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jueves, 14 de agosto de 2014

25 - ¡Gracias para venir!

25.   
         

         No se habían visto el día anterior pero por medio de un SMS Robert citó a sus dos amigos a las diez de la mañana en la parada del metro de San Nicolás. Ya sabía dónde iba a jugar el Indautxu B su próximo partido, el correspondiente a la jornada de ese sábado 26 de enero.

-No hace falta que cojamos el metro. El partido es en Artxanda, en el campo del Moraza. Podemos ir andando hasta la Plaza del Funi y coger el funicular, -les informó nada más juntarse. Luego dirigiéndose a Nordin preguntó. -¿Has recibido alguna noticia de ese cabrón?

-No, ayer no recibí nada. Tampoco le vi.

         Casi no volvieron a cruzarse palabra hasta que llegaron a la estación del funicular. Por delante caminaba Robert, con paso decidido, con su vieja bolsa de deportes azul y roja en su mano derecha,  donde llevaba algunos complementos con los que disfrazarse.

         El funicular, puntualmente, los trasladó hasta el vecino monte de Artxanda. A escasos tres minutos estaba el campo municipal donde iba a disputarse el encuentro entre el Moraza, equipo local, y el Indautxu B. El partido daría comienzo a las once. Poco antes de llegar a las puertas del modesto estadio Robert repartió el contenido de su bolsa y se separaron. Robert se transformó en un llamativo aficionado con una bufanda azul y blanca, una visera con los mismos colores, los del club local, un chándal azul marino, una peluca morena de pelo lacio y largo y unas gafas de cristal sin aumento alguno, grandes, con una montura del mismo color que su atuendo. Parecía otra persona. Su transformación se había llevado a cabo en el espacio que separaba una furgoneta blanca y un pequeño camión, ambos estacionados en las cercanías. Se acercó a la puerta de esa guisa, pagó la entrada y se colocó en un lateral, lejos de la grada. 


         Luego llegó Nordin, con una barba rala y gafas de sol. Llevaba una llamativa sudadera con la imagen del pato Donald. Tras hacer los trámites pertinentes, se colocó junto al banderín de corner, a la derecha de la portería más cercana a la puerta. Por último llegó Pedro, con un discreto bigote negro y unas gafas redondas, a lo Lennon. Pedro se colocó junto a la grada, de pie, cerca de uno de los banquillos. 

         Nada más dar comienzo el partido empezaron a sonar las quejas pertinentes. El calvo, el padre del pobre Iker, empezó a insultar al árbitro. Su poderosa voz se hacía oír por todos los rincones del campo. El partido transcurría aburrido. En esta ocasión parecía que el Indautxu iba a llevarse el triunfo, aunque les costaba hacer gol. Iker estaba sentado en el banquillo, muy cerca del lugar que ocupaba Pedro, oculto detrás de su bigote y sus llamativas gafas. El chaval estaba nervioso. Seguramente no le gustaba escuchar los desorbitados comentarios e injustos insultos que profería su padre. Pedro observaba al chaval, inquieto en el banquillo. Con ganas de desaparecer. Estaba ajeno al partido.

-¿Por qué no se callará ese energúmeno? –preguntó intencionadamente Pedro, sabedor de que Iker le podía oír perfectamente. –No para de insultar. No sé quién será su hijo, si es uno de los que juega, pero pobre chaval. Tiene que ser un tormento vivir con un padre así.

-Por desgracia no es una excepción. De todas formas lo de ese tipo es increíble. No calla. Y lo que es peor. No dice más que chorradas. –Uno de los espectadores que estaba cerca de Pedro continuó la conversación iniciada por el madrileño.

-¿Es usted padre de alguno de estos chiquillos? –preguntó Pedro dirigiéndose a quien se había hecho eco de sus comentarios.

-No. Soy aficionado al fútbol. Todos los fines de semana veo más de seis o siete partidos. Vivo en Uribarri y me distraigo subiendo a ver jugar a los chavales. ¿Usted?

-Yo también soy aficionado. Me gusta el deporte en general y detesto a la gente como el voceras que no para de insultar sin ton ni son. Debieran prohibirles la entrada a los campos. Al menos a los partidos que juegan chavales. 

-Hay mucho borrego en el fútbol. Gente que se desfoga. No es capaz de nada digno de reconocimiento y viene a desfogarse, a insultar a los demás. Una forma de compensar el peso de su frustración.

