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lunes, 18 de agosto de 2014

29 - ¡Gracias para venir!

29.   

         Llovía con rabia. La lluvia atrapó a Pedro bajando por la calle Zabalbide hacia el Casco Viejo. Pensaba que las aguas, otras aguas,  estaban a punto de volver a su cauce. Pedro intentaba recuperar un ritmo de vida más sosegado, tratando de olvidar el trasiego de los últimos días. Confiaba en que esa misma mañana recibiría una llamada de Adrián confirmando su deseo de aceptar la invitación para acudir a cenar ese mismo jueves en la trastienda.  

         La mañana de ese martes había dado un incómodo paseo por las empinadas calles de Santutxu buscando un pequeño bar del que había oído decir que servía un “prosciuto” excelente a cualquier hora del día, como se sirve un rioja. Quería descubrir lugares nuevos con que sorprender a Irene. Quería llevarla a barrios que ella apenas hubiera transitado, a escenarios que Irene, a pesar de ser una bilbaína de pro, jamás había visto. No era tarea demasiado difícil, ya que la vida de Irene había transcurrido y seguía trascurriendo por las transitadas calles y plazas de Indautxu y Abando. El Bilbao más chic. Pedro quería encontrar rincones que distaran de la sofisticación de algunas cafeterías y restaurantes del centro pero que tuvieran un toque especial, bien sea por quien atendía el establecimiento, bien fuera por lo que servían. 

         Había subido hasta el populoso barrio por la calle Iturribide, que bastantes metros antes de llegar a Santutxu se convertía en una empinada y sinuosa cuesta. Desde allí tiró por la calle Zabalbide hacia arriba, hasta llegar a una parada de metro coronada por un típico fosterito construido por el célebre arquitecto inglés, autor del suburbano bilbaino del que tan orgullosos se sienten sus conciudadanos. Allí había girado a la derecha, y tras subir una cuesta más había llegado a una plazuela que daba inicio a una calle modernamente adoquinada que conducía a la iglesia del Carmelo, auténtico corazón del barrio. A esas horas de la mañana, pasadas las doce, toda la zona estaba muy animada. Muchas mujeres acompañadas por sus carros de compras caminaban de una tienda a otra buscando lo mejor y más barato. Transportistas peleaban con el tráfico para conseguir detener sus vehículos lo más cerca posible al establecimiento donde debían dejar las mercancías que transportaban. Algunos abuelos caminaban de la mano de sus pequeños nietos en dirección a sus casas, huyendo de la lluvia que cada vez se hacía más intensa. Jubilados armados con paraguas y cubiertos con gabardinas paseaban en grupos no muy numerosos, deteniéndose de vez en cuando para expresar con más ímpetu los argumentos con los que intentaba rebatir las ideas de su amigo. Pedro no podía oírlos pero sin lugar a dudas las conversaciones tratarían de la mala racha que estaba sufriendo el equipo local de fútbol, el Athletic, después de la brillante temporada con la que había hecho disfrutar a todos los aficionados y a todos los bilbaínos en general el pasado año. Algunos pedirían la dimisión del entrenador, otros que cambiara a uno u otro jugador. Alguno, sencillamente, se limitaría a decir con ímpetu y con especial énfasis que no había nada que hacer, que si el Athletic se empeñaba en continuar con su extraña política de fichajes se vería abocado a acabar un año de estos en la segunda división. Pedro había escuchado conversaciones similares en decenas de tabernas y rincones de la ciudad, una ciudad entregada pasionalmente a su club de fútbol.

         En medio de ese escenario Pedro seguía buscando en cada esquina, ya que le habían facilitado la referencia de que el bar que buscaba estaba junto al vértice de una manzana, pero cada vez con menos esperanzas de lograr su objetivo. Estaba muy mojado y tenía que buscar alguna solución si no quería constiparse. Había salido de casa sin paraguas, con un anorac negro provisto de un choto fino que nada podía hacer frente a la incesante y pertinaz lluvia. En ese mismo momento pasó junto a una peluquería unisex donde un elegante peluquero leía, sin otro quehacer, el periódico, esperando que algún cliente le animara la jornada y dejara algunos euros en su cajón. Desde que empezara la crisis, la maldita e interminable crisis, los peluqueros se quejaban de que la clientela espaciaba más y más sus visitas a esos pequeños templos de la estética y la higiene. 

