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sábado, 16 de agosto de 2014

27 - ¡Gracias para venir!

27.  

         Pedro entró en el establecimiento a las ocho y media. Cuando se despertó esa mañana, terminado un sueño interrumpido a menudo por la inquietud provocada por lo que fuera a acontecer ese lunes, decidió regalarse un tranquilo desayuno completo en la cafetería de la calle Correo, antes de que llegaran sus dos amigos. Pidió un zumo de naranja grande, un croissant a la plancha y un café de desayuno. Cogió el Correo y mientras lo hojeaba dio cuenta de lo que había pedido al amanerado camarero que atendía la barra. 

-¿Ya has desayunado? –preguntó el americano nada más llegar.

-Si. Me he dado un capricho yo solo. Pero no te preocupes, puedo tomar otro café, este segundo descafeinado, contigo. 

         El americano pidió un descafeinado y un café normal y volvió con ellos a la mesa donde se encontraba Pedro. En ese momento llegó Nordin que, tras saludar, pidió un café doble al de la barra.

-¿Qué vamos a decirle a ese cabrón? –Nordin volvió a repetir la pregunta que ya había realizado en otras ocasiones sin encontrar la respuesta deseada.

-Yo le preguntaría sencillamente a ver qué es lo que quiere. Tal vez, tal y como te ha dicho Arantza, solamente quiera demostrarnos que él juega bien al juego de las amenazas. Quizás simplemente esté buscando lo que vamos a darle hoy, nuestro reconocimiento, la demostración de nuestro nerviosismo.

-¿Y para eso tiene que fotografiar a las hijas de Nordin, a mi novia? –el americano no solamente estaba nervioso: estaba enfadado. No le gustaba perder, ninguna batalla, ninguna partida.

viernes, 15 de agosto de 2014

26 - ¡Gracias para venir!

26.    

         Ese último domingo de enero amaneció seco. Nublado pero sin lluvia, lo cual era algo de agradecer. Estaba siendo un invierno muy duro, frío y lluvioso. Pedro intentó ordenar la jornada. Sería un día tranquilo. Lectura, una hora de carrera por la ribera de la ría, una cerveza, una ensalada con algunas salchichas de segundo, una siesta, más lectura y punto. Una jornada entre la actividad y el placentero aburrimiento de las tardes de domingo víspera de un lunes sin necesidad de ir a trabajar.

         Y así fue avanzando el día hasta que pasadas las siete de la tarde sonó el teléfono. Era Nordin.

-Otra vez. Acabo de abrir la tienda y he recibido otro sobre de ese cabrón. Más fotos. Es un enfermo obsesivo.

-¿Qué aparece en esas fotos? –preguntó Pedro.

-En cinco aparezco yo con mis hijas paseando esta mañana por el Arenal. En otras aparece la novieta de Robert saliendo del portal de la casa donde vive el americano.

-¿Mías? 

-Tú no apareces en ninguna. Ni tú ni nadie relacionado contigo.

-¿Sabes si Arantza le ha llamado a Robert?

-No he hablado aún con Robert. Te he llamado primero a ti. Eres más sensato.

-Gracias. 

-¡Espera! Me están llamando. Voy a ver quién es. –Interrumpió la conversación unos segundos. -Es Robert. Te cuelgo. Voy a ver qué quiere. Luego vuelvo a llamarte.

jueves, 14 de agosto de 2014

25 - ¡Gracias para venir!

25.   
         

         No se habían visto el día anterior pero por medio de un SMS Robert citó a sus dos amigos a las diez de la mañana en la parada del metro de San Nicolás. Ya sabía dónde iba a jugar el Indautxu B su próximo partido, el correspondiente a la jornada de ese sábado 26 de enero.

-No hace falta que cojamos el metro. El partido es en Artxanda, en el campo del Moraza. Podemos ir andando hasta la Plaza del Funi y coger el funicular, -les informó nada más juntarse. Luego dirigiéndose a Nordin preguntó. -¿Has recibido alguna noticia de ese cabrón?

