Google+

sábado, 2 de agosto de 2014

13 - ¡Gracias para venir!

13.   

       La mañana siguiente, la del día de Nochebuena, Pedro la pasó en casa, tratando de combatir la pereza que le generaba la resaca producida por los excesos del domingo. Decidió no salir. Tomó un Ibuprufeno, medicina para todo, bebió mucha agua y comió un par de naranjas. Luego se tumbó en el sofá, disfrutando de la luz que entraba por la terraza y de las canciones de Quique González. En el Spoty five seleccionó el disco ”Salitre 48” y con el volumen muy bajo comenzó a escuchar uno a uno todos los temas.  

         Llegadas las dos de la tarde decidió comer una sencilla ensalada de tomate, regada con un buen aceite de oliva que había comprado hacía poco en una tienda que había descubierto cerca de la plaza Campuzano, y un poco de piña. Nada más. Se quería reservar para la noche. Después de la frugal comida se quedó dormido frente al televisor, mientras transmitían las noticias del día.

         A eso de las seis de la tarde sonó el teléfono. Era Robert, que le pidió que llevara la mandolina a la cena. Estaba invitado a pasar la Nochebuena en la casa de un amigo de Robert, y por lo que le contó el americano, una vez degustadas las viandas cantarían hasta que el cuerpo aguantase. 

         Obediente, apareció con el instrumento a las nueve de la noche en el domicilio del amigo, siguiendo las instrucciones que había recibido para llegar al lugar adecuado. Lo pasó bien. Se juntaron doce comensales. Gentes sin familias. Personas desordenadas. Acompañó a Robert en algunas canciones, siguiendo sus indicaciones, rasgando tímidamente las cuerdas de la mandolina. A las cuatro de la mañana se despidió, y caminó junto a su instrumento hasta su hogar. Se acostó y durmió profundamente.

viernes, 1 de agosto de 2014

12 - ¡Gracias para venir!

12.    

         Pedro pasó buena parte de la mañana del domingo, víspera de Noche Buena, en la cama, con un libro de Väzquez Montalbán entre las manos: “El Quinteto de Buenos Aires”. Había leído esa novela anteriormente, pero no se acordaba prácticamente de nada. Cuando la vio en la sección de libros de bolsillo del FNAC la seleccionó atraído por el escenario en el que transcurre la aventura de Carvalho: la capital argentina. La conocía. Había cruzado el Atlántico con su hijo hacía ya más de diez años con la intención de pasar una semana larga en la ciudad porteña. Y la ciudad porteña no le defraudó. Sus calles, sus barrios, su fútbol, sus cafés, el club de jazz Milton, la Quilmes, el bife de chorizo, el Clarín, los tangos cantados de Boca y los tangos bailados de San Telmo. Y la compañía de su hijo, por aquel entonces un adolescente simpático y hablador. 

         Se levantó de la cama pasadas las doce. Puso un disco de un pianista argentino, músico de jazz que precisamente conoció en el Milton de Buenos Aires: Adrián Iaies. Era un disco que Pedro escuchaba a menudo y en el que el pianista versiona junto a un contrabajsta y a un baterista una docena larga de conocidos tangos, y tanguea “Round Midnight”, la conocida balada de Thelonious Monk.   Tenía que preparar la comida pues esperaba la visita de Robert y de Nordin, a los que sorprendentemente no había visto desde el pasado miércoles. Les iba a sorprender con unas excelentes alubias rojas con cava, combinación que Pedro había conocido recientemente y que le había parecido sobresaliente. Las alubias de bote, Litoral, pero de eso no iba a dar noticia. Tres latas, de sobra para los tres. Y había comprado cuatro botellas de un cava que había encontrado a muy buen precio en la vinotera de Castaños. De postre había comprado un queso curado de Idiazabal y una tarta muy fina de pastel ruso que también había descubierto recientemente en la citada tienda de licores del barrio.

jueves, 31 de julio de 2014

11 - ¡Gracias para venir!

11.   

