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miércoles, 23 de marzo de 2016

Instintos primarios en primarias políticas.

Los partidos políticos, como las personas, presumen de lo que menos tienen. En cuanto un líder se pone a fardar de democracia interna en su formación, comienza el pifostio. En Podemos andan todos a piñas después de que Pablo Iglesias negara la división en su chiringuito y difundiera una carta en la que hablaba de la unidad y la belleza del proyecto que él encarna. Su arrebato poético fue mano de santo: dimisiones en bloque, acusaciones cruzadas, destituciones fulminantes, una crisis sin precedentes. 

Los socialistas se frotan las manos ante esa gresca y les dan lecciones de democracia interna, lo cual es un tanto temerario con un secretario general como el que tienen, que se ha visto obligado a montar todo ese número mediático del pacto con Rivera y a pasar la bandeja limosnera a su comité federal, a su militancia, a Podemos, a los nacionalistas vascos, a los catalanes, a los portugueses, a los griegos… para apuntalar su silla. A Pedro Sánchez ya sólo le queda ir a ver al Papa a ver si puede interceder por él. 

Como a sus compañeros de partido sólo les falta volver a presumir de primarias para empezar a tortas. Y es que esa palabra debería ser tabú en una casa en la que cada vez que alguien gana unas primarias acaba cayendo por el hueco del ascensor del olvido como Tomás Gómez el pasado año o Josep Borrell en el 99. Con las primarias, en nuestro país a menudo se desatan los instintos más primarios.
(Texto de Iñaki Ezkerra esta semana en El Correo)