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viernes, 8 de agosto de 2014

19 - ¡Gracias para venir!

19.   

         Terminada la breve tregua, el agua y el frío volvieron a adueñarse del duro invierno que había llegado antes de tiempo y se aferraba con uñas y dientes a cada una de las calles de la ciudad. La factura del gas iba a ser notable. Todo había subido: agua, gas, gasolina, electricidad. Pedro pensaba en la maldita factura bimensual. Incluso en los meses de otoño, muy benévolos con la población, la cantidad a pagar no había descendido de los ciento veinte euros. Y eso que vivía él solo. Y eso que nunca se quitaba el jersey en casa. Ni los calcetines. Pedro era capaz de pagar a gusto treinta euros por una ronda en un bar. Sin ir más lejos el día anterior se había dejado cincuenta euros tomando un par de aperitivos y algunos pinchos con sus amigos y sus vecinos. Sin embargo pagar por la luz y el gas tanto dinero le parecía excesivo. Era una contradicción que él reconocía en cuanto se ponía a pensar en ello, pero al oír los inmensos beneficios que se embolsaban las empresas de energía perdía la razón y la capacidad de raciocinio.

         Eran las ocho de la tarde del lunes cuando Pedro, una vez más, dedicó sus pensamientos a la factura de Iberdrola. Había encendido la calefacción a las tres, antes de acostarse en el sofá a echar una siesta tras una frugal comida a base de ensalada, vainas y media piña. Durante ese tiempo, cinco horas, la casa se había templado. Se notaba que vivía en un último piso, sin protección en la parte superior. Durante el verano el calor penetraba por el tejado, al igual que lo hacía el frío en los meses invernales. 

         Pedro apagó la calefacción, se puso su North Face azul claro y bajó a pie las escaleras que le conducían hasta el portal, y de ahí a la calle. El barrio estaba animado. Las tabernas vecinas estaban llenas de vecinos que dejaban correr el tiempo en compañía de amigos y conocidos que se resistían a subir a sus respectivas casas, quizás aburridos de la rutina que se les había impuesto hace años. La vida de Pedro, de momento, no había sido tomada por la rutina. De eso estaba seguro y orgulloso el madrileño.

        Descendió hasta el ayuntamiento por la calle El Cristo y una vez allí dirigió sus pasos hacia Sendeja, Esperanza, Unamuno y, por último, Iturribide. Allí, en la tienda de Nordin, encontró a sus dos amigos sentados detrás del mostrador.

-Hoy has sido tú el último. No ves, no siempre es el mismo, -fue el saludo de un sonriente Nordin. 

-El último pero puntual. Son dos cosas distintas. ¿Aún no se lo has explicado? – se dirigió el recién llegado a Robert.

-Hay cosas que creo que nunca podrá aprender un africano, -siguió con la broma el aludido. –Creo que nuestro nuevo cliente nos va a soltar bastantes pelas. Es un dentista. A él le sobran. En cuanto vea nuestra oficina comprenderá que a nosotros no. 

-¿Le recibiremos aquí o pasaremos a la trastienda? –preguntó Pedro, amante de un mínimo decoro. –Somos pobres pero dignos. Tendremos que apuntar detalles, escribir alguna impresión, algún dato. Necesitamos una mesa, unas sillas donde sentarnos, unas cervezas para distraer la sed.

-No te preocupes. Pasaremos a la trastienda. Mi hermano me ha dicho que viene ahora, para quedarse a atender la tienda. Si no llega puntual, lo cual es habitual, tendré que esperarle aquí mientras vosotros empezáis la reunión. –aclaró Nordin.

-Creo que así daremos mejor impresión al señor dentista. ¿A qué hora iba a llegar? –preguntó Robert tras finalizar un largo bostezo.

-Hoy a la mañana mi vecino me ha telefoneado para decirme que ayer a la tarde había hablado con su amigo dentista, a quien nuestra intervención, siempre que sea discreta, le parece estupenda, y que si nos venía bien, a las ocho y media estarían aquí. Ha apuntado la dirección, aunque ya conoce el lugar. Luego os he llamado. Y eso ha sido todo. Creo que vendrán los dos, el vecino y el dentista.

-Pues tienen dos minutos para ser puntuales. ¿Tienes decente la trastienda, nuestra sala de reuniones? –inquirió Robert llevándose su mano derecha a la calva y recorriendo la inmensidad de la misma sin prisa, disfrutando del roce.

-Está mejor que nunca. Como hace tiempo que nadie la utiliza, lo único que puedes encontrar desordenado es el polvo que descansará a gusto por todos los rincones. Hace varias semanas que no limpio. Total, ¿para qué? Si nadie la ve. 

-Bueno, en realidad el polvo y el desorden es algo muy cinematográfico cuando se trata de detectives. Creo que en todas las películas de este género que he visto el afamado y eficaz detective aparece siempre tras una desordenada y polvorienta pila de folios y carpetas que no tienen validez alguna. Es importante cuidar la estética.

