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lunes, 12 de diciembre de 2016

Cabaret, en el Arriaga


Muy pocos en la sala, estoy seguro, renunciaron ayer a trazar paralelismos entre lo que estaban viendo y lo que ya habían visto. Era una circunstancia inevitable, pero precisamente por eso tiene más mérito aún el esfuerzo de Jaime Azpilicueta por levantar un musical dueño de sí mismo, y no de las sombras comparativas que se arrojen sobre él; un montaje intenso en el que se lee con pleno acierto la carne dramática que hay bajo la fastuosidad sensual del mundo del Kit Kat Klub. Porque “Cabaret” tiene esqueleto de tragedia. Y narra los últimos días de la felicidad.

La Gran Depresión ya había zanjado repentinamente el frenesí, feliz o histérico, de los años veinte. El nazismo que impregnaba todos los ambientes vendría con más iniquidad a acabar hasta con lo que suele sobrevivir a las tragedias: el ímpetu humano por vivir. 

Por eso hay tanto de reducto en el cabaret en el que comienza el amor de Bradshaw y Sally Bowles: la transgresión, la libertad y los muslos, el escondite para quienes vieron venir la marea parda, para los que no la vieron hasta que ya era demasiado tarde e incluso para los que la trajeron, brazo en alto, la violencia a punto.

Una composición notable y peculiar, pero sobre todo coherente con el propósito dramático de este “Cabaret” que no se propone como ejercicio de escapismo, que no oculta su texto en beneficio del show y que no engaña sobre el tiempo que cuenta. 

Es más, quizás sea por mi hipersensibilidad con los movimientos populistas y sus peligrosas degeneraciones antidemocráticas, pero me pareció que, si bien representaba una realidad de hace casi un siglo, el drama que narra sigue amenazando nuestra Europa actual.