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miércoles, 5 de octubre de 2016

Desgraciadamente, aun no ha llegado el momento de soltar las mariposas amarillas

¿Cómo es posible que un país azotado por más de 52 años de conflicto armado no refrendara en las urnas un difícil pacto alcanzado con una de las guerrillas más poderosas que haya visto la humanidad?

Juan Manuel Santos se la jugó completamente por la paz, convirtió al proceso en su principal caballo de batalla y ha dedicado sus mayores esfuerzos a alcanzarla. Pero su gobierno es impopular y su coalición política se encuentra fragmentada. 

Así las cosas, el vicepresidente Vargas nunca se la jugó de lleno por los acuerdos. Y no lo hizo porque sabe que el triunfo del proceso es una amenaza a su candidatura. 

A esto se suma un fenómeno inesperado de implicaciones predecibles: un desastre natural azotó a esta región justo el fin de semana de la votación más importante de los últimos tiempos para el pueblo colombiano.

En resumen, una pelea interna entre dos facciones de la coalición de gobierno, que luchan por suceder a Santos en 2018, más un inesperado desastre natural, deprimieron por debajo de registros históricos la participación electoral en una región en la que el Sí debía imponerse con comodidad y que habría de catapultar la victoria de los promotores del acuerdo.

¿Y ahora qué? El camino por recorrer es incierto. Las FARC manifiestan continuar comprometidas con la paz. El gobierno se compromete a profundizar en sus esfuerzos y a invitar a los líderes del No al diálogo. 

No se ve fácil que las FARC renuncien a algunos de los beneficios que han logrado. Y no resulta claro que su poder de negociación sea tan bajo como para que acepten algunas de las condiciones que la derecha uribista exige de ellos. ¿Qué esperar entonces? No es claro. Por lo pronto, resulta necesario aplazar el mensaje a Mauricio Babilonia, porque parece que aun no ha llegado el momento de soltar las mariposas amarillas. Aun no.