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jueves, 13 de abril de 2017

Había una vez una Turquía a la que mirábamos con esperanza. Era tan europea en su vocación, o incluso más, que España.

Así, mientras que Turquía se convertía en miembro fundador de la OTAN en 1949, España se tenía que conformar en 1953 con un acuerdo de seguridad bilateral con EE UU que le concedía el estatuto de guardés del flanco sur de la Alianza Atlántica. 

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan.
España se anclaba a la seguridad occidental, sí, pero la permanencia en el poder en Madrid de un general bajito y con bigote, ex-amigo de Hitler y Mussolini, hacía que los señores de la finca se avergonzaran de invitarlo a la mesa principal.

Lo mismo le ocurriría con la Comunidad Europea. Mientras que en diciembre de 1961 la Asamblea Parlamentaria de la CE (precursora del actual Parlamento Europeo) rechazaba la solicitud de España de entablar conversaciones conducentes a la firma de un acuerdo de asociación (el famoso Informe Birkelbach), poco menos de dos años después, en 1963, Ankara obtenía un acuerdo de asociación con la Comunidad Europea en el que, además, se dibujaba claramente la perspectiva de una futura adhesión. 

Turquía parece retroceder al lugar que ocupaba entonces España, convirtiéndose, por desgracia, en el socio incómodo a quien nadie quiere en la mesa pero cuyos inestimables servicios obligan a todas las cancillerías a bajar la voz, respirar hondo y mirar hacia otro lado.

Ankara tiene en su poder las dos llaves que más rápida y eficazmente pueden desnudar electoralmente a cualquier Gobierno europeo: la cooperación en la lucha contra el terrorismo y el control de los flujos migratorios. 

Pertrechado de esos dos altavoces, otro señor con bigote y modos autoritarios se permite (no sin bastante razón) llamarnos hipócritas y sacarnos los colores. No se da cuenta Erdogan de que hace tiempo que le dijimos adiós y le quitamos el volumen al televisor.