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sábado, 9 de agosto de 2014

20 - ¡Gracias para venir!

20.   

         Al día siguiente, martes, se dividieron el trabajo. Pedro se encargaría de seguir a la concejala de seguridad, esperándola a la salida de su lugar de trabajo, alguno de los edificios municipales repartidos por la ciudad. Y Robert, ataviado con unas gafas oscuras, un bigote espeso y una peluca morena, esperó al dentista a la salida de su consulta, situada en el barrio de Deusto.

         Pedro empezó antes su labor. Se había preparado un bocadillo de jamón con aceite y tomate en previsión de una larga jornada. Primero acudió al nuevo edificio acristalado municipal situado a espaldas del Ayuntamiento. Allí preguntó por la concejalía de seguridad y le informaron de su nueva ubicación en Mirivilla. La funcionaria le preguntó a ver para qué quería estar con la concejala, a lo que Pedro contestó que en realidad lo que le interesaba era saber dónde estaba la policía municipal, pero que no sabía por qué había preguntado por la concejalía. Explicó que tenía una infracción de tráfico que quería aclarar. Dicho eso dio media vuelta y encaminó sus pasos hacia la parte alta de la ciudad. 

         Llegó a media mañana y esperó pacientemente con un libro entre las manos y con muchas ganas de comerse el bocadillo que tenía envuelto en papel albal. Aguantó. Y estando sentado en uno de los bancos próximos al moderno edificio que también parecía estar envuelto en papel de plata, vio como una mujer de cabello cardado y teñido, bajita, regordeta y ataviada con una moderna chamarra de cuero de tonos verdes, se montó en un coche que conducía un elegante chófer vestido con un traje gris y corbata azul. En ese momento Pedro se maldijo por su falta de previsión. No podría perseguir a un coche.  La caza había llegado a su fin. Desconsolado y enfadado al mismo tiempo, decidió desenvolver su bocadillo y saciar su hambre. 

         En  esas estaba cuando vio a otro personaje conocido salir del edificio de enfrente. Era el vecino del primer piso de Iturribide. Tal y cómo había dicho Herminia, quien pasaba muchas horas del día vigilando por la ventana del patio, parecía ser policía municipal.  Pedro pensó en la casualidad. En menos de cinco minutos dos personajes conocidos habían abandonado el edificio que vigilaba. Decidió seguir bocadillo en mano al malencarado vecino. Manteniendo una prudencial distancia caminó tras él descendiendo las empinadas cuestas que comunican el barrio alto de Mirivilla con la calle de las Cortes. Eran las doce y media del mediodía y a esas horas la zona estaba llena de niños que salían de la escuela y de madres que acudían a su encuentro. Un arcoiris de colores. Una reducida representación de todas y cada una de las razas que habitan el planeta concentrada en unos pocos metros cuadrados.

         El policía, vestido con unos desgastados pantalones vaqueros y una chamarra negra impermeable y gruesa, siguió caminando hasta el puente peatonal, vecino del mercado de la Ribera, y se adentró en el Casco Viejo. Barrencalle, la Plaza de Santiago, la calle Correo, Banco España, Portal de Zamudio, la Plaza Unamuno y llegó a Iturribide. Caminó hasta el portal, lo abrió y desapareció. La persecución había durado quince minutos. No había sido un paseo. El ritmo de la marcha había sido exigente. Para entonces Pedro ya había terminado su bocadillo.  

         No sabía por qué razón, pero sospechó que todavía no había concluido el episodio. No sabía exactamente porqué, pero le parecía extraño que a media mañana el policía abandonara su puesto de trabajo y a paso rápido se dirigiera a su apartamento. Así que decidió esperar unos minutos. Que no llegaron a dos, porque inmediatamente después vio aproximarse por la estrecha calle a quien había visto hacía una media hora escasa montarse en un coche oficial frente al edificio municipal de Mirivilla. Llevaba unas gafas de sol grandes que ocultaban gran parte de su rostro y una bufanda que le cubría la boca. Pero Pedro la reconoció rápidamente pues llevaba la misma chamarra de cuero de color verde y porque no podía disimular ni su breve altura ni sus redondeces.  La concejala se aproximó al portal dónde vivía el policía. En ese momento, viéndola en ese portal, Pedro identificó a aquella mujer bajita, gordita y de pelo cardado: era quien días antes había estado follando con el molesto vecino del piso superior mientras Pedro y sus amigos descansaban en la trastienda. ¡Que coincidencia! Esto iba a facilitar inmensamente el trabajo. La concejala follaba en horas de trabajo con uno de sus subordinados, el vecino del piso de arriba. El vecino que les había denunciado a la policía municipal porque metían mucho ruido las noches de los jueves. 