-Ala, dejaros de tonterías. Vamos a aclarar algunos asuntos importantes. Al dentista le vamos a subir la cuota. Propongo cobrarle quinientos euros a la semana. Hasta ahora hemos cobrado trescientos. A Arantza le cobramos seiscientos en total. Al padre del árbitro le cobraremos trescientos, por ser pariente. A éste, un dentista que cobra un montón por cada diente que recoloca, le vamos a pasar la misma factura que pasa él. La factura cara. ¿De acuerdo?

-Por mí. Yo le atracaría la consulta. Así acabamos antes. Podemos personarnos como clientes y mientras el dentista está obcecado en la boca de algún paciente, le damos el palo a la habitual enfermera, o lo que sea vestida de enfermera. Ella guardará el dinero en algún cajón.

-Muy fácil. Si fuera así diariamente se asaltarían las consultas de los sacamuelas. Y no es así. Todo lo cobran por el banco. Seguramente la enfermerita no tendrá más de trescientos euros en alguno de los cajones. Y ni eso, - apuntó Pedro.

         En ese instante aparecieron por la puerta el vecino del quinto y un hombre bajito, regordete, serio, moreno, algo entrado en canas, con el pelo engominado, perfectamente peinado. El vecino sonreía mientras se atusaba su flequillo, quedando éste exactamente igual que antes. Era un gesto instintivo. 

-Aquí estamos. Esta es la oficina de esta gente, -dijo dirigiéndose a su amigo. 

-Bueno, -aclaró el americano. –Realmente la oficina la tenemos detrás. Esto es una tapadera. Parece que vendemos chicles, pero en realidad somos profesionales de la extorsión. –Se levantó y se acercó a grandes pasos hasta situarse frente al pequeño cliente a quien extendió la mano a modo de saludo. – Me llamo Robert. Y estos son Nordin y Pedro. Nordin es el moro, creo que era evidente. –Este comentario provocó la primera sonrisa del dentista que observaba curioso el local. -¿Pasamos al despacho? –propuso acompañándose de un gesto con la mano derecha. 

         Finalizadas las breves presentaciones Pedro, Robert y los dos visitantes salieron a la calle, entraron al portal contiguo y allí se encontraron con tres ancianas que venían de jugar su habitual partida de tute con la simpática octogenaria, Herminia, quien les había informado de las actividades, hábitos, profesión y situación sentimental del vecino del piso superior, culpable de la suspensión temporal de las cenas de los jueves. Se intercambiaron saludos al tiempo que las mujeres repasaban uno a uno y de arriba a abajo a los cuatro señores que encontraron en el estrecho portal. Luego Robert abrió la puerta y los cuatro se esfumaron alejándose de las curiosas miradas de las ancianas mujeres.

-Ya estamos, -dijo tras encender la luz y comprobar el estado de la trastienda, ordenada pero sucia. –Sentémonos en la mesa. Tenemos cuatro sillas. ¿Queréis algo para beber? ¿Unas cervezas? –Y sin interrupción, sin esperar  respuesta se dirigió a la nevera situada al otro lado del secreto apartamento, la abrió y descubrió el vacío. –Me temo que tenemos que volver a la tienda a por unas cervezas. ¿Vas tú Pedro?

-Ahora mismo, -dijo el madrileño solícito. -¿Todos Voll Damm?

-Yo prefiero alguna más suave, si es posible, -dijo el dentista.

-A ver qué encuentro. –Y Pedro se dirigió a la tienda contigua. 

         Volvió un par de minutos después con el encargo. Se los encontró riéndose a carcajadas. 

-¿Qué es tan gracioso? –preguntó incorporándose a la mesa donde ya estaban dispuestos los cuatro vasos y un abrebotellas.

-Tu amigo, que ha empezado a despotricar de Nordin. Ya le conoces. Algún comentario racista y éste, -dijo señalando al dentista,- no necesita mucho más para partirse la caja. 

-Bueno, si el comentario está hecho con gracia me río, -dijo el galeno en defensa propia. –No vayas a pensar que soy racista. Me gustan los chistes, todos, siempre que estén bien contados. No soy políticamente correcto para estas cosas. Pero procuro que estos chistes se cuenten en “petit comité”, en la intimidad. Hay que andar con cuidado.

-Nordin no se enfada, -comentó aún riéndose el americano.- Él también aprovecha cualquier ocasión para despotricar de los americanos.  Pero, ahora con las cervezas, vayamos al grano. ¿De qué se trata exactamente?

-Pensaba que ya os lo había contado, -comentó señalando al vecino del quinto.

-Algo les dije, -dijo éste. –Pero será mejor que lo expliques de nuevo.

