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sábado, 16 de agosto de 2014

27 - ¡Gracias para venir!

27.  

         Pedro entró en el establecimiento a las ocho y media. Cuando se despertó esa mañana, terminado un sueño interrumpido a menudo por la inquietud provocada por lo que fuera a acontecer ese lunes, decidió regalarse un tranquilo desayuno completo en la cafetería de la calle Correo, antes de que llegaran sus dos amigos. Pidió un zumo de naranja grande, un croissant a la plancha y un café de desayuno. Cogió el Correo y mientras lo hojeaba dio cuenta de lo que había pedido al amanerado camarero que atendía la barra. 

-¿Ya has desayunado? –preguntó el americano nada más llegar.

-Si. Me he dado un capricho yo solo. Pero no te preocupes, puedo tomar otro café, este segundo descafeinado, contigo. 

         El americano pidió un descafeinado y un café normal y volvió con ellos a la mesa donde se encontraba Pedro. En ese momento llegó Nordin que, tras saludar, pidió un café doble al de la barra.

-¿Qué vamos a decirle a ese cabrón? –Nordin volvió a repetir la pregunta que ya había realizado en otras ocasiones sin encontrar la respuesta deseada.

-Yo le preguntaría sencillamente a ver qué es lo que quiere. Tal vez, tal y como te ha dicho Arantza, solamente quiera demostrarnos que él juega bien al juego de las amenazas. Quizás simplemente esté buscando lo que vamos a darle hoy, nuestro reconocimiento, la demostración de nuestro nerviosismo.

-¿Y para eso tiene que fotografiar a las hijas de Nordin, a mi novia? –el americano no solamente estaba nervioso: estaba enfadado. No le gustaba perder, ninguna batalla, ninguna partida.



-Todo esto empezó con una novia que quería dejar de serlo. De novia a novia, como en la oca. ¿Conoces el juego de la oca?, -bromeó el madrileño intentando relajar los ánimos.

-Lo conozco, sé jugar y casi siempre gano, -contestó escueto y categórico.

-Como no podría ser de otra forma, -dijo Nordin. –Eres un ganador. No en vano eres norteamericano. 

-Pero de origen irlandés, un pueblo acostumbrado a perder, -continuó Robert con la broma, algo más tranquilo.

-Siempre ayuda saber perder. Habitualmente perdemos más veces de las que ganamos. Yo al menos. Tengo un interminable catálogo de fracasos personales. Ayuda saber perder. Por cada victoria, diez fracasos. Tal vez más. Afortunadamente recordamos mejor nuestros pequeños triunfos. Supongo que es un mecanismo de defensa que tenemos los humanos para poder seguir pisando este planeta con un poco de dignidad, -filosofó inesperadamente Pedro.

-Yo no creo llevar en mi mochila más fracasos que victorias, -dijo el americano con orgullo y sinceridad al mismo tiempo.

-Bienaventurado seas. No voy a hablar por ti, pero creo que eres la prueba fehaciente de lo que acabo de decir. He pensado mucho sobre esto, y creo haber encontrado la razón por la que nos acordamos más de nuestros pequeños éxitos. Es una mezcla de inocencia, insistencia, falta de memoria, supervivencia.

-¡Piensas demasiado! –le interrumpió amigablemente Nordin. –Yo no analizo si he fracasado o triunfado y por qué lo he hecho.  Yo sigo.

-Eso está bien. Fracasar es natural, sentirse un fracasado es el comienzo del fin. –Siguió disertando Pedro.

-¿Del fin de qué? –preguntó Robert que escuchaba con atención al madrileño.

-El fin de la dignidad. Sentirnos capaces de ganar alguna vez, de triunfar, nos ayuda a vivir con dignidad, con esperanza. Sin dignidad somos reptiles. Sin esperanzas, sin planes, sin confianza en nosotros mismos, somos cucarachas.

-¡Frase de libro!- aplaudió Nordin.

-No sé, pero es buena, -bromeó.

-Si no le importa a este pedazo de Sócrates que tenemos por amigo, -ironizó Robert sin ánimo de molestar, - podemos volver a pensar en lo que le vamos a hacer al treintañero ese de Algorta.

-Invitémosle a cenar, -propuso Pedro. –No lo digo en broma. Lo he pensado durante esta noche y creo que es una salida estupenda, sorprendente y por esa razón más estupenda aún. No sé cuándo organizaremos la siguiente cena en Iturribide, espero que pronto. Les invitamos a Arantza y a él.

-Le damos un vale: vale por una cena en la mítica trastienda de Iturri, sin fecha concreta. –dijo Nordín. 

