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lunes, 26 de octubre de 2015

Creyentes

No es que lo considere una virtud ni algo de lo que vanagloriarse en una de esas juergas alcohólicas en las que se acaban relatando más intimidades de las debidas pero, por suerte o por desgracia, que eso nunca se sabe, no tengo demasiadas convicciones. Ni dios, ni la patria, ni el rey. Ni siquiera el fútbol. Me parece, como dice Leonard Cohen, que el amor es el único motivo para sobrevivir, pero, bueno, dejando al margen las pretensiones más íntimas, me conformo, últimamente, con ser un contribuyente más que en todo momento aún recuerda el nombre de la taberna, la tasca o el tugurio en el que se encuentra por si en alguna ocasión tiene que solicitar la presencia de un taxi que le devuelva intacto a su domicilio.
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Lo que realmente me molesta, o mejor dicho, lo que más profundamente lamento cuando me tomo la molestia de lamentarme por algo, es que en nuestro desquiciado país cada vez haya más individuos, más sectas, más asociaciones, más parlamentarios, más tertulianos y más comisarios políticos que estando tan histéricamente convencidos de si mismos y de sus convicciones, a los demás, pobres remedos de Hamlet, por no concedernos ni siquiera nos concedan el permiso de dudar; incluso hasta de nosotros mismos.