         En cuanto Pedro abrió la puerta el peluquero abandonó la prensa escrita, y sonriente y solícito preguntó a ver en qué podía servirle.

-Necesito secarme la cabeza. He agarrado una chupa impresionante. Y de paso voy a cortarme el pelo. Ha crecido demasiado. Me gusta llevarlo más corto. Que no sea necesario tener que peinarme todas las mañanas.

-Eso está hecho. Voy a hacerle un buen lavado de cabeza, luego cortamos como usted me indique y por último secamos el pelo para ahuyentar la humedad y protegerle de posibles catarros.

         El peluquero era un hombre de unos cuarenta años, bien plantado, alto y moreno, con abundante pelo y generosa nariz. Tenía las manos largas y una sonrisa entre amable, servicial y empalagosa. No era del tipo de personas que atrajera a Pedro, que prefería la  escueta simpatía vasca, su proverbial brusquedad. Alguien que hablara poco, lo suficiente, y con un tono alejado de servilismos y simpatías excesivas. 

         Mientras Pedro se acomodaba en el sillón donde iba a lavarle la cabeza, un sillón que vibraba con intención de relajar al cliente mientras el peluquero masajeaba la cabellera, este no dejó de hablar del tiempo. La lluvia, excesiva en los últimos días, pero claro, si no llueve ahora, en invierno, tal vez suframos una desagradable sequía en verano. Mejor que haga el tiempo que corresponde a cada estación, aunque en Bilbao agua no faltara. Con esa dos ideas, que no falte el agua y que llueva cuando tiene que llover, el peluquero fue capaz de ocupar los cinco minutos en los que Pedro trató de disfrutar del relajante masaje capilar al que estaba siendo sometido sin conseguirlo, ya que su educación le dictaba que de vez en cuando tenía que contestar algo más que un breve y escaso monosílabo. Hubiera deseado decirle que si no callaba iba a pagarle la mitad, la mitad de no sabía qué cantidad porque no lo había preguntado. Pedro pensaba que el cliente debiera tener derecho a elegir si quería que le cortaran el pelo en silencio o mientras era sometido a una interminable disertación sobre meteorología. El que paga debiera poder elegir.                     

         Terminada la sesión de lavado Pedro cambió de asiento y el peluquero de tema de conversación.

-No sé si usted ha leído hoy la prensa. Estaba leyéndola antes de que usted viniera. Crisis y crisis por todos lados. Es para estar preocupados. Hoy viene un artículo en el Correo en el que comenta que el número de malos tratos ha aumentado durante los últimos meses y dice que cuanto más dura la crisis más se acrecienta el número de mujeres maltratadas. 

-Es horroroso, -se limitó a corroborar Pedro que no estaba muy interesado en el nuevo tema que había introducido el comunicativo dueño de la peluquería. 

-Y tanto. Horroroso y triste. Cuanto peor estamos peor nos comportamos. No todos, entiéndame usted, estoy hablando en general. Pero creo que es cierto. Salen nuestros peores instintos. –Había empezado a cortar los pelos de la nuca con una maquinilla eléctrica sin haber preguntado a su cliente qué tipo de corte de pelo deseaba. Corto, había dicho Pedro al entrar, que no fuera necesario peinarse. Al parecer eso era suficiente. Pedro tampoco se preocupó. En los últimos años siempre había llevado el pelo muy corto. De esa manera se notaba menos su escasez. Entre los pelos largos se vislumbraban más lagunas, menos densidad. Era un misterio que parecía contradecir los principios de la lógica. El pelo largo oculta mejor la cabeza. El pelo corto, por ser corto, deja más cuero cabelludo al descubierto. Pues no. ¿La razón? Desconocida.

-Los peores, -la voz de Pedro sirvió de eco a algunas de las últimas palabras del peluquero.