-¿Ese cabrón en nuestra trastienda? ¿Y gratis? –al americano le parecía una propuesta inadmisible, desorbitada.

-Al enemigo hay que sorprenderle con lo que nunca sospecharía que le vas a ofrecer. A alguien que te amenaza le invitas a cenar.

-¿Y a alguien que te invita a cenar le amenazas? ¡Vaya una lógica! –se quejó Robert.

-No es lo mismo. El factor sorpresa radica en ofrecer algo bueno, placentero, a quien te ha ofrecido maldad.

-¿No serás un cristiano radical de esos que ofrecen la segunda mejilla? –siguió discutiendo el americano.

-No, no soy religioso. Sin embargo creo que Jesucristo con esa propuesta no quiso ir de víctima tonta, sino nos ofreció un eficaz camino para combatir a nuestros enemigos ocasionales. Porque Adrián es un enemigo ocasional.  No es alguien que nos odie visceralmente por asuntos históricos o raciales. Es alguien como tú, -dijo mirando a Robert, -y no te enfades. Es alguien que odia perder. Un orgulloso malperdedor. Los que no saben perder son aquellos que dan demasiada importancia a una victoria, cuando a menudo ganar o perder depende de un golpe de azar, de un punto, de una carta, de alguien que te ha visto en el momento propicio. 

-Oye Sócrates. Me parece muy bien que realices estas reflexiones profundas sobre la condición humana y que juegues a psicólogo, pero abstente de compararme con ese cabrón.

-No te enfades. Pero, piensa, ¿qué hubieras hecho tú en su lugar si, como él, conoces a los tres tipos que te han estado puteando, amenazando, pintando la tienda? 

-Tú les hubieses invitado a una mariscada, -respondió Robert.

-Yo sí, porque estoy acostumbrado a perder y no me parece tan grave. Pero las personas que tenéis ese gusanillo que os sube desde las vísceras cuando sentís que alguien os ha ganado la partida, antes de invitar a cenar a quien os ha ganado una vez, necesitáis enseñar vuestras cartas. Es lo que ha hecho Adrián. Nos ha dicho que es capaz de ganarnos este segundo round. Y si está más tranquilo ahora que la demostración está hecha, genial.

-Vale, me has convencido. Y tú, -siguió Robert dirigiéndose a Nordin, -di algo, aunque no sea tan interesante como las reflexiones del filósofo madrileño.

-No tengo nada que decir. No se puede negar que el tipo este dice cosas bonitas. Yo también creo que estoy de acuerdo. Quiero que ese cabroncete nos deje en paz, y que se olvide de mis hijas.

-Entonces, ¿vamos para allá?

-Vamos, -contestaron al unísono.

         Abandonaron la cafetería después de haber abonado los desayunos. Pagó Robert, tú los vermús, el morito las cervezas de la tienda, yo pago los desayunos, dijo. Caminaron hasta la estación de metro y una vez en el andén no tuvieron que esperar más de dos minutos. A esas horas había pocos usuarios. El tren corrió silencioso por los largos túneles que recorrían la ciudad, hasta llegar a Lutxana, donde el convoy asomó su cabeza permitiendo a los viajeros disfrutar del paisaje postindustrial de las márgenes de la ría. Grúas que recordaban que en aquellas orillas hacía pocos años cargueros medianos procedentes de diferentes lugares del planeta se descargaban  dejando las más diversas mercancías en los muelles. Pabellones industriales difuntos, vacíos, esperando su demolición. Viviendas que nunca fueron elegantes mostraban sus desperfectos, más evidentes en estos años de crisis que habían puesto freno a las ayudas públicas a la restauración de inmuebles. En la margen izquierda Baracaldo, con sus barrios más ribereños, Sestao. 

         El metro volvió a esconderse al llegar a Erandio. Unos cuantos kilómetros más mostrando su larga cola por la superficie y, antes de llegar a Getxo, se sumergió de nuevo. En unos veinte minutos llegaron a la estación de Algorta. Eran las diez y cuarto. 

         Caminaron por las céntricas calles del municipio en silencio, hasta que los tres al mismo tiempo sintieron que el destino estaba próximo.       

-¿Quién va a hablar? –preguntó Robert rompiendo el mutismo.

-Está mal que lo diga, pero creo que yo soy la persona más indicada.

-Subscribo, -dijo el marroquí.

