El verdadero paso hacia la salud es recordar que
la buena vida es un fuego compartido en el que todos nos podemos calentar.
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viernes, 31 de agosto de 2018

y 31 - ¡Gracias para venir!

31.   

         Seguía haciendo mucho frío en Bilbao. Estaba siendo el invierno más duro de los últimos años. Frío y lluvia. Nieve en el Ganeko y por la zona del Pagasarri. Nieve, mucha nieve, en el Gorbea. Pedro había subido muchas mañanas en el funicular a Artxanda para dar un paseo por las alturas y disfrutar de las vistas. El enclave en el que se asentaba Bilbao era fantástico. Montañas nevadas a un lado, el mar Cantábrico al otro. En el centro una ciudad abarcable y acogedora. 

         Esa misma noche volvían las cenas de Iturribide. Además iban a tocar por primera vez ante un público que no fueran los fugaces y sorprendidos clientes de la tienda de Nordin que, en alguna ocasión al entrar en el establecimiento a comprar algún producto, descubrían a los tres músicos ensayando al otro lado del mostrador. Juntos iban a interpretar, entre otras, una canción de Damián Rice: “Volcano”. Robert con la guitarra y la voz, Nordín con su cajón de elaboración casera y él con la mandolina. Tres acordes que dominaba a la perfección. Mi menor, do y re. Él se encargaría de tocar algunas notas sueltas, para darle color a la canción. Y luego, si esa primera canción salía bien, un viejo tema de Dylan con cuatro acordes: do, fa, sol y la menor. Varias canciones más y fin de la actuación. 

         Así que Pedro se presentó con la mandolina en Iturribide a las cinco de la tarde, tras haber echado una reconfortante siesta. Allí estaban sus dos amigos, ajetreados con la preparación de los platos. Robert estaba preparando unos trozos de sushi, enrollando el arroz, el salmón y el aguacate en las algas que había comprado en aquella tienda de San Francisco donde se encuentran los mejores productos chinos de toda la ciudad. Nordin cocinaba el tallín de pescado, con verdeles. Robert le había ordenado que quitara bien las espinas, pues no era nada agradable pelear con ellas mientras comías. Nordin le dijo que en su país no se hacía tal cosa, que cada uno debía velar por la seguridad de su garganta. Pero finalmente el criterio del americano se impuso. Los comensales que asisten a estas cenas vienen a disfrutar, no a sufrir intentando extraer pinchos de la boca. Ese era el argumento que no paró de repetir hasta que Nordin accedió a limpiar los peces.

jueves, 30 de agosto de 2018

30 - ¡Gracias para venir!

30.     

         Pedro e Irene se encontraron a la una en la Ramona. Allí tomaron un vino. Luego, molestos por la pertinaz lluvia y el excesivo frío, caminaron bajo un insuficiente paraguas que había traído Irene hasta la plaza Moraza, dónde Pedro le propuso tomar un segundo crianza. Ella mostró su asombro por los bares de la plaza. 

         A continuación conversaron sobre lo que les había sucedido durante las últimas jornadas. Como venía siendo habitual, la mayor parte del tiempo era ella quien tenía la palabra. Pedro, como siempre, disfrutaba oyéndola. Y así fueron subiendo por la calle Matiko hasta el portal en el que vivía Pedro.

-Es un humilde portal, pero ya verás qué vistas tengo.

         Una vez en el piso, Irene mostró su sorpresa por lo ordenado y limpio que estaba todo. Le gustó la luminosidad y la cantidad de plantas que daban color y dosis de vida a cada uno de los rincones de la vivienda.

         La mesa estaba preparada en la sala, con un discreto mantel de tonos verdes, con las sencillas cerámica y cubertería de ikea. 

          Durante la comida, el bacalao y el cava que Pedro había prometido,  Irene le habló de la amiga suya que se había divorciado recientemente, con la que tal vez montara la tienda de decoración en una fecha temprana. Le contó que llevaba años metida en la política como concejala del Ayuntamiento de Bilbao, y que estaba harta de todo. Le contó que quería dejar la política y dedicarse a algo diferente. El negocio proyectado no tenía más pretensión que la de mantenerlas ocupadas, divertirse y no perder dinero. Ninguna de las dos necesitaba atesorar más euros en sus cuentas corrientes. 

