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domingo, 31 de julio de 2016

Una boda feliz, en el Rialto de Madrid

Cuando Lope de Vega o Tirso de Molina empezaron a cultivar la comedia de enredo no eran conscientes de que, al cabo de cuatro siglos, los dramaturgos del lejano siglo XXI iban a seguir emulando una fórmula que seguiría encandilando a los públicos de todos los tiempos. 

Y es que, para conseguir el éxito de una buena comedia, aún se sigue echando mano de los preceptos de aquellos comediógrafos que supieron encontrar el punto en el que el público se entrega a la hilaridad provocada por las rocambolescas situaciones esbozadas por una trama de engaños.

En Una boda feliz comprobamos que la mentira es la gran pelota que va engullendo a la totalidad de los personajes. La mentira es, paradójicamente, el revulsivo, la que descubre, pone patas arriba y desenreda los secretos guardados “in pectore” de algunos de los protagonistas para devolverlos, desde el fondo del armario de la hipocresía, hasta la visibilidad más meridiana.

Comedia de enredo, vodevil, astracanada o comedia de situación (si acudimos a la terminología usada en las series televisivas). La etiqueta que queramos ponerle es lo de menos, el caso es que Una boda feliz consigue dignamente lo que se propone, hacer pasar un buen rato e incluso hacernos reír, que en los tiempos que corren no es ninguna tontería, y si no, pregúntenle a los que la han visto.