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jueves, 18 de diciembre de 2014

La jubilación de Alfonso Guerra

El adiós de Guerra a los leones (elpais)
En 1982, prometió que, tras la llegada al Gobierno del PSOE, a España no iba a conocerla ni la madre que la parió. Y así fue, hasta 2010. A partir de entonces, tras la explosión controlada del estado del bienestar, incluso nuestras abuelas podrían reconocer a este viejo país de todos los demonios, esos diablos tan familiares que vuelven a andar sueltos por nuestro jardín.
Alfonso Guerra se jubila de su escaño, tras ocuparlo durante treinta y siete años, casi como si fuera un lord vitalicio. Es uno de los iconos de esa transición ambigua y controvertida a la que ahora quieren tumbar como las estatuas de Lenin tras la caída del muro. Y él se retira echando leña a las calderas de sus adversarios, esto es, elogiando a la duquesa de Alba y poniendo a Podemos a caer de un burro.
Desde la ortodoxia del "que se mueva no sale en la foto", por no hablar del célebre despacho que encomendó a su hermano Juan en la Delegación del Gobierno de Sevilla y que, aunque no pudieran imputarle ni una mala multa de tráfico, se convirtió en un escándalo político y periodístico de primer orden, aunque ahora hasta nos resultaría naïf visto lo visto en los años posteriores. El Guerra que conectaba con el ideario jacobino de una España orteguiana, la que nació prácticamente de la restauración del XIX, pero que incorporaba en todo caso las nacionalidades históricas.
Que abandone su escaño no quiere decir que vaya a retirarse definitivamente del ágora. Guerra cumple al dedillo con la definición clásica del animal político y seguirá en la arena de lo público con la misma contumacia que los toreros retirados bajan a los tentaderos para seguir dándole capotazos a las vaquillas. Su mundo, sin embargo, ya no es de este mundo. Su horizonte siempre tuvo más que ver con las conspiraciones del XIX que con los lobbies del siglo XXI, mucho más poderosos que los gobiernos democráticos a los que debieran someterse.