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jueves, 17 de septiembre de 2015

Divagaciones sobre el nacionalismo y el independentismo.

Vivir en Euskadi implica conocer el nacionalismo. En sus dos versiones, aunque una tenga mucha mayor presencia social, política y cultural que la otra: La que defiende la vigencia del Estado sobre la base de una única nación, la española y la que aspira a modificar el estado actual de cosas, entendiendo que el pueblo vasco tiene derecho a tener su propio Estado. 

Imagen y texto sacados
del blog de Txema Urkijo
Lejana ya la época del romanticismo que los vio crecer y los impulsó, como el exponente máximo de su manera de ver la colectividad, la exaltación de la nación como valor central de la cosmovisión política subsiste entre nosotros sin aparentes síntomas de debilidad o decadencia.
Ninguno de ellos – ni el vasco, ni el español – ha conseguido atraparme entre sus redes, pese a los influyentes contextos en los que me ha tocado vivir. La cuestión de las identidades y el sentimiento de pertenencia, sin embargo, me apasiona y he sentido siempre una irrefrenable curiosidad por conocer y, sobre todo, entender, los entresijos de una forma de pensar cuya traducción política es asumida por muchas de las personas con las que trato habitualmente.
Entiendo el nacionalismo o el patriotismo cultural, pero no la inevitabilidad de su traducción política en términos de aspiración estatal. Por eso, siempre acudo a las dos grandes preguntas: ¿Por qué la independencia? ¿Para qué la independencia?.

Por otra parte, estoy convencido que su entusiasmo con la independencia tiene que ver más con una reacción lógica y natural ante tanta torpeza política, tanta agresión injustificada, tanto nacionalismo español visceral beligerante, tanta falta de respeto, en suma, a esa hermosa tierra, sus gentes y su cultura.