         A tres días de la llegada oficial del invierno, el tiempo estaba siendo excepcionalmente agradable. Temperaturas frescas pero nada de lluvia. A Pedro le encantaban esos días en los que, debido al cambio horario, la noche empezaba en torno a las seis de la tarde y duraba horas. Las calles estaban llenas de gente que no se dejaba engañar por la luz de las farolas, sabedores de la hora que marcaban los relojes. Niños en las plazoletas, jubilados caminantes, compradores compulsivos obligados a controlar sus ansiedades e impulsos por exigencias de un guión propio de los tiempos de crisis que corrían inexorables y personas que como él, como Pedro, se dejaban llevar por las mareas de las calles sin rumbo fijo, dejando pasar el tiempo.

         Eran las siete de la tarde cuando Pedro se dejó empujar hasta la puerta de TisTas, un librería especializada en viajes que estaba al principio de la calle General Concha. Siempre le había gustado viajar, aunque en los últimos años no había cruzado los Pirineos ni una sola vez. Uno de los mejores días del año era el primero de las vacaciones de la Semana Santa. Se montaba al volante de su Volkswagen, Julia a su lado, al principio Manuel en el asiento de atrás, más tarde, cuando éste creció, los dos solos. Rumbo al sur, haciendo unos cuantos kilómetros de más. Su recorrido favorito le llevaba a Avila, de ahí al Barco de Avila, luego el valle del Jerte, Plasencia. Una vez allí, hacia el sur. Parando cuando y cuanto les apeteciera. Llegaban a Fregenal, a Jabugo, Sevilla. Andalucía bajo sus neumáticos. No hacía falta cruzar los Pirineos para disfrutar de la placentera sensación de un viaje que te lleva a donde la sorpresa te detiene.

miércoles, 30 de julio de 2014

10 - ¡Gracias para venir!

10.   

         A las siete de la tarde del miércoles llegó Arantza a la tienda de Iturribide. Antes de entrar se aseguró de no reconocer ningún rostro entre los que a esa hora circulaban por la transitada calle peatonal. Gente que subía al populoso barrio de Santutxu y gente que bajaba al concurrido Casco Viejo. Algunos entraban en las tabernas de la calle, otros en alguna de las numerosas tiendas de alimentación, muchas de ellas regentadas por emigrantes de procedencia diversa, y la mayoría simplemente pasaba rumbo a destinos más lejanos.

         Nordin estaba tras el mostrador, escuchando algunos temas de blues viejos a través del ordenador, tan antiguo casi como las canciones que sonaban, comiendo cientos de pipas cuyas cáscaras se arremolinaban desordenadamente alrededor de un cenicero repleto de restos diversos. Se levantó al ver a la chica.

-Hombre, ¡cuánto tiempo!- fueron las palabras que utilizó a modo de saludo. 

-¡No tanto!, -respondió la chica mientras se acercaba al expositor lleno de alimentos diversos  y objetos para el hogar y la higiene personal. Se dieron un par de besos en las mejillas. -¿Estás solo?

-Pedro y Robert estarán al llegar.  El americano terminaba una clase a las seis y media en Lejona. Lo que tarde el metro. Y Pedro seguramente esté en su casa entretenido con algún libro o escuchando algún disco de Miles Davis. ¿Quieres algo mientras tanto?

martes, 29 de julio de 2014

09 - ¡Gracias para venir!

9.   
       
         Pedro se disponía a salir de casa para dar un paseo por la concurrida y animada GranVïa cuando sonó su teléfono.

-¿Qué haces? –era la voz de Robert.

-Ahora mismo estoy atándome los zapatos, bueno las zapatillas estas de monte que calzo siempre. Salgo a dar un paseo. ¿Qué pasa?

-Estamos aquí Nordin y yo, en la tienda, y hemos decidido ir a Algorta a presionar un poco al pájaro.

-¿Presionar? ¿Cómo? Pero si todavía no le hemos dado tiempo para demostrar que no va a molestar más a Arantza. Le dejé la nota antes de ayer. 

-Es necesario que vea que no es farol. Que vamos en serio. Esta mañana me ha telefoneado Arantza diciendo que el muy pájaro le ha vuelto a amenazar, la ha relacionado con nuestra carta y le ha dicho que no le iba a resultar tan fácil librarse de él. Así que hay que hacer algo. Esta noche vamos a pintarle el escaparate.

