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sábado, 15 de noviembre de 2014

Un burka en el autobús, en la piscina, en el aula, ...

Interesante y discutible artículo de Ruiz Soroa hoy en El Correo. Ante quienes defienden la opinión de que "la sociedad basa su cohesión y permanencia en una moralidad común, y el mínimo de esa moralidad debe ser defendido por la autoridad incluso mediante medidas coercitivas, usando el derecho penal si es necesario" están quienes defienden que "a nadie se le puede obligar a hacer o no hacer algo si no es para evitar que cause daño a los demás; los sentimientos que tenga al respecto la sociedad, o incluso el propio bien del sujeto afectado, no son razones válidas para forzar su conducta". Según esta opinión la mayoría social no puede obligar a nadie a seguir su sentido común moral o sus costumbres, por muy democrático que ello parezca.

Todo esto viene a cuenta de la famosa prohibición del conductos vitoriano que prohibió la entrada en un autobús a una persona oculta bajo un burka. Hace años escribí una anécdota que me sucedió en una entidad bancaria. Yo estaba dentro, un motorista toco el timbre para entrar y la oficinista le obligó a quitarse el casco antes de abrirle la puerta, por razones de reglamentación interna. Cuando me tocó el turno, le pregunté si hubiese actuado igual ante una persona con burka y se quedó alucinando puesto que nunca se lo había pensado, ni estaba en los protocolos de la entidad.

Termina Ruiz Soroa diciendo que comparte los sentimientos del conductor del autobús: el burka ofende nuestra vista, cierto. Nos hace sentirnos inseguros, porque desafía nuestras costumbres más arraigadas. Sospechamos que detrás de él hay mucha imposición y violencia. Por lo tanto, conviene probablemente convencer a quienes lo usan para que lo abandonen. Sí a todo. . Totalmente de acuerdo.

Pero finaliza diciendo que la mejor manera para convencerlas es respetarles, porque ese respeto es lo que demuestra la superioridad moral de la civilización sobre la tribu. Si se lo quitamos, seremos de la tribu de los que imponen su moral a la fuerza. 

Yo, que trabajo en un instituto con adolescentes, me imagino la escena de un aula de 24 jóvenes donde la mitad vaya con burka, la otra mitad con pasamontañas por motivos culturales (recordemos que esa prenda en este país ha llegado a estar muy de moda) y yo, viejo motero, resistiéndome a quitarme el casco. Eso sí, todos alegaríamos, de una manera u otra motivos religiosos - sociales - políticos - culturales - blablabla , profundamente arraigados a nuestra moral particular. Será digno de portada de periódico y al paso que vamos, quizás más pronto que tarde. Quedan invitados al esperpento.