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lunes, 9 de marzo de 2015

Un país duro, maleducado e idiota. Qué lástima. ( I ...)

Este es un país duro, hasta cuando habla de fútbol, o sobre todo cuando habla de fútbol, pues aunque no lo parezca el fútbol es un diapasón de nuestro grito. A favor, en contra; a favor ruidosamente, ruidosamente en contra. Siempre gritando a ver quién grita más, cómo gritamos hasta que se ensordezca el otro. Un país maleducado, como dice con frecuencia Javier Marías en sus artículos. Un país maleducado e idiota, por citar el último adjetivo usado aquí por el autor de Corazón tan blanco. Acostumbrado este país a mojar la pluma en vitriolo, a comerse la lengua, a gusto, despotricando del otro. 

Un país idiota que discute en los bares y en el Parlamento con la misma densidad intelectual, con la misma pasión bobalicona, siempre diciendo que el otro es estúpido y que él, ella o los suyos son mejores. País de caverna y fanatismo que un día se arrojó a la cara el arma peor, la que mata. En lugar de hablar, un país que gruñe y hace soflamas, subido al pedestal de su propia mezquindad. Un país cuya frontera a veces es la sinrazón porque desprecia las luces y se arrincona en la sombra. País, que dice Forges.

Un país duro, maleducado e idiota. Qué lástima. Podría ser un país más culto, más respetuoso en las relaciones mutuas, pero ha elegido la brocha gorda hasta para hablar de las cosas serias. Hagan memoria de las monstruosas discusiones maleducadas que ha habido en los años últimos, por ejemplo, en torno al aborto, a los actores, a las personalidades públicas; fíjense en el insulto como una de las malas artes que ha prosperado en los atriles tanto como en los graderíos y en las redes que nos envuelven. Un taxista me dijo esta semana que el hecho de que un candidato hable de Kant le daba buenos presagios: “A lo mejor ahora hay más sensatez, más sosiego”, me dijo. Ojalá, le respondí; él me dijo que no se fiaba del todo del advenimiento del sosiego. “Aquí por nada salta una chispa”.

Juan Cruz, ayer, en El País.