-No, ayer no recibí nada. Tampoco le vi.

         Casi no volvieron a cruzarse palabra hasta que llegaron a la estación del funicular. Por delante caminaba Robert, con paso decidido, con su vieja bolsa de deportes azul y roja en su mano derecha,  donde llevaba algunos complementos con los que disfrazarse.

         El funicular, puntualmente, los trasladó hasta el vecino monte de Artxanda. A escasos tres minutos estaba el campo municipal donde iba a disputarse el encuentro entre el Moraza, equipo local, y el Indautxu B. El partido daría comienzo a las once. Poco antes de llegar a las puertas del modesto estadio Robert repartió el contenido de su bolsa y se separaron. Robert se transformó en un llamativo aficionado con una bufanda azul y blanca, una visera con los mismos colores, los del club local, un chándal azul marino, una peluca morena de pelo lacio y largo y unas gafas de cristal sin aumento alguno, grandes, con una montura del mismo color que su atuendo. Parecía otra persona. Su transformación se había llevado a cabo en el espacio que separaba una furgoneta blanca y un pequeño camión, ambos estacionados en las cercanías. Se acercó a la puerta de esa guisa, pagó la entrada y se colocó en un lateral, lejos de la grada. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

24 - ¡Gracias para venir!

24.    

         Esa noche Pedro había dormido placenteramente tras haber pasado varios minutos pensando en Irene. Intentó ordenar los pros y los contras. E intentó convencerse de que sería una idea estupenda dejarse llevar, sin miedos ni precauciones, por lo que aconteciera, como hacían  Robert y Nordin. Sin forzar, pero sin poner límites a nada. Aunque no quería atarse afectivamente a nadie, era imposible controlar lo que iba surgiendo. Y tampoco pudo a esas horas controlar su sueño. Y se durmió.

         Y llegó el jueves. Y ese jueves frío de invierno, al despertarse, Pedro, obsesivamente volvió a pensar en lo mismo. Irene, Irene e Irene. ¿Hasta dónde quería llegar? ¿Hasta dónde iban a llegar aunque no lo quisiera?

         Abandonó la cama intentando abandonar esas reflexiones obsesivas para ordenar las tareas que debía acometer esa mañana. Arantza era su tarea. Así que desayunó, hizo sus tradicionales necesidades en el lavabo, se duchó y después de vestirse con ropa de abrigo, salió a la calle poniendo rumbo al rascacielos bilbaíno, rey indiscutible del skyline de la ciudad. Llegó pasadas las nueve. A esas horas un número notable de personas entraba y salía del singular edificio. Pedro se situó junto a la puerta a escasos metros de distancia. No quería que la chica pasara de largo, oculta entre la multitud. Pero no hubo suerte. Se enfadó consigo mismo por no haberse levantado algo antes. En muchas oficinas la jornada daba comienzo a las ocho. Seguramente Arantza ya estaba dentro. Tal vez, con suerte, pensó, en un par de horas abandonara su puesto de trabajo para tomar un café junto a algún compañero.

martes, 12 de agosto de 2014

23 - ¡Gracias para venir!

23.  


         Durante los primeros días de la semana siguiente la concejala acudió en otro par de ocasiones al domicilio de Iturribide, en busca de esos placeres de los que, al parecer, había estado privada durante los últimos años. Nordin y Robert tenían sobrado testimonio gráfico de la alegría con la que se movía la representante municipal. 

         El miércoles por la tarde quedaron de nuevo con el dentista para ofrecerle las fotos y cobrar por su trabajo. El candidato a concejal se mostró muy satisfecho con el botín. Pagó lo estipulado y se despidió sonriente. Ya sabría qué hacer con esas fotografías.

-¿Qué irá a hacer ese pringado con esas fotos? ¿Colgarlas en su facebook? ¿Se las mandará por correo una vez impresas? ¿Por correo electrónico?

