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domingo, 10 de agosto de 2014

21 - ¡Gracias para venir!

21.   
       

         Nada más despertarse al día siguiente Pedro mandó un breve mensaje a Irene, contraviniendo la normas. Fue un mensaje escueto: “Yo sigo vivo”. 
Se lo mandó a las siete y media, y no obtuvo respuesta hasta las nueve. Irene estaba acostumbrada al horario de ama de casa ociosa, y dormía fácilmente, profundamente, sin pesadillas ni interrupciones, y hasta nueve o diez horas al día. Eso le había contado. El mensaje de Irene era más extenso: “Yo también, pero ya sabes que estoy muy ajetreada con el traslado y todo eso. El abogado, mis padres que no paran de agobiarme con lo del divorcio. Pero no voy a aburrirte con mis penas. Hoy tengo un hueco para comer. ¿Quieres? A la una en “La Ramona”. Hoy invito yo.” 

         Pedro le mandó un escueto “OK” y sonrió feliz durante casi una hora. Caminaba por la casa, ordenándola, quitando el polvo a las estanterías trasportado por una inmensa felicidad. Puso una lavadora, sacó la aspiradora del armario y no paró de trabajar hasta las doce, hora en la que se duchó, se afeitó y se vistió. A Irene le gustaba que Pedro fuera bien rasurado. No le gustaban los hombres con aspecto desaliñado, decía. El único que sabe llevar elegantemente una barba de dos días es Miguel Bosé, según palabras textuales de Irene. Para terminar el acicalamiento se extendió por la cara una crema aftershave que había llevado desde Madrid, en su escueto neceser de viaje. Una crema que prácticamente no utilizaba nunca, pero que había sido de Manuel. Esa mañana de miércoles Pedro olía a Manuel. Fue una sensación mezcla de tristeza y añoranza, bañada con ese extraño y leve toque de felicidad que en ocasiones le reportaba acordarse de su hijo. 


         El encuentro con Irene siguió el guión establecido: piropos, besos inocentes, un corto paseo cogidos del brazo, dos vinos y una sencilla pero suculenta comida en el Asia Chic. Irene le confesó que había estado allí mismo con unas amigas hacía solamente tres días. Su casa estaba a dos pasos, en la plaza del Ensanche. Era una estupenda solución para esas jornadas en las que le diera pereza cocinar para ella sola.

         Irene le puso al día sobre los problemas del divorcio, las compras de casa y la estancia de su hijo en Madrid. Dos asuntos le traían por la calle de la amargura, pero el tema de compras le divertía mucho. Llegó a decir que había decidido cambiarse de casa cada dos años, porque amueblar un piso era muy divertido. Que a pesar del mal momento económico, que estaba valorando seriamente la posibilidad de abrir una tienda de decoración para vender y para aconsejar a los clientes sin criterio que quisieran remodelar sus apartamentos. Dijo que lo había comentado con una amiga. Que por dinero no era, porque le sobraba, pero que habían decidido esperar un poco porque Irene acababa de empezar a divorciarse y su amiga había terminado de hacerlo. Además su amiga iba a cambiar de trabajo pronto, que estaba harta de lo que hacía, dijo Irene, sin especificar el trabajo que desempeñaba esa posible socia. 

         Irene hablaba y hablaba sin dejar a Pedro decir una sola palabra, pero éste estaba a gusto, mirándola a los ojos, escuchando su hablar divertido, rápido, entusiasta. Al cabo de un largo rato se interrumpió para preguntarle un escueto “¿Y tú? Que Pedro dejó sin responder. Irene aprovechó ese silencio para seguir comentándole el color de algún mueble, las telas de varios cojines y la opinión de un par de amigas.

-Creo que te estoy aburriendo. Tengo tantas ganas de contarte lo que he estado haciendo estos días que no me he dado cuenta de que seguramente tú también has hecho algo importante. Lo siento, es que se me había olvidado lo agradable que es tener a un hombre enfrente que te escucha, que te mira y que no te pide nada a cambio. Estoy tan a gusto que ni se me ha pasado por la cabeza pensar que tú no lo estés, -se disculpó.

-Yo estoy a gusto. Por mi no te preocupes. Me divierte oírte y verte gesticular. Me gusta verte feliz. A mí no me ha pasado nada interesante estos días, -mintió.

         Así que siguió Irene a lo suyo hasta que el encargado del restaurante les dejó sobre la mesa la factura sin que ellos la hubiesen pedido, lo que interpretaron como una grosería, pero al mismo tiempo como un aviso de que había gente que todavía estaba esperando para comer. 

-¿Quieres un café en mi casa? Así la ves de nuevo, con las novedades. 

-Bien, pero te recuerdo de que es la segunda vez que voy a subir a tu casa y que tú aún no conoces la mía. No es tan bonita, ni está tan bien situada, pero tiene su punto.

-Tienes razón. Hoy mismo, antes de separarnos, concretamos una visita.

-Puedo  invitarte a comer. Soy un cocinero excepcional, -mintió de nuevo. –Sorprendentemente hago un bacalao al pil-pil mucho más rico que el que hacen muchos vascos. –Se refería al bacalao que compraba en el “Lau-lau”, una tienda de comida precocinada que gozaba de excepcional y merecida fama y a la que acudía frecuentemente el madrileño. –Bacalao con cava. Seguro que no lo has probado nunca. Es cocina vasco-catalana preparada por un madrileño. Fusión a tope. De primero puedo prepararte una ensalada de lechuga bien verde con salmón ahumado. ¿Qué me dices a eso?