         Nervioso e inmensamente feliz por su descubrimiento esperó a que terminaran su ceremonia sexual. Fue rápida. En veinte minutos la concejala, con gesto acelerado, salió del portal y caminó hacia la plaza Unamuno. Pedro la siguió. En la plazuela de San Nicolás le esperaba el coche oficial. Saludó al chofer, se montó y desapareció. 

         Eran casi las dos. Aún faltaba un cuarto de hora. Pedro estaba más que satisfecho del trabajo realizado. Se había divertido esa mañana. Todo sucedió muy rápidamente, y el resultado fue mejor que cualquiera de los  que hubiera podido imaginar. Tenía muchas ganas de compartir el descubrimiento con sus dos compañeros, así que les telefoneó convocándoles en uno de los bares de la Plaza Nueva a las dos y media. No les dijo nada por teléfono. Solo que tenía novedades, y que éstas eran interesantes.

-No puedes imaginar lo que he descubierto, -le dijo a Robert nada más verle.

-Espero que sea algo más interesante que lo que yo tengo para contar.

         Se encontraron en la puerta del café Bilbao. A esas horas de un martes la plaza estaba bastante desangelada, lejos del bullicio que habitualmente vive a partir de las cinco de la tarde. Poca gente en los bares. Nadie en los soportales. Entraron al establecimiento. Un vermú y un rioja. Pedro no quería más vermú. Últimamente se había arrepentido cada vez que había tomado uno. Era muy cabezón. Lo notabas luego en la frente, como una broca que intenta trepanar el cráneo, golpeando suave pero incansablemente.

-Vas a tener que esperar un poco, hasta que venga Nordin. Os quiero contar las novedades a los dos juntos. Te aseguro que la espera merece la pena. ¿A ti qué tal te ha ido?

-Mal. Yo puedo contarte mis novedades sin problemas. He descubierto lo que ya sabíamos. El quitamuelas tiene la consulta en un edificio de oficinas de Deusto, cerca de muebles “La Fábrica”. Por el trajín de gente que entraba y salía deduzco que le va muy bien. A eso de las  doce y media ha salido a tomar un café en compañía de un joven, bajito como él, quien deduzco que es su hijo, el dentista. Han entrado en el Taloaska, un bar grande que está al comienzo de la calle Madariaga, y han salido diez minutos más tarde. 

-Tú te has empeñado en espiarle. Él es quién paga. No sé para qué le espiamos. No será trigo limpio, pero eso a nosotros no nos importa.

-Pensé que podía sernos útil saber algo oscuro de este hombre, por si acaso.

-Por si acaso, ¿qué?

-Por si cuando sea concejal nos quiere cerrar el chiringuito, tal y como dijo ayer. O por si no nos paga. Quedó en pasarse por Iturribide a las ocho de la noche con el dinero. A ver si cumple.

-Cumplirá. Y pronto nos tendrá que dar la segunda parte de lo pactado. Mi descubrimiento va a agilizar el desenlace de nuestra misión.

-No sé si eso es bueno. Si acabamos en dos días solo vamos a ganar mil. Si lo prolongamos podemos sacarle algo más de plata a ese acomodado politiquillo.
             
         Nordin llegó en ese momento. Pidió un vermú al camarero que atendía tras la barra, e inmediatamente Pedro empezó a contarles cómo había transcurrido su mañana.

-¡Pero eso es fantástico! El cabrón del piso de arriba, recientemente separado, según Herminia, folla en horas de trabajo con su jefa, la concejala del área, que a su vez acaba de separarse de un arquitecto municipal con el que comparte dos hijos. ¿Has sacado alguna foto?

-Mi móvil no tiene cámara.

-Pues a ver si inviertes un poco en tecnología.

-No puedo. Tengo que elegir entre pagaros los vermús o la tecnología.

-Si es así, continúa hasta el fin de tus días con ese aparato antidiluviano y sigue pagando estas rondas que saben a poco. 

-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Nordin que hasta entonces no había participado en la conversación. Solamente escuchaba y bebía a sorbos cortos el “Martíni”.