-¿No será tu amiga una mujer elegante, de pelo cardado, bajita y un poco entrada en carnes?

miércoles, 29 de agosto de 2018

29 - ¡Gracias para venir!

29.   

         Llovía con rabia. La lluvia atrapó a Pedro bajando por la calle Zabalbide hacia el Casco Viejo. Pensaba que las aguas, otras aguas,  estaban a punto de volver a su cauce. Pedro intentaba recuperar un ritmo de vida más sosegado, tratando de olvidar el trasiego de los últimos días. Confiaba en que esa misma mañana recibiría una llamada de Adrián confirmando su deseo de aceptar la invitación para acudir a cenar ese mismo jueves en la trastienda.  

         La mañana de ese martes había dado un incómodo paseo por las empinadas calles de Santutxu buscando un pequeño bar del que había oído decir que servía un “prosciuto” excelente a cualquier hora del día, como se sirve un rioja. Quería descubrir lugares nuevos con que sorprender a Irene. Quería llevarla a barrios que ella apenas hubiera transitado, a escenarios que Irene, a pesar de ser una bilbaína de pro, jamás había visto. No era tarea demasiado difícil, ya que la vida de Irene había transcurrido y seguía trascurriendo por las transitadas calles y plazas de Indautxu y Abando. El Bilbao más chic. Pedro quería encontrar rincones que distaran de la sofisticación de algunas cafeterías y restaurantes del centro pero que tuvieran un toque especial, bien sea por quien atendía el establecimiento, bien fuera por lo que servían. 

martes, 28 de agosto de 2018

28 - ¡Gracias para venir!

28

Desanduvieron toda la ruta hasta llegar a la calle donde se encontraba la tienda de decoración regentada por Adrián. Se asomaron con precaución comprobando que esta vez el propietario no apareciera con un cigarro a la puerta de su establecimiento. Tras un breve lapso de espera, Pedro empezó a caminar con decisión hacia su destino. Encontró a Adrián hojeando unas revistas sobre el mostrador, distraído.

-Buenos días, -dijo Pedro nada más cruzar la puerta. –No te asustes, sólo vengo a hablar contigo.

       Adrián ni pudo ni quiso disimular el disgusto que le produjo la irrupción de Pedro en su tienda. Se quedó paralizado, con las manos entre las hojas de la publicación que había estado leyendo, con la mirada fija en el intruso.

-¿Esta vez vienes solo? ¿Dónde están ese par de desequilibrados?

-Están ahí afuera, pero no tienen intención de entrar hasta que yo se lo indique, siempre que a ti te parezca bien. –Adrián escuchaba inmóvil. –Hemos venido en son de paz. No queremos hacerte daño. Queremos poner freno a esta vorágine porque no sabemos hasta dónde puede llegar. Queremos saber cuales son tus intenciones, si podemos hacer algo para reparar lo que hayamos hecho mal.

-¿Todavía no sabes lo que habéis hecho mal? ¿Te parece normal inmiscuirse en la relación sentimental de una persona, y sin atender a más razones, amenazarle y pintarle el escaparate? ¡Y por seiscientos euros! ¡Miserables!

-Tienes razón. Perdimos la cordura. Pero que nosotros la perdiéramos no implica que tú debas hacer lo mismo. 

lunes, 27 de agosto de 2018

27 - ¡Gracias para venir!

27.

         Pedro entró en el establecimiento a las ocho y media. Cuando se despertó esa mañana, terminado un sueño interrumpido a menudo por la inquietud provocada por lo que fuera a acontecer ese lunes, decidió regalarse un tranquilo desayuno completo en la cafetería de la calle Correo, antes de que llegaran sus dos amigos. Pidió un zumo de naranja grande, un croissant a la plancha y un café de desayuno. Cogió el Correo y mientras lo hojeaba dio cuenta de lo que había pedido al amanerado camarero que atendía la barra. 

-¿Ya has desayunado? –preguntó el americano nada más llegar.

-Si. Me he dado un capricho yo solo. Pero no te preocupes, puedo tomar otro café, este segundo descafeinado, contigo. 

         El americano pidió un descafeinado y un café normal y volvió con ellos a la mesa donde se encontraba Pedro. En ese momento llegó Nordin que, tras saludar, pidió un café doble al de la barra.

-¿Qué vamos a decirle a ese cabrón? –Nordin volvió a repetir la pregunta que ya había realizado en otras ocasiones sin encontrar la respuesta deseada.