         Pedro había conseguido su objetivo. Observaba a Iker, atento a la conversación.  De vez en cuando miraba a esos dos señores que estaban hablando de su padre, que estaban diciendo lo mismo que pensaba él, lo que pensaban y luego le decían en los vestuarios sus compañeros, lo que dijo su madre cuando se enteró de la actitud que mantenía su marido en el campo de fútbol. Pero, él, su padre, al parecer, no era consciente de lo desagradable que era soportar sus gritos e insultos. Y mucho más desagradable cuando quien los escucha es un niño de doce años, su hijo, sentado en el banquillo, condenado a pasar allí, escondido, la inmensa mayoría del tiempo que duraba el enfrentamiento, y condenado, también, a saltar al campo los últimos minutos, a perseguir la pelota sin éxito por el lateral del terreno que le tocaba ocupar.

         Pedro y su vecino continuaron conversando sobre los malos hábitos de algunos padres, y del padre de Iker en particular. Así lo quería Pedro. Llegó el descanso con un marcador de 1-2 a favor de los visitantes, los del Indautxu. 

          Cuando iba a reiniciarse el partido los jugadores titulares ocuparon el césped mientras los suplentes se sentaban en el banquillo. Iker no salió de los vestuarios. Pedro en seguida se percató del hecho. 

-¿Dónde está Iker? –preguntó el entrenador al darse cuenta de su ausencia.

-Se ha quedado dentro. No quería salir. –Contestó uno de sus compañeros.

-¿Por qué? –insistió el responsable.

-Dice que no quiere jugar. Que se encuentra mal. –Respondió otro jugador.

-¿Y no me dice nada? –parecía enfadado.

-Creo que es por su padre. –Uno de los más pequeños de entre los que ocupaban el banquillo facilitó esa información. Pedro pudo oírla. –No le gusta escuchar lo que dice. Le da vergüenza. Y además dice que lo poco que juega lo hace mal.

-No me extraña. Vete por favor a acompañarle. –Ordenó el entrenador más tranquilo.

         El segundo tiempo empezó y el padre de Iker todavía no se había dado cuenta de que su hijo no había salido de los vestuarios. Empezó a gritar al árbitro como si nada especial pasara. Ajeno a los problemas de su hijo, profirió los insultos pertinentes y alguno extra en cuanto el equipo local empató la contienda. El signo del partido estaba cambiando. Los del Moraza controlaban el centro del campo y un chaval delgadito que jugaba con el número 7 corría por la banda derecha dirigiendo el balón con criterio y llegando fácilmente hasta el área rival.

         El tiempo fue pasando y cuando quedaban quince minutos para el final del partido el calvo empezó a pedir cambios a gritos.

-¡Entrenador, haz cambios! -Se oyó por todo el campo.  

-Eso, saca al ocho para hacer unas risas. –También se oyó desde la otra parte del césped.  
           
-¿Quién es el cabrón que ha dicho eso? –preguntó acalorado el calvo al mismo tiempo que se levantaba de su asiento con ganas de adivinar quién había proferido esas palabras. 

-Sin el ocho del Indautxu el partido es mucho más aburrido, -esta vez fue Nordin quién profirió el grito.

         Pedro, que observaba las reacciones del calvo, vio como giró la cabeza intentando localizar a quién había hecho ese segundo comentario alusivo a la torpeza de su hijo, pero no pudo dar con él pues Nordin se encontraba a refugio rodeado de un entusiasta y divertido grupo de espectadores que se reían de cualquier comentario que se hiciera por los alrededores. 

-Saca al 8, -gritó Robert desde otra parte, semiescondido entre otros grupos de seguidores del equipo local.

-¡Saca al 8!¡Saca al 8! –empezaron a gritar los animados hinchas locales que ocupaban la esquina donde estaba Nordin. Y no dejaron de gritar esa consigna hasta que el 7 del Moraza metió otro gol, el tercero, el segundo de su cuenta particular. -¡¡¡Gol!!!

         Pedro deseaba que el pobre Iker no pudiera escuchar desde el vestuario los gritos del público, pero disfrutaba viendo la cara de su padre desesperado, impotente en su grada, rodeado de otros padres conocidos que le pedían que mantuviera la calma. De vez en cuando, totalmente derrotado, escondía el rostro entre sus manos, desconsolado. Y una de esas veces el 7 del Moraza metió un nuevo gol, su tercero, el cuarto del equipo.