-El otro día, hace un par de semanas, sin ir más lejos, vino por aquí un cliente, hijo de un cliente de toda la vida que ya venía a cortarse el pelo con mi padre, porque esta peluquería la abrió mi padre hace ya cuarenta años, que no me gusta nada, el joven quiero decir. Le atiendo porque no están los tiempos como para ahuyentar clientela, pero por ganas  … Es un chico joven, poco más de treinta años. Un joven que no ha tenido que pelear mucho por la vida. Siempre ha vivido a cuerpo de rey. Su padre le ha dado de todo. Hijo único, guaperas. Desde chaval con los mejores coches y haciendo que trabaja en la empresa del padre. No sé si usted conoce la tienda de materiales de construcción que está un poco más arriba. Parece una tienda pequeña, pero es una empresa que funciona de maravilla. Al menos hasta la fecha. Ahora con la crisis seguramente está notando que la demanda ha bajado. Pero en esa casa ha entrado mucho dinero, y mucho lo ha gastado el hijo ese. –Hablaba ininterrumpidamente mientras continuaba cortando el cabello. -Tengo que agradecer que a pesar del dineral que llevan a cuestas eligen una peluquería de barrio y no acuden a una de esas peluquerías de diseño que proliferan como hongos por el centro de Bilbao. Si no cuidamos el comercio de los barrios, estos se van morir de asco. Acabarán convirtiéndose en inmensos dormitorios con calles y plazas desiertas por donde solamente transitan parados y jubilados.

-Interesante reflexión, -dijo Pedro que en seguida se arrepintió de haberlo dicho, porque pareció que dicha calificación animó al peluquero a seguir hablando sin parar. 

-Pues lo que le estaba contando, -en ocasiones abandonaba la maquinilla y recortaba algunos cabellos con las tijeras o incluso, en la zona más baja del cuello, con una cuchilla. –Ahora el padre le ha puesto una tienda en Algorta, según me ha dicho en una zona céntrica. Él, claro, me ha dicho que la tienda la ha abierto él, pero ya sé yo la verdad. Ahora, según me ha dicho, se dedica al interiorismo, con un amigo que ha estudiado arquitectura en Donosti. Al parecer el amigo pone el conocimiento y este vivalavirgen el dinero de su padre. Bueno, pues ese chaval me contaba ayer que tiene una novia con la que mantiene una relación un poco tortuosa. No sé por qué pero los clientes enseguida cogen confianza conmigo y me cuentan sus más escondidos secretos. Mi madre ya me dice, tienes un don para hacer hablar a las personas. 

         Pedro, que escuchaba distraído, preocupado únicamente de hacer de vez en cuando un comentario con el que demostrar su educación, se preguntaba, tras haber oído las últimas palabras del peluquero, cómo y cuando conseguían otros clientes conferirle sus secretos si apenas introducía pausa alguna en sus monólogos. Quizás no se comportara igual con todos sus clientes. Con Pedro no callaba porque Pedro no hablaba. Si Pedro hablara tal vez él callara. Tras esa reflexión Pedro decidió seguir en silencio. Era menos cansado escuchar en silencio.   

-Pues como le decía. Hacía poco más de un mes una novieta había dejado al chaval y este lo había tomado mal. Se había sentido abandonado y a él no le abandona nadie. Nunca le había dejado una novia y esa no iba a ser la primera. ¡Será orgulloso el tío! Lo suelta así, aquí, a mí. Pero bueno, es uno de los atractivos que tiene esta profesión, conoces la condición humana, escuchas a gente diversa y te haces una idea de cómo es el mundo y quienes lo habitamos. Sociología de campo, la llamo yo.

         Estos últimos datos de la historia empezaron a interesar a Pedro que no pudo entender cómo no había descubierto minutos antes de quién estaba hablando el peluquero. Eran muchas coincidencias.

-Pues, según me ha dicho, la chica le dijo que quería cortar poco antes de navidades, ya le digo, hace poco más de un mes. Él no quiso y entonces recibió unas amenazas, al parecer de los familiares o amigos de la chica, que le decían que dejara de atosigarla o se iba a enterar. Paró una semanas, hasta que las aguas volvieron a su cauce. Luego volvió a la carga. Hace unos quince días volvió a llamar a la chica. Ha hecho de todo con ella, perseguirla,  escribirle cartas de arrepentimiento, enviarle regalos, volver a pedirle perdón. De todo. Así me lo contaba él. Decía que era capaz de hacer cualquier cosa. Que su plan era volverla a conquistar, sin caer en errores anteriores, para, una vez la tuviera en sus garras, ser él quien decidiera dejarla. 

-Un espíritu vengativo, -comentó escuetamente Pedro.

-Si solamente fuera eso. Me dijo que lo consiguió, que ha vuelto con ella. Me contó toda la historia sin que yo le preguntara nada. Y yo, claro, me mostré impresionado por la historia, aunque a estas alturas de la vida ya he visto de todo y he oído aún más. Decía que la chica estaba totalmente rendida a sus pies. Argumentaba que le había dejado porque en la primera etapa ella se sentía agobiada, que necesitaba más espacio propio. Él me dijo que ahora es ella la que quiere estar más tiempo juntos y él el que espacia los encuentros con el fin de acumular ansiedad. Palabras textuales. 