-Yo le preguntaría sencillamente a ver qué es lo que quiere. Tal vez, tal y como te ha dicho Arantza, solamente quiera demostrarnos que él juega bien al juego de las amenazas. Quizás simplemente esté buscando lo que vamos a darle hoy, nuestro reconocimiento, la demostración de nuestro nerviosismo.

-¿Y para eso tiene que fotografiar a las hijas de Nordin, a mi novia? –el americano no solamente estaba nervioso: estaba enfadado. No le gustaba perder, ninguna batalla, ninguna partida.

domingo, 26 de agosto de 2018

26 - ¡Gracias para venir!

26.    

         Ese último domingo de enero amaneció seco. Nublado pero sin lluvia, lo cual era algo de agradecer. Estaba siendo un invierno muy duro, frío y lluvioso. Pedro intentó ordenar la jornada. Sería un día tranquilo. Lectura, una hora de carrera por la ribera de la ría, una cerveza, una ensalada con algunas salchichas de segundo, una siesta, más lectura y punto. Una jornada entre la actividad y el placentero aburrimiento de las tardes de domingo víspera de un lunes sin necesidad de ir a trabajar.

         Y así fue avanzando el día hasta que pasadas las siete de la tarde sonó el teléfono. Era Nordin.

-Otra vez. Acabo de abrir la tienda y he recibido otro sobre de ese cabrón. Más fotos. Es un enfermo obsesivo.

-¿Qué aparece en esas fotos? –preguntó Pedro.

-En cinco aparezco yo con mis hijas paseando esta mañana por el Arenal. En otras aparece la novieta de Robert saliendo del portal de la casa donde vive el americano.

-¿Mías? 

-Tú no apareces en ninguna. Ni tú ni nadie relacionado contigo.

-¿Sabes si Arantza le ha llamado a Robert?

-No he hablado aún con Robert. Te he llamado primero a ti. Eres más sensato.

-Gracias. 

-¡Espera! Me están llamando. Voy a ver quién es. –Interrumpió la conversación unos segundos. -Es Robert. Te cuelgo. Voy a ver qué quiere. Luego vuelvo a llamarte.

sábado, 25 de agosto de 2018

25 - ¡Gracias para venir!

25.   
         

         No se habían visto el día anterior pero por medio de un SMS Robert citó a sus dos amigos a las diez de la mañana en la parada del metro de San Nicolás. Ya sabía dónde iba a jugar el Indautxu B su próximo partido, el correspondiente a la jornada de ese sábado 26 de enero.

-No hace falta que cojamos el metro. El partido es en Artxanda, en el campo del Moraza. Podemos ir andando hasta la Plaza del Funi y coger el funicular, -les informó nada más juntarse. Luego dirigiéndose a Nordin preguntó. -¿Has recibido alguna noticia de ese cabrón?

-No, ayer no recibí nada. Tampoco le vi.

         Casi no volvieron a cruzarse palabra hasta que llegaron a la estación del funicular. Por delante caminaba Robert, con paso decidido, con su vieja bolsa de deportes azul y roja en su mano derecha,  donde llevaba algunos complementos con los que disfrazarse.

         El funicular, puntualmente, los trasladó hasta el vecino monte de Artxanda. A escasos tres minutos estaba el campo municipal donde iba a disputarse el encuentro entre el Moraza, equipo local, y el Indautxu B. El partido daría comienzo a las once. Poco antes de llegar a las puertas del modesto estadio Robert repartió el contenido de su bolsa y se separaron. Robert se transformó en un llamativo aficionado con una bufanda azul y blanca, una visera con los mismos colores, los del club local, un chándal azul marino, una peluca morena de pelo lacio y largo y unas gafas de cristal sin aumento alguno, grandes, con una montura del mismo color que su atuendo. Parecía otra persona. Su transformación se había llevado a cabo en el espacio que separaba una furgoneta blanca y un pequeño camión, ambos estacionados en las cercanías. Se acercó a la puerta de esa guisa, pagó la entrada y se colocó en un lateral, lejos de la grada. 

viernes, 24 de agosto de 2018

24 - ¡Gracias para venir!

24.    

         Esa noche Pedro había dormido placenteramente tras haber pasado varios minutos pensando en Irene. Intentó ordenar los pros y los contras. E intentó convencerse de que sería una idea estupenda dejarse llevar, sin miedos ni precauciones, por lo que aconteciera, como hacían  Robert y Nordin. Sin forzar, pero sin poner límites a nada. Aunque no quería atarse afectivamente a nadie, era imposible controlar lo que iba surgiendo. Y tampoco pudo a esas horas controlar su sueño. Y se durmió.