         Robert y Nordin aprovecharon ese momento para abandonar sigilosamente el campo. Pedro prefirió quedarse hasta el final para ver cómo concluía el asunto. El partido terminó 4-2. Pedro se acercó a la puerta del vestuario y ahí pudo escuchar a varios padres del equipo visitante consolar a sus hijos. El calvo preguntó por Iker. Alguien le contestó que no había salido del vestuario en todo el segundo tiempo. Otro le dijo que se había ido nada más empezar este periodo del partido. Que se había vestido de calle y que se había ido solo hasta el funicular. Que había dejado perfectamente doblada la ropa del equipo en uno de los bancos del vestuario y que se fue llorando. Que no quiso decírselo a nadie y que  quería ir solo. Pedro podía escuchar perfectamente las explicaciones y observar, al mismo tiempo, las caras del calvo. Finalmente, tras ser  consolado por otros padres, salió corriendo con el objetivo de encontrar a su hijo. Desapareció. Entonces sonó el teléfono de Pedro.

-¿Qué haces ahí dentro todavía? El calvo cabrón acaba de salir corriendo, como si le siguiera el diablo.-Era Robert.

-Ahora salgo y os cuento lo que ha sucedido.   

         Y eso hizo mientras tomaban un aperitivo en el Antón, un bar de Artxanda muy concurrido los fines de semana.

-¿Qué os parece si vamos a Iturribide y os preparo un suculento Tallin de cordero? Tengo una carne excepcional que compré el otro día en la carnicería de un compatriota en la calle San Francisco. Tengo vino. Tengo cerveza. Tengo tiempo, porque mis hijas están con su madre y sus abuelos en el pueblo de estos. Tenemos algo que celebrar. Lo tenemos todo. ¿Ok?

          Aceptaron el plan y allí se dirigieron haciendo un par de paradas tácticas con el objetivo de introducir un par de tragos más en sus organismos. Comieron tarde, sestearon y a eso de las siete Nordin abandonó la trastienda con la intención de abrir su negocio. Robert y Pedro seguían medio tumbados en el viejo sofá frente a una aún más vieja  televisión que emitía una antigua película de vaqueros sin protagonistas conocidos. Y entonces escucharon un grito que les hizo levantarse como un muelle.

-¡Qué hijo puta!

         Volvió a aparecer Nordin con un sobre entre las manos.

-Mirad, -dijo sacando el contenido del sobre. Unas fotos que hicieron repetir a Robert las mismas palabras proferidas hacía poco por su amigo marroquí. Pedro fue más recatado.

-Ese hijo puta ha estado esta mañana en Artxanda, lo que quiere decir que nos sigue.

          En algunas fotos aparecía Robert con su disfraz apoyado en la baranda que limita el campo de fútbol. En otras Nordin, con su barba rala, gritando. En dos aparecía Pedro hablando con otro espectador junto al banquillo del equipo visitante. En una última foto aparecían Robert y Nordin de espaldas, alejándose del estadio municipal mientras se desprendían de sus apósitos. En total una docena de fotos y ninguna nota. Ni una palabra.

-¿Qué quiere ese tipo? –preguntó Pedro sin ánimo de obtener respuesta alguna.      

         En ese instante sonó el móvil de Pedro. Era el vecino del quinto.

-Pedro. Felicidades. Me ha llamado mi cuñado y me ha dicho que se ha enterado de lo que ha sucedido esta mañana en Artxanda. Se lo ha contado un amigo, padre de alguien que juega en el Moraza. Un trabajo impecable. No paro de reírme al imaginarme la escena. ¡Pobre imbécil! Mi cuñado dice que la operación está cancelada. Que ya es suficiente. Me ha dado las pelas para que os las pase. ¿Vas a estar en casa esta noche?

-Si. Supongo. Pero si quieres mete el dinero en un sobre y el sobre en mi buzón.

-Vale. A ver si nos vemos. Tengo ganas de que me contéis con pelos y señales lo sucedido. ¡Ha tenido que ser memorable! Nos vemos, -se despidió.

         Pedro colgó el teléfono y comentó a sus amigos lo que le había dicho el vecino. Trescientos euros más. Perfecto. Pero el dinero no les ayudó a olvidar la amenazante presencia de Adrián. Quería complicarles la vida y, a tenor de lo visto, lo estaba consiguiendo.