-Un espíritu frío, -otro breve comentario de Pedro que veía como el peluquero iba terminando su trabajo ya que hablar sin descanso no le impedía seguir con su labor. 

-Él un asqueroso, y ella una tonta. Ahí es donde quería llegar. Hay mucho maltrato y hay mucha sinrazón en las relaciones. No sé como las mujeres no andan con más cuidado. Un hombre que te persigue, que no te deja en paz, que te amenaza. Y luego, al cabo de un mes vuelves con él. Yo no lo entiendo. El amor es ciego, pero tendríamos que evitar que fuera estúpido.

         El peluquero siguió haciendo valoraciones sobre las relaciones humanas, sobre la fragilidad de las mujeres frente a los hombres, sobre la crueldad de algunos de estos, hasta que terminó su trabajo al cabo de casi media hora. 

-Bueno, ¿qué le parece? No hace falta peine, -decía mientras con un espejo enseñaba su obra a Pedro, que quedó tan satisfecho como siempre. El pelo corto. –Le voy a secar un poco más el pelo, que con este frío….

         Unos minutos después, y tras haber pagado doce euros, Pedro se despidió del peluquero. La lluvia había cesado. Se dirigió a la boca de metro más cercana huyendo del riesgo de volver a mojarse y, cuando al de un rato se sentó en uno de los bancos metálicos del andén, repasó la historia que comenzó un jueves a la noche, en el lejano diciembre.  

         Mientras esperaba al tren, Pedro no pudo dejar de pensar en Arantza, en Adrián, en los comentarios del peluquero. Pero una vez en el vagón del metro sacó del bolsillo derecho de su anorak su teléfono móvil y telefoneó a Robert. No cogió. Supuso que estaría dando alguna clase. Hizo lo mismo con Nordin consiguiendo el mismo resultado. Decidió mandarles un SMS citándoles a las dos del mediodía en uno de los bares de la Plaza Nueva, el lugar ideal para un día de lluvia persistente como aquel último martes de enero. Les prometió un par de vermús. 

         Para hacer tiempo se bajó en Abando y se fue al FNAC a ojear algunos discos. Era su tienda favorita: libros, discos y películas. Una tienda para dinosaurios como él, amantes de los viejos formatos, del papel, del CD, del video. Amor a aquellos objetos que le habían acompañado siempre y una cierta repulsa hacia las nuevas tecnologías, provocada por la incapacidad para manejarlas de manera convincente y eficaz. Además les profesaba un cierto rencor por amenazar la existencia de los soportes a los que él se había acostumbrado a lo largo de su vida y que manejaba con solvencia. Discos a seis euros de viejos colosos de los setenta. Discos clásicos de jazz a precios semejantes. Había dejado la mayoría de sus cd en Madrid, en un afán de despegarse de ellos, de sus canciones, de los significados que éstas habían adoptado en su vida, de los recuerdos pegados a las melodías. Sin embargo no lo había conseguido y añoraba esas canciones que constituían la banda sonora de su existencia, allí, y aquí, antes y ahora. Canciones que le recordaban a novias con las que lloró mientras las escuchaba, con las que hizo el amor mientras sonaban en la vecina habitación. Aute, Milanés, REM, Jethro Tull, Cat Stevens, Beatles, y tantos otros. Ahora, gracias a la mandolina que le había regalado Robert podía tocar alguna canción. Estaban preparando un repertorio de canciones con los que sorprender a los asistentes a la cena que iba a celebrarse ese próximo jueves en la trastienda de Iturribide. Eso habían acordado. 

         Pasaron más de treinta minutos mientras Pedro cogía y volvía a dejar en el estante decenas de discos que le gustaría tener, pero que compraría poco a poco, nunca más de tres a la semana. Disciplina frente al consumo descontrolado.

         Salió de la tienda a las dos menos cuarto, con el “Thick as a brick”, “Revolver” y “Tea for the tillerman”. Tres obras de arte incontestables.

         Cuando llegó al Victor, un clásico de la Plaza Nueva, se encontró con sus dos amigos que le esperaban con sendos vermús en las manos y con una inmensa sonrisa de bienvenida.

-¡Pensábamos que íbamos a tener que pagarlos nosotros! –bromeó el americano.