         Y llegó el jueves. Y ese jueves frío de invierno, al despertarse, Pedro, obsesivamente volvió a pensar en lo mismo. Irene, Irene e Irene. ¿Hasta dónde quería llegar? ¿Hasta dónde iban a llegar aunque no lo quisiera?

         Abandonó la cama intentando abandonar esas reflexiones obsesivas para ordenar las tareas que debía acometer esa mañana. Arantza era su tarea. Así que desayunó, hizo sus tradicionales necesidades en el lavabo, se duchó y después de vestirse con ropa de abrigo, salió a la calle poniendo rumbo al rascacielos bilbaíno, rey indiscutible del skyline de la ciudad. Llegó pasadas las nueve. A esas horas un número notable de personas entraba y salía del singular edificio. Pedro se situó junto a la puerta a escasos metros de distancia. No quería que la chica pasara de largo, oculta entre la multitud. Pero no hubo suerte. Se enfadó consigo mismo por no haberse levantado algo antes. En muchas oficinas la jornada daba comienzo a las ocho. Seguramente Arantza ya estaba dentro. Tal vez, con suerte, pensó, en un par de horas abandonara su puesto de trabajo para tomar un café junto a algún compañero.

jueves, 23 de agosto de 2018

23 - ¡Gracias para venir!

23.  


         Durante los primeros días de la semana siguiente la concejala acudió en otro par de ocasiones al domicilio de Iturribide, en busca de esos placeres de los que, al parecer, había estado privada durante los últimos años. Nordin y Robert tenían sobrado testimonio gráfico de la alegría con la que se movía la representante municipal. 

         El miércoles por la tarde quedaron de nuevo con el dentista para ofrecerle las fotos y cobrar por su trabajo. El candidato a concejal se mostró muy satisfecho con el botín. Pagó lo estipulado y se despidió sonriente. Ya sabría qué hacer con esas fotografías.

-¿Qué irá a hacer ese pringado con esas fotos? ¿Colgarlas en su facebook? ¿Se las mandará por correo una vez impresas? ¿Por correo electrónico?

-Que haga lo que quiera. Yo voy a beberme una cerveza para celebrar que tenemos los mil euros en nuestros bolsillos. –Robert sacó del refrigerador una cerveza de marca impronunciable que Nordin solía comprar en un supermercado alemán sito en la zona de Megapark, en Baracaldo, ya que el precio era notablemente inferior. Dio un trago largo y dejó la lata en el mostrador. –Voy a liarme un cigarrillo. Ahora vuelvo.

         El americano avanzó un par de pasos hacia la puerta y se detuvo. Se llevó la mano derecha a su lustrosa calva y poco después se giró mostrando a sus amigos su rostro, mezcla de sorpresa y susto.

miércoles, 22 de agosto de 2018

22 - ¡Gracias para venir!

22.  

         
         Llegó el sábado. A las nueve de la mañana se encontraron Pedro y Robert en la puerta de la iglesia de San Nicolás, tal y como les propuso Nordin en una llamada telefónica realizada la víspera, viernes. Sabían que a las diez empezaba en un campo del municipio de Lejona el partido del Indautxu B, equipo en el que jugaba Iker, el torpe lateral derecho e hijo de un impresentable cuarentón calvo cuyo principal distracción parecía consistir en insultar a quienes arbitraban los partidos en los que participaba su vástago. También sabían que dicho terreno de juego estaba bastante alejado del centro del pueblo, de la parada del metro, y que no era fácil de acceder por medio del trasporte público. Así que Nordin les confirmó que un pariente le había dejado un coche con el que podrían llegar puntuales a cualquier rincón del mundo. 

         A las nueve y cuarto llegó el marroquí con un flamante mercedes, un modelo antiguo, con la carrocería algo dañada, pero que lucía orgulloso la célebre estrella de la escudería alemana.

-¿Qué os parece? Con esto hasta el fin del mundo.

-Esto seguramente chupará un montón, -dijo Robert mientras se sentaba en la parte trasera del automóvil, cediéndole a Pedro el asiento del copiloto. –Yo prefiero ir atrás, más protegido de las embestidas de los coches que se crucen. ¿Ya sabes conducir?

martes, 21 de agosto de 2018

21 - ¡Gracias para venir!

