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jueves, 20 de noviembre de 2014

Hay que ser muy sinvergüenza para no ser antisistema

No por casualidad los privilegiados del sistema en el cual vivimos -llamémoslo por su nombre y apellido: capitalismo neoliberal-, por medio de sus representantes mediáticos o políticos, lanzan una acusación paradójica a quienes pretenden cambiarlo o simplemente protestan por sus tremendas injusticias: les tildan de ser antisistema, cuando en realidad y teniendo en cuenta de qué se trata es prácticamente imposible no serlo. Pero usan esa descalificación porque no admiten, no les conviene admitir, otra realidad que no sea la del sistema. Para ellos el capitalismo neoliberal es incuestionable, o como suelen decir, sería como cuestionar la ley de gravedad. De ese modo quieren lograr nuestra resignación y en consecuencia nuestra pasividad.

El sistema se ha revelado incompatible con la democracia, ya que muy pocos organismos internacionales -como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, por ejemplo, cuyos directivos son puestos a dedo por los países ricos- imponen sus políticas de austeridad y los recortes a los gobiernos de casi todo el planeta.
En España es conocida la frase del presidente Mariano Rajoy sobre los motivos del incumplimiento de promesas electorales y la aplicación de medidas fundamentales que no figuraban en su programa. “No he podido cumplir las promesas electorales”, dijo “porque he tenido que cumplir con mis obligaciones”. Es decir, sus electores no figuran entre sus obligaciones, pero sí los organismos internacionales antes citados. ¿Qué es entonces la democracia?
Eduardo Galeano dijo que el 15-M sirvió, entre otras cosas, para diferenciar a los indignos de los indignados. Y recientemente el cineasta, José Luis Cuerda, declaraba: “Hay que ser muy sinvergüenza para no ser antisistema”. Me permito compartir esa afirmación.