ¿a que si? –preguntó dirigiéndose a su hija, la cual asintió inmediatamente. 

-Ya os saco algo. ¿Qué queréis? –se ofreció Pedro que se alegró de la reciente incorporación. 

-Yo un zurito, pero, deja, porque a la niña le gustan los caracolillos y….

-Pues ahora vengo con un plato de caracolillos. Y ¿para beber?

-Agua, -contestó la madre.

         Para cuando volvió Pedro con el encargo, la conversación corría por otros derroteros. Se incorporó a la misma sin dificultad. Se hablaba del tiempo, de las nefastas noticias con que les bombardeaban por aquellas fechas diariamente y de lo bien que Robert sabía preparar los combinados.

         Tomaron dos rondas más. Luego se separaron. El matrimonio fue a casa de los padres de ella a comer, como solían hacer casi todos los domingos. Y los tres amigos se dirigieron a sus correspondientes casas. Nordin tenía que abrir la tienda esa tarde. Robert había quedado con su última novia, la de trasero potente y tetas pequeñas, con la que parecía estar manteniendo una relación inusualmente larga,  y Pedro se refugiaría en su soledad elegida para pasar la tarde del domingo.