21.   
       

         Nada más despertarse al día siguiente Pedro mandó un breve mensaje a Irene, contraviniendo la normas. Fue un mensaje escueto: “Yo sigo vivo”. 
Se lo mandó a las siete y media, y no obtuvo respuesta hasta las nueve. Irene estaba acostumbrada al horario de ama de casa ociosa, y dormía fácilmente, profundamente, sin pesadillas ni interrupciones, y hasta nueve o diez horas al día. Eso le había contado. El mensaje de Irene era más extenso: “Yo también, pero ya sabes que estoy muy ajetreada con el traslado y todo eso. El abogado, mis padres que no paran de agobiarme con lo del divorcio. Pero no voy a aburrirte con mis penas. Hoy tengo un hueco para comer. ¿Quieres? A la una en “La Ramona”. Hoy invito yo.” 

         Pedro le mandó un escueto “OK” y sonrió feliz durante casi una hora. Caminaba por la casa, ordenándola, quitando el polvo a las estanterías trasportado por una inmensa felicidad. Puso una lavadora, sacó la aspiradora del armario y no paró de trabajar hasta las doce, hora en la que se duchó, se afeitó y se vistió. A Irene le gustaba que Pedro fuera bien rasurado. No le gustaban los hombres con aspecto desaliñado, decía. El único que sabe llevar elegantemente una barba de dos días es Miguel Bosé, según palabras textuales de Irene. Para terminar el acicalamiento se extendió por la cara una crema aftershave que había llevado desde Madrid, en su escueto neceser de viaje. Una crema que prácticamente no utilizaba nunca, pero que había sido de Manuel. Esa mañana de miércoles Pedro olía a Manuel. Fue una sensación mezcla de tristeza y añoranza, bañada con ese extraño y leve toque de felicidad que en ocasiones le reportaba acordarse de su hijo. 

lunes, 20 de agosto de 2018

20 - ¡Gracias para venir!

20.   

         Al día siguiente, martes, se dividieron el trabajo. Pedro se encargaría de seguir a la concejala de seguridad, esperándola a la salida de su lugar de trabajo, alguno de los edificios municipales repartidos por la ciudad. Y Robert, ataviado con unas gafas oscuras, un bigote espeso y una peluca morena, esperó al dentista a la salida de su consulta, situada en el barrio de Deusto.

         Pedro empezó antes su labor. Se había preparado un bocadillo de jamón con aceite y tomate en previsión de una larga jornada. Primero acudió al nuevo edificio acristalado municipal situado a espaldas del Ayuntamiento. Allí preguntó por la concejalía de seguridad y le informaron de su nueva ubicación en Mirivilla. La funcionaria le preguntó a ver para qué quería estar con la concejala, a lo que Pedro contestó que en realidad lo que le interesaba era saber dónde estaba la policía municipal, pero que no sabía por qué había preguntado por la concejalía. Explicó que tenía una infracción de tráfico que quería aclarar. Dicho eso dio media vuelta y encaminó sus pasos hacia la parte alta de la ciudad. 

         Llegó a media mañana y esperó pacientemente con un libro entre las manos y con muchas ganas de comerse el bocadillo que tenía envuelto en papel albal. Aguantó. Y estando sentado en uno de los bancos próximos al moderno edificio que también parecía estar envuelto en papel de plata, vio como una mujer de cabello cardado y teñido, bajita, regordeta y ataviada con una moderna chamarra de cuero de tonos verdes, se montó en un coche que conducía un elegante chófer vestido con un traje gris y corbata azul. En ese momento Pedro se maldijo por su falta de previsión. No podría perseguir a un coche.  La caza había llegado a su fin. Desconsolado y enfadado al mismo tiempo, decidió desenvolver su bocadillo y saciar su hambre. 

domingo, 19 de agosto de 2018

19 - ¡Gracias para venir!

19.   

