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viernes, 17 de marzo de 2017

Ni rabos, ni orejas. Ni de perros ... ni de toros.

Día grande en el Congreso de los Diputados. Y no por el asunto de los estibadores que, sin duda, y por motivos bien diferentes puede serlo también.
Lo que realmente me interesa de lo vivido ayer en la Carrera de San Jerónimo es el fin, 30 años después de ser aprobado por Europa, de las mutilaciones legales de los animales de compañía. Aunque sea con retraso, es una gran noticia, imposible sin el advenimiento del multipartidismo y la debilidad del PP en la cámara.
Y es que en esto del maltrato a los animales, los populares se han mostrado siempre muy reacios a prohibir. Ellos, tan partidarios de poner límites a las libertades de las personas, son tremendamente libertinos en cuanto al trato de los animales (de compañía, en este caso).
El principio de un cambio radical en cómo nos relacionamos con los animales, tanto los de compañía como el resto. Por muy tradicionales que sean, hay aún un buen puñado de festejos en los que el personal se divierte hiriendo, lacerando, aterrorizando a toritos, caballos, cabras, patos y demás especies. Son las fiestas populares, dicen, pero por muy populares (y creo que en este caso no se refieren a los partidarios del PP) que sean, en 2017 deberíamos aprender a festejar, sí, pero de otra puñetera manera.
Lo mismo sucede con las corridas de toros. Otro asunto polémico. Si prohibimos cortarle los rabos a los perros, imagino que estará cerca el momento en el que se deberá terminar con las banderillas, los picadores y las espadas de la muerte, que, por cierto, tan pocos matadores saben usar con maestría y tanto dolor inútil ocasionan a los astados. 
En este caso, quizá sería una buena idea que el dinero público no pudiera subvencionar estos tristes espectáculos. Privada del apoyo de ayuntamientos y comunidades, la llamada fiesta nacional se extinguiría en casi toda España en muy poco tiempo. Ese día sería perfecto. Ya no se cortarían orejas y rabos, ni de toros ni de perros.