          Se detuvieron cuando llegaron a escasos metros de la tienda que regentaba Adrián, pues en ese preciso instante éste, cigarrillo en mano, se asomó a la puerta del establecimiento con ganas de fumar. Sacó el mechero del bolsillo derecho de su vaquero y encendió el pitillo que portaba en su mano izquierda. Echó una larga calada, sintiendo cómo la nicotina se adentraba en sus venas. Miró satisfecho al nublado cielo que se había establecido en lo alto desde la llegada oficial del invierno y expiró el humo. Entonces bajó la mirada y los encontró allí, detenidos, a escasos cincuenta metros, los tres, uno, dos y tres. Se asustó y no pudo contener sus siguientes movimientos guiados por el miedo: arrojó el cigarro al suelo, se giró, entró en la tienda, cerró la puerta y echó el cerrojo. 

-El muchacho es muy valiente con la cámara, o cuando es él el que acude al territorio enemigo. En su propio terreno se caga por las patas. –Robert mostró su satisfacción por la reacción instintiva de Adrián.

-Tal vez esté telefoneando a la policía, -dijo Pedro que había estado sopesando todas las posibles reacciones del joven a lo largo de la intranquila noche que había pasado. –Vamos.

         Efectivamente, nada más llegar a la altura del escaparate pudieron ver a Adrián con gesto asustado hablar por teléfono. ¿Con quién? Posiblemente, tal y como había comentado Pedro, con la policía. Había que largarse de allí rápidamente.

-Separémonos, -ordenó Robert. –Quedamos dentro de media hora en el bar que está junto a la carretera, en el puerto viejo.

-¡Mierda! ¡Qué mala suerte hemos tenido! ¡Ha tenido que salir a fumar justo en este momento! –se quejó Pedro algo contrariado. –Nos vemos dentro de media hora, -confirmó la cita de su amigo.

         Se disolvieron, a paso ligero, maldiciendo su mala suerte. Y durante esos treinta minutos estuvieron dando vueltas por las calles adyacentes, aproximándose poco a poco a la parte vieja del pueblo, donde iban a reagruparse tal y como había propuesto Robert. Éste, más intrépido que sus compañeros, permaneció por la zona donde estaba la tienda de Adrián con el objetivo de confirmar la llegada de la policía. La confirmó. En cuestión de minutos llegó un coche de la policía municipal con dos agentes dentro. Entonces Robert desapareció. 

         Se encontraron a las once. Pidieron cafés y descafeinados. Todavía era muy temprano para otros tragos. Nordin se mostraba especialmente animado. Dijo que era parte de la aventura, que si todo saliera tal y cómo lo había previsto Pedro, hubiera sido más aburrido, que si algo tenía de divertido dedicarse a la extorsión, a la justicia parapolicial, parajudicial, era la posibilidad de que los representantes policiales hicieran acto de presencia. Estaban viviendo una película. ¿Qué más podían pedir? 

-Ese tipo no es tonto, -dijo Pedro. –Acuérdate de tus hijas.

-No me metas el miedo en el cuerpo. Me parece divertida la escena. Ahí estábamos nosotros tres, crecidos, convencidos de que el mangante iba a acceder a nuestras pacíficas proposiciones. Y hemos tenido que salir por patas.

-¡Y menos mal! He visto llegar a la pasma. 

-¿Te has quedado hasta que han llegado? –más que una pregunta parecía una regañina. 

-Agazapado, como en las películas.

-Muy cinematográficos os veo.

-Creo, -comenzó a hablar Nordin, -que los tres juntos suponemos una amenaza. Él así lo ha visto. Tal vez tengas que ir tú solo, -se dirigió a Pedro. Eres, desde esta mañana, nuestro ideólogo y portavoz.

-Pero solo por hoy. No te crezcas, -le advirtió Robert.

-No me crezco. Hay momentos para el descontrol y otros para la cordura. Éste es uno  de estos últimos. Y entre nosotros, el más cuerdo soy yo. No es tan difícil.

-¿Es lo mismo cordura que prudencia? 

-Ahora sí. No siempre.

-Pues nada, cuerdo, ¿qué hacemos ahora? –preguntó Nordin.

-Volvamos. Pero prudentemente. Y cuando estemos allí yo me adelanto. Vosotros me cubrís la espalda.

-¡Vas a ser el prota! –protestó Robert.

-Hasta ahora lo has sido tú, -señaló acertadamente Nordin. 

-Y bien que lo he hecho, ¿no?

         Nadie se atrevió a contradecir al americano. A la hora de pagar Nordin recordó al americano las palabras dichas hacía escasamente una hora en la cafetería de la calle Correo. Y Robert, cumpliendo su palabra, volvió a pagar la consumición, ya que aunque no eran propiamente desayunos,  habían sido tres cafés.

-Espero que luego te pagues varios vermús, -dijo a modo de queja.

-Así será.