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lunes, 27 de febrero de 2017

Estado de Derecho y Democracia

No vivimos en democracia sin más, sino que vivimos en una clase muy particular de democracia, la democracia liberal (constitucional, si se prefiere).

Como expresó con fino pensar Ortega y Gasset, democracia y liberalismo son respuestas a preguntas muy distintas: la democracia responde a la pregunta por el titular del poder (¿quién manda?) y su respuesta suena más o menos así: manda el pueblo, es decir, la mayoría de los ciudadanos. 

El liberalismo responde a una pregunta distinta: mande quien mande, ¿qué y cómo es lícito mandar? Y su respuesta se dice así: mande un autócrata o mande el pueblo, sólo se puede mandar lo que respeta la autonomía de las personas y sólo como la ley lo permite. 

Democracia y Estado de Derecho son por ello realidades distintas, por mucho que hoy estén inextricablemente ligadas. 

La democracia no tiene por sí misma ningún valor epistémico: no lleva a la decisión más correcta, ni selecciona al mejor gobernante de entre los posibles. El ciudadano no es el decisor perfecto, ni mucho menos, más bien es un mal decisor. 

De ahí la importancia de los filtros, los controles y los contrapoderes no democráticos para que el sistema democrático no se desboque y degenere como sucedería con seguridad si se confiara sólo a sus elementos propiamente democráticos.

Por eso el populismo desconfía tanto de las mediaciones liberales y cautelosas puestas como diques entre pueblo y gobierno, y reclama que se libere al ciudadano de cualquier constricción o limitación en su ‘derecho a decidir’.

(Parte de un interesante artículo de Ruiz Soroa en El Correo de ayer)