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martes, 19 de agosto de 2014

30 - ¡Gracias para venir!

30.     

         Pedro e Irene se encontraron a la una en la Ramona. Allí tomaron un vino. Luego, molestos por la pertinaz lluvia y el excesivo frío, caminaron bajo un insuficiente paraguas que había traído Irene hasta la plaza Moraza, dónde Pedro le propuso tomar un segundo crianza. Ella mostró su asombro por los bares de la plaza. 

         A continuación conversaron sobre lo que les había sucedido durante las últimas jornadas. Como venía siendo habitual, la mayor parte del tiempo era ella quien tenía la palabra. Pedro, como siempre, disfrutaba oyéndola. Y así fueron subiendo por la calle Matiko hasta el portal en el que vivía Pedro.

-Es un humilde portal, pero ya verás qué vistas tengo.

         Una vez en el piso, Irene mostró su sorpresa por lo ordenado y limpio que estaba todo. Le gustó la luminosidad y la cantidad de plantas que daban color y dosis de vida a cada uno de los rincones de la vivienda.

         La mesa estaba preparada en la sala, con un discreto mantel de tonos verdes, con las sencillas cerámica y cubertería de ikea. 

          Durante la comida, el bacalao y el cava que Pedro había prometido,  Irene le habló de la amiga suya que se había divorciado recientemente, con la que tal vez montara la tienda de decoración en una fecha temprana. Le contó que llevaba años metida en la política como concejala del Ayuntamiento de Bilbao, y que estaba harta de todo. Le contó que quería dejar la política y dedicarse a algo diferente. El negocio proyectado no tenía más pretensión que la de mantenerlas ocupadas, divertirse y no perder dinero. Ninguna de las dos necesitaba atesorar más euros en sus cuentas corrientes. 

-¿No será tu amiga una mujer elegante, de pelo cardado, bajita y un poco entrada en carnes?


-¿Cómo lo sabes? ¿La conoces?

-Solo de vista. Creo que es la concejala de seguridad ciudadana.

-De joven estaba muy delgada, pero en cuanto se metió en el PNV adoptó esa imagen tan típica de señora del Batzoki. Pero desde que se ha divorciado ha empezado a soltarse el pelo otra vez. ¿De qué la conoces?

-De la prensa, -mintió Pedro. –La he visto en fotos y en la tele alguna vez. Hace poco leí un artículo sobre ella. No sabía que era tu amiga, lo he dicho por decir. Ha sido una casualidad.

-Sí que lo ha sido. No sabía que había salido tantas veces en la prensa.  

         Terminada la comida tomaron un café descafeinado y se acurrucaron en el incómodo sofá de Ikea como buenamente pudieron, frente al televisor, donde daban un ridículo programa que escogió Irene, consistente en una pareja que se dedicaba a rehabilitar casa ella y a encontrar casas que satisficieran las demandas de los que acudían al programa él. Irene se quedó dormida durante unos minutos, con la cabeza sobre uno de los cojines. Pedro se quedó observándola, recordando horas pasadas en escenarios similares.

         Cuando cerca de las cuatro ella abrió sus ojos sonriente, Pedro sintió ganas de besarla, pero se contuvo. 

-Mañana vamos a organizar la primera cena de nuevo en Iturribide. ¿Te apetece venir?

-No conozco a nadie. 

-Si. Me conoces a mí, a Julen, que creo que va  asistir y si quieres, puedes invitar a tu amiga la concejala. –A Pedro le pareció divertido imaginarse a la concejala de seguridad sorprendida en la trastienda ilegal de Nordin en el momento en el que alguno de sus subordinados, avisados por su amante, irrumpieran en el habitáculo. –Avísale que el local no cumple todas las normativas, no vaya a ser que nada más verlo nos denuncie.  

-No te preocupes por ella. Si le apeteciera venir, que no creo, se olvidaría de sus obligaciones laborales durante todo el tiempo que dure la fiesta. Últimamente se está volviendo una informal. Pero primero tengo que pensar si yo quiero ir. ¿Lo puedo pensar?

-No lo pienses. En esta vida hay ocasiones en las que es mucho mejor no pensar, simplemente dejarse llevar. Déjate llevar, por favor. –Pedro cambió de expresión. Su mirada se empañó ligeramente, de repente.

-Te has puesto muy serio. –Irene se dio cuenta del cambio.

-Si, perdona. No quiero ponerme trascendental. Llego a ser aburrido. 

-¿Te pasa algo?

-No sé por qué, pero me han entrado unas ganas irresistibles de llorar. Me pasa a veces. Me emociono.

-¿Y ahora, por qué?

-Supongo que estar contigo me emociona. Tú me emocionas. Acordarme de personas, de situaciones, de momentos vividos.  

-¿De qué te has acordado? ¿De quién? ¿De Julia? ¿De tu hijo?