-¿Pintarle el escaparate? ¿Con qué?

-Con pintura negra. He conseguido un spray a buen precio.

-Ya, ya. Pero, ¿qué le vais a poner?

-¿Tú no vienes?

-No sé. Bueno cambio la pregunta. ¿Qué le vamos a poner?

lunes, 28 de julio de 2014

08 - ¡Gracias para venir!

8.   

         La luz entraba tímidamente por la ventana de la habitación de Pedro. Le gustaba despertarse con las primeras luces del día y remolonear en el lecho hasta que las ganas de orinar se hacían insoportables. Tras una rápida visita al lavabo volvía a sumergirse bajo el calor protector del edredón. Allí se quedaba adormilado hasta que le apetecía más un trago de café que seguir disfrutando del placer de observar el avance del día a través de su ventana desde el confortable  refugio de su cama.

         Ese martes de diciembre llovía, y eso multiplicaba el placer de Pedro. Oyendo el golpeteo agresivo de la lluvia sobre el tejado pasaría horas, si no fuera porque al cabo de unos largos minutos le invadía la sensación de estar perdiendo su tiempo, sensación que simultaneamente le molestaba y le agradaba, a partes iguales. En la vida todo es contradictorio, pensaba, nuestros comportamientos, nuestras sensaciones, nuestros deseos. Aceptar esa contradicción inevitable es un paso hacia la escurridiza felicidad a la que cualquier persona puede aspirar.

         Esas reflexiones, que se repetían cotidianamente en su cabeza mientras disfrutaba de su soledad en su acogedor piso de Uribarri, me las confesó pocas horas después cuando nos encontramos en la Plaza del funi. Él se dirigía a la fantástica tienda de vinos de la calle Castaños, y yo emprendía mi caminata mañanera de tres kilómetros junto al curso de la ría.

-Hombre, ¡cuánto tiempo!-exclamó al verme manifestando abiertamente su alegría.

-Eso mismo digo yo. Parece que te has cansado de este señor mayor.

-Perdona, pero creo que fuiste tú quien quedaste en telefonear una vez hubieras acabado tu novela.

domingo, 27 de julio de 2014

07 - ¡Gracias para venir!

7.   


        El despertador sonó a las siete de la mañana. A Pedro le dio mucha pereza levantarse, pero era necesario meter bajo la puerta de la tienda el sobre con la carta para Adrián antes de que éste llegara. Renunció a la ducha y se vistió rápidamente. Desayunó y salió a la calle. Cogió el metro pasadas las siete y media, en la estación del Casco Viejo. A las ocho estaba en Algorta. Caminó hasta la tienda, comprobó que nadie le veía e introdujo la misiva bajo la puerta. Luego se alejó sigilosamente, cojeando, para dejar una pista falsa a quien le hubiera visto. Además llevaba una bufanda a rayas negras y grises que le servía de embozo y un gorro de lana azul marino que le cubría toda la cabeza. Sólo se le veían los ojos. 
      
         A unos cien metros de la tienda de Adrián encontró una cafetería donde pidió un croissant con un descafeinado. Allí pasó más de media hora frente al Correo. Problemas con el Athletic, problemas con la cuota de riesgo, con la bolsa y con casi todo. Malos tiempos para la esperanza. 

         Luego caminó hasta el puerto viejo, siguió andando por el paseo costero hasta el puerto nuevo. Allí dio media vuelta y cogió el pequeño ascensor  que conduce de nuevo hasta la zona peatonal de Algorta. Anduvo hasta la tienda. Eran más de las diez y Adrián había llegado ya a su puesto de trabajo. Disimuladamente se cercioró de que la carta no estuviera en el lugar donde él la había dejado. Misión cumplida.

         Telefoneó a sus socios para comunicárselo y cogió el metro hasta Deusto. Allí se detuvo porque quería pasar por la charcutería que recientemente había descubierto y donde podía comprar buen jamón a muy buen precio. Compró diez paquetes. Llegó a su casa con la compra  y salió de nuevo con la intención de disfrutar de la mañana del lunes.