-Pues es muy sencillo. Tengo ganas de probar la política. El negocio de los dientes me va bien, pero es que llevo casi treinta años con el aliento de mis pacientes pegado en la nariz, y me gustaría dedicarme a otra cosa durante una temporada. Tengo ya cincuenta y seis años. La consulta seguiría en marcha. Mi hijo ha terminado odontología en Lejona, en la Universidad. Le ayudaría un poco, al principio. Para que no huyan los clientes habituales. Yo ya he ganado mucha pasta y quiero probar el mundillo del poder. Soy del batzoki de toda la vida. Me conocen bien en el partido. Llevo años asistiendo a reuniones. Lo que sucede es que en mi mismo batzoki está la señora esta. Actualmente es concejala de Seguridad, la jefa de los munipas. Lleva ocho años de concejala y tiene más apoyos que yo. Es de una notable familia peneuvítica, muy bien relacionada. Necesito que descubramos algún asunto turbio que sirva para despejarme el camino. 

-¿Qué tipo de asunto turbio? ¿Un amante?  ¿Un desfalco? –preguntó Pedro.  

-Algún asunto turbio tendrá. –Intervino rápidamente Robert. –Todos los tenemos. ¿Qué más puedes decirnos de esa señora?

-Físicamente es muy vulgar. Cincuenta y pico años, bajita, regordeta, pelo cardado y teñido, viste bien, ropa cara. Es una pija de Indautxu, de toda la vida. Recientemente se ha divorciado. Creo que tiene dos hijos, ya  mayores. Uno ha terminado de estudiar alguna ingeniería y está currando o haciendo prácticas en Alemania.  Ella habla muy orgullosa de este hijo. El segundo está estudiando filosofía en Donosti y vive allí. De éste habla menos. Ya sabéis, la filosofía no goza de buena fama en la actualidad. Su marido, exmarido ya, era un arquitecto, es un arquitecto que trabaja para el Ayuntamiento. En esa casa entraban pelas. Ahora él se ha ido a vivir a otra casa, no sé dónde. Ella vive cerca de la plaza Indautxu. Entre Indautxu y Campuzano. 

-Si está divorciada me parece que encontrarle un amante no va a servirnos de nada,  -apuntó Pedro. 

-¿Quién sabe? Depende de quién sea el amante, -dijo Robert.- ¿Tiene alguna actividad más que no sea del todo clara?

-Os digo que no lo sé. Me gustaría que la encontrarais. Para eso os contrato.

-¿Sabes ya los honorarios? -preguntó el americano que parecía tener muchas ganas de entrar en acción.

-No. Pero sospecho que me aplicareis la tarifa más alta, dada mi condición de dentista.

-Bueno, las tenemos más altas, -bromeó Robert acariciándose la calva. –Serían quinientos euros al comenzar y quinientos al final. Mil. Si la cosa no se alarga, que no creo. En el caso de que necesitemos más de dos semanas volveríamos a cobrar otros quinientos.

-O sea, mínimo mil y luego quinientos más por cada semana que se pase de las dos,  -simplificó el galeno.

-No lo podía haber dicho más claro, -concluyó el americano mientras Pedro asistía atento a la conversación, entre sorprendido y admirado de la facilidad que tenía el yanqui de fijar tarifas, sin bochorno ni duda alguna. Parecía que lo había estado haciendo toda la vida. No en vano, en su anterior vida en la lejana California, Robert se había dedicado a los negocios, de calado muy distinto, presumiblemente, pero siempre con clientes a los que se les fijaba tarifas distintas según el trabajo realizado. Volvió a retomar la palabra. –Brindemos por el acuerdo. Es algo que siempre hay que hacer en el mundo de los negocios, sea cual fuera el tipo de asunto. –Y alzó su botellín invitando gestualmente a los otros a que hicieran lo mismo.

         Siguieron la consigna dada y tras el choque de botellines apareció Nordin en la trastienda.

-Acaba de llegar mi hermano. ¿Me he perdido algo?

-Ya hemos terminado. Las cervezas y las negociaciones. Llegas, como siempre, tarde, -le contestó Robert.

-Ya lo había previsto. Traigo otra ronda de cervezas, por si hay que afilar alguna punta del acuerdo.

         Bebieron el segundo botellín en torno a una de las mesas circulares que tantas noches de jueves había sido cubierta de suculentos manjares cocinados por Nordin y Robert. En esa ocasión estaba más desangelada, dejando ver  su cubierta de aglomerado sucia, con restos de muchas bebidas derramadas, testigos de muchas tardes y noches de fiesta. Hablaron de política, sin discutir, y el dentista bromeó con la posibilidad de que si llegara a concejal y se viera en la obligación de denunciarles por haber montado una vivienda ilegal en la trastienda de un pequeño establecimiento, les cobraría mil euros por no hacerlo. Así quedaban en paz. Esa broma  no hizo mucha gracia al americano que se sintió amenazado. El simpático y dicharachero vecino del quinto se dio cuenta del efecto que había causado el comentario e inmediatamente consiguió cambiar el rumbo de la conversación. Y así llegaron hasta las nueve y media de la noche, hora en la que se disolvió la reunión. El dentista prometió pagarles los quinientos euros al día siguiente, sin falta.