-Les hecho en falta, a veces. –Pedro empezó a llorar, sin muchos aspavientos. Unas lágrimas, algún sollozo. –A veces quisiera que las cosas fueran para toda la vida, y no lo son. Lo sé. Creo que estar contigo me recuerda a los mejores momentos con Julia. Aquello se acabó. No quiero que suceda lo mismo contigo. Contigo me siento inmensamente acompañado. Sin presiones, sin exigencias. Me gustaría que tú sintieras lo mismo, y que no queramos cambiar este sentimiento. Ni más ni menos. 

         Irene recorrió la breve distancia que les separaba en el sofá y le abrazó, simplemente le abrazó. Ella también lloró un poco. Sólo un poco.

         Así estuvieron un par de minutos, hasta que el móvil de Irene, oculto en el interior de su bolso, sonó demandando su atención. Se levantó y contestó la llamada.

-Hola, -dijo intentando animar el tono de su voz. - ¿Alguna novedad?

         Debieron ser muchas, porque según me contó posteriormente Pedro, Irene estuvo colgada del teléfono más de cinco minutos, disculpándose con sus ojos tiernos y su mano izquierda por prolongar la interrupción de aquel abrazo, el primero que compartieron desde que habían empezado a verse meses atrás. Pedro resignado, se recostó de nuevo en el sofá, esperando el regreso de Irene. 

-Era mi amiga Merche, la concejala. ¡Ya es casualidad! –dijo nada más cortar la comunicación, mientras volvía a guardar el teléfono en el interior de su bolso beige. –Ya siento la interrupción. ¿Estás mejor?

-Si, mucho mejor. Gracias por el abrazo.

-A mí también me ha venido muy bien. Me ha gustado tu abrazo, sin agobiar.

-Corto.

-Así son las cosas. 

-No le has dicho nada de la cena de mañana.

-Todavía no sé si iré yo. Pero no te preocupes. Hemos quedado esta noche en mi casa para seguir hablando. Vive en Indautxu, muy cerca. Tiene un montón de novedades.

-Ya he visto.

-Me ha dicho que está un poco confundida. Que cree que está perdiendo los papeles. Por lo poco que sé, se está volviendo una devora-hombres. Está irreconocible. Bueno. Mejor dicho, ha vuelto a sus orígenes. Nunca ha sido muy atractiva a primera vista, pero luego, pasado un tiempo, tiene algo que le convierte en irresistible. Es simpatiquísima. Será eso.

-Haríais una buena pareja: la guapa y la simpática.

-Algo así. Yo atraía a los tíos y ella los retenía, porque es mucho más divertida que yo. Es una conversadora amena, capaz de dialogar sobre cualquier tema. –Irene regresó al sofá sentándose de nuevo junto a Pedro. –Tengo miedo de que la conozcas. Creo que te divertirías más con ella. 

-No creo. 

-Ya me lo dirás cuando le veas. Dale una oportunidad. Necesita diez minutos, poco más. Yo voy perdiendo con el tiempo. –En ese instante Irene regaló una sonrisa embaucadora a Pedro. Y en ese instante volvió a sonar el móvil. 

         Se repitió la misma maniobra. Y se repitió la escena posterior: Irene escuchando lo que le decían y Pedro esperando en el sofá. Afortunadamente esta interrupción fue más breve.

-Era Merche otra vez. A ver si podía quedar algo antes, porque tiene que estar a las ocho en casa de su madre. Algún problema de última hora. Hemos quedado a las seis. ¿Te importa?

-Si, pero creo que no tengo ninguna posibilidad frente a la elocuencia de tu amiga. Al menos asegúrame que vendrás mañana, que no voy a tener que esperar otra semana para volver a verte. 

-Mañana iré. Pero no conozco el sitio.

-Podríamos quedar por la tarde a dar un paseo. Hemos quedado a las ocho en Iturribide. Habitualmente les ayudo con la mesa, pero puedo dejarlo todo preparado antes. ¿Invitarás a Merche?

-Intentaré convencerla, pero no sé a qué se debe tanto empeño.

-Me resulta divertido imaginar a la máxima responsable de orden de la ciudad asistiendo a una cena ilegal. Ella no tiene por qué saber que se paga la asistencia. Os invitaré a las dos. 

-Ya le voy a advertir de los peligros que corre. Pero creo que se animará. –Irene seguía en pié. –Y ahora me tengo que ir. ¿Me acompañas un poco?
Necesito a alguien que me sujete el paraguas. 

-La princesa de Indautxu ha hablado. Así que no tengo más remedio que acompañarla. 

         Pedro se levantó resignado del sofá donde había albergado la posibilidad de otro abrazo. 

-¿Quieres que te ayude a recoger un poco?

-No te preocupes. Las princesas en mi casa no trabajan. 

         La lluvia había cesado y el paseo hasta la plaza del Ensanche a esas horas de la tarde fue agradable. Se despidieron en el portal de la casa de Irene después de haber concertado la cita para el día siguiente.