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lunes, 23 de enero de 2017

Siria o el negocio de unas empresas armamentísticass que exigen cada vez más guerras, cada vez más virulentas, cada vez más duraderas.


Excelente reflexión de Rosa Regás ayer en su diario que muestra una realidad que a corto y medio plazo no permite ser muy optimista.

Comienza recordándonos que, quizá a los americanos y a los doctos europeos no les gustara Al Assad, su presidente, pero aun así desde hacía años gobernaba un país de mil religiones, ideas y tradiciones con una paz casi celestial, sin terrorismo interior ni exterior, ni excesos de delincuencia, ni cárceles llenas; se regía por una legislación, un respeto a los derechos humanos y una política social acorde con sus variadas creencias; acogía un gran número de turistas que volvían encantados de sus viajes, desarrollaba una industria tradicional cada vez más moderna, tenía una sólida red de comercio interior y exterior así como muchas y variadas actividades culturales que daban estabilidad a su economía y un bienestar a la población muy por encima del de los demás países de Oriente Medio. 

Además, mantenía además unas relaciones con su orgulloso y pro americano vecino Israel, sino cordiales al menos inteligentes y tranquilas haciéndose cargo de sus recortes territoriales y de la expulsión de cientos de miles de palestinos. ¿Qué más quería Occidente? 

Pues bien, sin pretextos para la invasión pero enloquecido por su afán guerrero, EE UU siguió las directrices de la OTAN y las ansias imperiales en la zona de Israel y Arabia Saudí, se dejó vencer por la codicia y decidió acabar con Al Assad, aliado de Rusia. 

Así fue como creó un grupo opositor con el rimbombante nombre de partidarios de la libertad al que se le dio dinero, armas y miles de mercenarios asesorados y entrenados por sus propios mandos y en las fronteras estableció campamentos de entreno y sustitución de fuerzas de combate de los ejércitos que día a día, mes a mes y año a año destruyeron Siria sin vencer jamás porque no contaron con la oposición interior que ningún medio europeo ni americano reconoce ni con la ayuda de Rusia. Y fueron directos al fracaso y al espantoso desastre que conocemos. 

Hoy gozan del privilegio de haber destruido un país que no suponía ninguna amenaza para sus vecinos ni para el mundo, solo una piedra en el zapato de Israel y Arabia Saudí; haber dejado trescientos mil muertos y haber provocado un éxodo millonario que vaga muerto de hambre y frío por la desalmada Europa. 

Difícil comprender qué le reporta esta guerra a Estados Unidos, a menos que tengamos el coraje de reconocer que a los valores de los que presume, antepone –como nosotros– el negocio de su armamento que exige cada vez más guerras, cada vez más virulentas, cada vez más duraderas.

Rosa Regás en El Correo de ayer