-¡Eres un interminable cajón de sorpresas!

         Subieron al piso y mientras se hacía el café visitaron una a una todas las estancias del apartamento, viendo todos y cada uno de los nuevos detalles decorativos que Pedro conocía de oídas y sobre los que Irene había dado largas explicaciones durante la comida.

         Después del café se quedaron un poco adormilados frente a la tele, cada uno en una butaca, con una manta. Luego, a las seis, salieron a la calle, concretaron otra cita para la semana próxima, e Irene puso rumbo a la casa de una amiga a la que iba a acompañar a comprar un vestido para la boda de su hija. “Unas se divorcian y otras, inocentes jovencitas, se casan”, comentó divertida.          

          Pedro decidió dar un paseo por Uribitarte. El tiempo, generoso esa semana, le permitió disfrutar de una tarde fresca pero seca. A la altura del palacio Euskalduna le sonó el móvil. Era Nordin.

-Pedro, soy Nordin.

-Ya, ya sé.

-Estoy acojonado. Hoy a la tarde he venido a la tienda, como todos los días, sobre las seis. He abierto la persiana, he ordenado un poco el local, pasado la escoba, ya sabes, lo habitual. Luego, media hora más tarde, he salido otra vez a la calle a echar un cigarrillo y ahí estaba, a veinte metros, solo, mirándome, serio, imperturbable. Me ha acojonado, ya te lo he dicho. El tío no se inmutaba. Me miraba, quieto. Y yo le miraba a él.

-¿A quién?

-Ya se lo he dicho a Robert. Hemos quedado a las ocho. Tú también tienes que venir. Robert no puede llegar antes porque tiene una clase a esas horas. 

-Pero, ¿a quién has visto?

-¿No te lo he dicho? 

-No.

-A Adrián, el novio de Arantza. El de Algorta. Estaba ahí. Ha venido a buscarnos. Ese hijo de puta sabe lo que hemos hecho y nos ha encontrado. ¡Vete a saber tú de lo que es capaz ese tío!

-¿Y cómo ha llegado hasta ahí?

-Eso me pregunto yo. Oye, te dejo. Vente para acá. Tengo clientes. 

         Pedro cambió el sentido de su marcha. Aceleró el paso y sintió que un escalofrío le recorría la columna. No era el frío. Era la presencia de Adrián. Además, por lo que le había entendido a Nordin, no disimuló su presencia, no se escondía. Quería que Nordin supiera que él estaba ahí. Que sabía dónde se juntaban esos tres justicieros de pacotilla. Y si se mostraba tan seguro era porque tenía pensado hacer algo, posiblemente poco agradable para ellos. 

         Todo el camino hasta Iturribide estuvo dándole vueltas al asunto. No encontraba más que una explicación, que fue la misma que encontraron sus dos amigos: Arantza, seguramente arrepentida de lo que había hecho y presa otra vez entre los poderosos brazos de Adrián, le había contado la manera que tuvo de deshacerse de él semanas atrás. Ya lo habían dicho ellos, esa chica parecía inestable, hoy sí luego no y mañana otra vez sí. Tenían que obrar con cuidado.  ¿Qué podía hacerles el pijita de Getxo? ¿Le pintaría la tienda a Nordin tal y como le habían hecho ellos? ¿Se presentaría con algún amigo poderoso y les amenazaría con algo insospechado?  La situación de Nordin en España era legal, pero la de Robert no del todo. Había dejado de pasar por la policía alegando aburrirse en las colas, y no tenía al día sus papeles. Se aprovechaba de su condición de americano, de inmigrante de elite. Si fuera africano se andaría con más cuidado. Pero a los norteamericanos no les expulsan de España.

         Cuando se juntaron pusieron en común sus reflexiones. Y decidieron esperar. Luego Robert les enseñó las fotos que tenía de la concejala con el maromo del piso superior. Habían vuelto a hacer lo mismo, pero un poco más tarde, en torno a la una del mediodía.  Contó que mientras esperaba en la calle la salida de la política, apareció Herminia, que le preguntó sobre lo que estaba haciendo, pero no pareció importarle demasiado porque acto seguido, sin dar tiempo a que le respondiese, le dijo que últimamente la mujer bajita, elegante y gordita estaba acudiendo todos los días a la casa del chivato intransigente y mal encarado. Lo dijo con esos calificativos. Que ella, incluso, podía escuchar desde su casa, dependiendo de la hora, los alaridos que soltaba la convulsiva amante del nuevo inquilino del inmueble. Que en ese mismo momento les había visto entrar en el portal, desde la panadería, dijo señalando una tienda cercana. Primero él, luego, tres minutos más tarde, ella. 

         Robert agradeció la información y se despidió de Herminia temeroso de que terminado el folleteo saliera la señora concejala y él no pudiera tomarle unas cuantas fotos más. A Herminia una vez más no le gustaron las maneras bruscas del americano, a quien tachó de desagradecido. Sin embargo Robert tenía un trabajo que hacer, y lo hizo. 

         Al día siguiente haría lo mismo. Y al siguiente, el viernes. A Nordin le pidió que se anduviera con cuidado y que le mantuviera informado. Se citaron, si no había ninguna otra novedad, para el sábado. El Indautxu jugaba en Lejona. Robert se había enterado acercándose hasta la sede del equipo de futbol y preguntando a uno de los responsables por los partidos de la jornada próxima.

-¡Es que tengo que hacer yo todo!- dijo bromeando mientras se despedían.