-Necesitamos fotos. Hoy mismo le comentamos al sacamuelas que algo tenemos, pero que necesitamos adquirir pruebas gráficas. Hay que fotografiarle montando en el coche oficial en horas de trabajo, bajándose en el Arenal y caminando en horas de trabajo hasta Iturribide. Entrado al portal donde vive su subalterno y desandando el camino hasta su oficina de trabajo, todo eso en horario laboral. Yo me voy a encargar de eso. Tengo la tecnología y el talento necesarios. Mañana mismo. Tengo un par de clases temprano. Creo que para las diez puedo estar frente a ese edificio horroroso de Misivilla para realizar el cometido.

-¿Tú crees que todos los días va a hacer lo mismo?, -preguntó el madrileño, un poco molesto porque el americano le desplazaba del puesto.

-Por experiencia sé que esto del sexo es muy aditivo. Y más el sexo escondido, el no permitido, el que no quieres que se sepa, el que se practica con alguien del que solamente quieres sexo. Porque, estoy seguro, que ese policía cabrón, -Robert pronunciaba rotundamente este insulto, -es un zote, pero tiene una verga de escándalo. Eso le ha llevado a la ruina, su verga insaciable. Follar y follar. Hasta que su mujer se ha cansado de las aventuras del dotado y le ha mandado a paseo. Pero él sólo sabe seguir haciendo lo mismo, con su jefa, con sus compañeras, con detenidas y con quien se ponga a tiro. En ese cuerpo mazado  manda quien manda. 

-Eres doctor “honoris causa” en materia de hombres bien dotados, -bromeó Nordin. 

-Yo hubiera acabado igual que ese pobre imbécil si mi mente, también prodigiosa, no se hubiera impuesto a la verga, espectacular.

-Eres un fantasma, -dijo Pedro no pudiendo evitar un par de carcajadas. Robert lo decía seriamente, convencido de que todo cuanto aseveraba era cierto.

-Este es el problema que tiene el mundo. Los americanos están tan convencidos de su superioridad que van por ahí machacando, sin pensárselo dos veces. Están dotados para todo. 

-¿Qué le vamos a hacer si es cierto? Es como si hace cien años, cuando un montón de europeos decidieron emigrar al otro lado del Atlántico, los irlandeses, italianos, polacos, rusos y demás que cruzaron el charco hubieran sido seleccionados genéticamente para hacerlo, dando como fruto una especie superior, a todos los niveles, capaz de controlar el mundo. Y en eso estamos. –Y terminada su intervención hizo un gesto cómico, alzando las cejas y moviendo sus enormes manos para subrayar su histrionismo. –Ahora volvamos a hablar en serio, que estamos a punto de ganar un montón de pelas con una trabajillo que parece que va a ser fácil.

-Esto se acaba con las fotos, ¿no?, -preguntó Pedro.

-Eso lo decidirá el enanito sacamuelas. Si quiere más, cobramos más.

         Al abandonar el café Bilbao Nordin propuso comer juntos, pero Pedro prefirió retirarse sabedor de que comer juntos significaba beber mucho juntos, sin parar, hasta las ocho de la noche, hora en la iban a volverse a juntar con el dentista. Él se fue a casa, dejando a sus dos amigos en el Arenal. Ellos sí comerían juntos, en casa del americano que, según dijo, tenía preparada una lasagna riquísima que estaba esperando su llegada en el horno de la cocina. 

         Pedro subió a su casa. Comió ligero y se tumbó frente al televisor y las noticias de la 1. Durmió unos minutos. Luego leyó un poco y a las seis de la tarde, aprovechando que la lluvia había abandonado Bilbao hacía ya un par de días, salió a correr con la intención de quemar algunas calorías, sudar el alcohol ingerido y sentir sus piernas.

         Llegó a las ocho puntual. Nordin y Robert estaban tras el mostrador de la tienda, sorprendentemente sobrios.  Poco después llegó el dentista quién alegando tener mucha prisa pasó un sobre a Robert con el dinero convenido, quinientos euros. Preguntó a ver si habían comenzado a trabajar, a lo que el americano, portavoz del grupo, contestó que ya tenían algo interesante, pero que preferían adquirir algunos testimonios gráficos antes de contarle nada. Satisfecho el dentista se fue. Parecía apurado. Previamente les pidió que le mantuvieran informado por teléfono.

-Eso haremos, -le contestó Robert, quien tras contar los billetes añadió: -no podemos quejarnos. Tenemos trabajo durante la semana y el trabajillo del árbitro los sábados. Si seguimos así vamos a tener que contratar personal, un par de secretarias macizas que se encarguen de la administración, de coger el teléfono y de sonreírnos cada vez que entramos en la oficina.

         Pedro salió de la tienda pasadas las nueve. De camino a casa pensó en Irene. Llevaba varios días sin saber nada de ella.