-Que haga lo que quiera. Yo voy a beberme una cerveza para celebrar que tenemos los mil euros en nuestros bolsillos. –Robert sacó del refrigerador una cerveza de marca impronunciable que Nordin solía comprar en un supermercado alemán sito en la zona de Megapark, en Baracaldo, ya que el precio era notablemente inferior. Dio un trago largo y dejó la lata en el mostrador. –Voy a liarme un cigarrillo. Ahora vuelvo.

         El americano avanzó un par de pasos hacia la puerta y se detuvo. Se llevó la mano derecha a su lustrosa calva y poco después se giró mostrando a sus amigos su rostro, mezcla de sorpresa y susto.

lunes, 11 de agosto de 2014

22 - ¡Gracias para venir!

22.  

         
         Llegó el sábado. A las nueve de la mañana se encontraron Pedro y Robert en la puerta de la iglesia de San Nicolás, tal y como les propuso Nordin en una llamada telefónica realizada la víspera, viernes. Sabían que a las diez empezaba en un campo del municipio de Lejona el partido del Indautxu B, equipo en el que jugaba Iker, el torpe lateral derecho e hijo de un impresentable cuarentón calvo cuyo principal distracción parecía consistir en insultar a quienes arbitraban los partidos en los que participaba su vástago. También sabían que dicho terreno de juego estaba bastante alejado del centro del pueblo, de la parada del metro, y que no era fácil de acceder por medio del trasporte público. Así que Nordin les confirmó que un pariente le había dejado un coche con el que podrían llegar puntuales a cualquier rincón del mundo. 

         A las nueve y cuarto llegó el marroquí con un flamante mercedes, un modelo antiguo, con la carrocería algo dañada, pero que lucía orgulloso la célebre estrella de la escudería alemana.

-¿Qué os parece? Con esto hasta el fin del mundo.

-Esto seguramente chupará un montón, -dijo Robert mientras se sentaba en la parte trasera del automóvil, cediéndole a Pedro el asiento del copiloto. –Yo prefiero ir atrás, más protegido de las embestidas de los coches que se crucen. ¿Ya sabes conducir?

domingo, 10 de agosto de 2014

21 - ¡Gracias para venir!

21.   
       

         Nada más despertarse al día siguiente Pedro mandó un breve mensaje a Irene, contraviniendo la normas. Fue un mensaje escueto: “Yo sigo vivo”. 
Se lo mandó a las siete y media, y no obtuvo respuesta hasta las nueve. Irene estaba acostumbrada al horario de ama de casa ociosa, y dormía fácilmente, profundamente, sin pesadillas ni interrupciones, y hasta nueve o diez horas al día. Eso le había contado. El mensaje de Irene era más extenso: “Yo también, pero ya sabes que estoy muy ajetreada con el traslado y todo eso. El abogado, mis padres que no paran de agobiarme con lo del divorcio. Pero no voy a aburrirte con mis penas. Hoy tengo un hueco para comer. ¿Quieres? A la una en “La Ramona”. Hoy invito yo.” 

         Pedro le mandó un escueto “OK” y sonrió feliz durante casi una hora. Caminaba por la casa, ordenándola, quitando el polvo a las estanterías trasportado por una inmensa felicidad. Puso una lavadora, sacó la aspiradora del armario y no paró de trabajar hasta las doce, hora en la que se duchó, se afeitó y se vistió. A Irene le gustaba que Pedro fuera bien rasurado. No le gustaban los hombres con aspecto desaliñado, decía. El único que sabe llevar elegantemente una barba de dos días es Miguel Bosé, según palabras textuales de Irene. Para terminar el acicalamiento se extendió por la cara una crema aftershave que había llevado desde Madrid, en su escueto neceser de viaje. Una crema que prácticamente no utilizaba nunca, pero que había sido de Manuel. Esa mañana de miércoles Pedro olía a Manuel. Fue una sensación mezcla de tristeza y añoranza, bañada con ese extraño y leve toque de felicidad que en ocasiones le reportaba acordarse de su hijo.