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martes, 29 de marzo de 2016

Políticos paranoicos, periodistas emocionados... los reclutadores del ISIS estarán maravillados por cómo hemos respondido a su atrocidad en Bruselas

Pensemos como el enemigo. Supongamos que soy un terrorista del Estado Islámico. No me encargo de las bombas y las balas, dejo el trabajo sucio para los locos de base. Mi trabajo es lo que pasa después. Es convertir la matanza en consecuencias, los cadáveres en política. Soy terrorista ejecutivo. Llevo traje, no explosivos. Un vestíbulo manchado de sangre es un medio para un fin. El fin es el poder.
Esta semana he tenido otro éxito. He convertido un miserable acto psicopatológico en una acción que evoca a la guerra, aterroriza a la población e influye en la política. He llevado a un continente al shock. Políticos famosos han dejado todo a un lado para rociarme con clichés. Personas con corona me han inundado de odio glorioso.
Mido mi éxito en páginas de periódico y horas de televisión, en subidas de presupuestos de seguridad, recortes de libertades, reformas legales y –mi objetivo final– musulmanes perseguidos y reclutados para nuestra causa. No trafico con acciones, sino con reacciones. Soy un manipulador de la política. Trabajo con las estupideces de mis supuestos enemigos.