-Últimamente no estás siendo todo lo puntual que prometes. Otra vez he llegado yo antes. 

-Tranquilos. Llegó el paga-vermús.

         Pedro pidió un crianza y empezó a contarles todo lo que le había estado diciendo el peluquero de Santutxu. Sus amigos escuchaban divertidos. 

-¡Qué pequeño es el mundo! Ahora el muy tonto niño pija no tendrá más remedio que tranquilizarse aún más. Sabemos quién es su padre, el negocio que regenta. Podemos complicarle la vida un poco más.

-Y que lo digas –continuó el marroquí tras terminar con un largo trago su copa.

-Es bueno que sepamos lo de su padre, pero no olvidéis que el objetivo es llegar a un acuerdo de no agresión. Esa será nuestra bala en la recámara. Si el chaval se pone tonto, disparamos. –Pedro intentó que sus amigos no se acaloraran pensando nuevas amenazas mientras sacaba la cartera para pagar la ronda. –Vamos a por el segundo.

         Seguía lloviendo con rabia, y con frío como complemento desagradable. Así que decidieron permanecer en la Plaza Nueva, al cobijo de los soportales. Caminaron hasta el Café Bilbao. Allí se encontraron frente a una barra repleta de pinchos y con media docena de parroquianos que debatían sonoramente en parejas con copas de vino tinto en sus manos. Pedro pidió las consumiciones y pagó al ser servido. Ya una vez con las bebidas en su poder reanudaron la conversación.

-¿Qué daréis de cenar el jueves? ¿Lo habéis pensado? -preguntó Pedro dejando a un lado los descubrimientos realizados esa misma mañana. -Tengo ganas de comer un buen cus-cus, y un tallin de cordero. 

-Además tenemos que dar nuestro primer concierto de guitarra, mandolina, cajón cutre y voz portentosa.

-¿Cutre? ¿Por qué cajón cutre? Es un cajón artesano, -protestó Nordin.

-Artesano. Lo que tú digas. Otra cosa. ¿A quién invitamos? – interpeló Robert,  preocupado por el número de comensales y por las ganancias que obtendrían.  -¿A Adrián y a Arantza? ¿A ellos dos solos?

-Yo tengo varias propuestas, -respondió el madrileño. –Voy a invitar a Irene. Podemos llamar a Julen. Invitaré a mis vecinos del quinto y a su cuñado, si os parece bien. A Arantza y a Adrián, porque así quedamos ayer y porque  es bueno llevarse bien con los enemigos de uno. Ya he dicho siete. Tú, -dijo dirigiéndose al americano, -puedes invitar a la vasca de tetas pequeñas y a cualquiera de esos anglosajones locos que rondan el Residence. Y tú, Nordin, tráete a tu mujer. Podemos contratar un canguro para que cuide a tus hijas. Sería un genial fin de fiesta. Además coincide con el final de mes. 31 de enero, jueves. ¿Qué os parece? 

          En ese momento sonó el móvil de Pedro. Era yo.

-Hola, -dije, -soy tu biógrafo. ¿Tienes un rato?

-Si, dime.

-Tengo acabado el libro. Me gustaría que le echaras una ojeada. Quedamos cuando quieras y te paso una copia.

-Estupendo, déjame pensar. –Hizo una pausa. -¿Qué te parece si este jueves próximo te vienes a cenar a la mítica trascienda de Iturribide? Vamos a reinstaurar las cenas y este jueves será la primera de la nueva temporada. Así conoces en persona a alguno de tus personajes y, lo que es más importante, el restaurante clandestino. ¿Sabes dónde está? 

-Estoy seguro de poder encontrarlo. Iturribide arriba, antes de llegar a Ripa, el portal que está pegado a un pequeño local que se llama “Txikimarket”, en el único bajo que tiene el inmueble. ¿Correcto?

-Correcto. No vemos el jueves a las ocho. Vamos a adelantar el horario de cenas para no tener problemas con la vecindad.

-Estupendo. Mejor. Yo cenaré poquito. No suelo cenar, pero algo ya me tomaré. Hasta el jueves. –Y colgué emocionado y feliz por la invitación.

         Pedro les informó sobre el autor de la llamada y acto seguido brindaron por la idea. Quedaron esa misma tarde a las siete para prepararlo todo. Ensayarían el repertorio de canciones entre los tres, limpiarían el local y organizarían bien las compras para la cena.