         Terminada la breve tregua, el agua y el frío volvieron a adueñarse del duro invierno que había llegado antes de tiempo y se aferraba con uñas y dientes a cada una de las calles de la ciudad. La factura del gas iba a ser notable. Todo había subido: agua, gas, gasolina, electricidad. Pedro pensaba en la maldita factura bimensual. Incluso en los meses de otoño, muy benévolos con la población, la cantidad a pagar no había descendido de los ciento veinte euros. Y eso que vivía él solo. Y eso que nunca se quitaba el jersey en casa. Ni los calcetines. Pedro era capaz de pagar a gusto treinta euros por una ronda en un bar. Sin ir más lejos el día anterior se había dejado cincuenta euros tomando un par de aperitivos y algunos pinchos con sus amigos y sus vecinos. Sin embargo pagar por la luz y el gas tanto dinero le parecía excesivo. Era una contradicción que él reconocía en cuanto se ponía a pensar en ello, pero al oír los inmensos beneficios que se embolsaban las empresas de energía perdía la razón y la capacidad de raciocinio.

         Eran las ocho de la tarde del lunes cuando Pedro, una vez más, dedicó sus pensamientos a la factura de Iberdrola. Había encendido la calefacción a las tres, antes de acostarse en el sofá a echar una siesta tras una frugal comida a base de ensalada, vainas y media piña. Durante ese tiempo, cinco horas, la casa se había templado. Se notaba que vivía en un último piso, sin protección en la parte superior. Durante el verano el calor penetraba por el tejado, al igual que lo hacía el frío en los meses invernales. 

         Pedro apagó la calefacción, se puso su North Face azul claro y bajó a pie las escaleras que le conducían hasta el portal, y de ahí a la calle. El barrio estaba animado. Las tabernas vecinas estaban llenas de vecinos que dejaban correr el tiempo en compañía de amigos y conocidos que se resistían a subir a sus respectivas casas, quizás aburridos de la rutina que se les había impuesto hace años. La vida de Pedro, de momento, no había sido tomada por la rutina. De eso estaba seguro y orgulloso el madrileño.

sábado, 18 de agosto de 2018

18 - ¡Gracias para venir!

18.    

         Esa mañana de domingo el tiempo parecía haber dado una tregua a los habitantes del norte peninsular. El día amaneció con un cielo con leves tintes azules que hacían presagiar un descanso un poco más largo para los sufridos paraguas. En el telediario, cada vez más frecuentemente, empezaban a aparecer noticias inquietantes sobre el estado de algunos embalses de las cuencas del sur, donde la lluvia estaba siendo aún más intensa que en el Norte.

         Pedro, fiel a sus costumbres, se levantó pasadas las ocho. Preparó su cafetera y esperó sentado sobre el taburete de madera que había comprado, como casi todo, en Ikea. Este era un mueble recio, de madera de pino y multiusos. Lo mismo le servía para sentarse a esperar a que el café se dignara a subir como para subirse él con el fin de alcanzar las baldas más altas de los armarios de la cocina en busca de alguna lata, algún paquete de arroz o un puchero remoto.

         Luego, tras haber apurado la primera taza del día, volvió a la cama con un libro de Mankell: “El hombre que sonreía”. Le costaba enfocar. Necesitaba gafas, pero se resistía a ponérselas. Cuando le sucedía lo que aconteció ese domingo, Pedro se preguntaba a qué esperaba para comprarse unas gafas. No era un gesto de coquetería. Siempre concluía que lo que más pereza le daba era tener que comenzar una larga peregrinación que iba desde la consulta del médico de cabecera a la consulta óptica, pasando por un oculista. No le daba reparo llevar las gafas. No intentaba disimular ni su edad ni su deterioro. Pero las consultas médicas le aburrían mucho. De todas formas, y este mensaje se lo decía últimamente todos los días, era algo que tenía que plantearse seriamente ya que cada vez le costaba más enfocar a las mañanas, después del desayuno, y a las noches, antes de dormir. 

viernes, 17 de agosto de 2018

17 - ¡Gracias para venir!

17.   

         Habían quedado a las diez en las escalinatas del ayuntamiento. El partido empezaba a las once en Basurto, en el campo donde juega el Indautxu, e iban a desplazarse en el tranvía. En diez minutos estarían allí.

         Los primeros en llegar fueron Pedro y su vecino. Luego llegó Robert y el último fue Nordin. Todo según lo previsto. El árbitro y su padre irían directamente al campo. Consideraron que no era conveniente que les vieran juntos.
     
         La conversación durante el viaje trató de fútbol y del tiempo. Hacía frío pero no llovía, lo cual hubiera hecho aún más detestable el oficio de intentar poner orden entre veintidós chavales que corren sin mucho criterio tras un balón. 

          Al llegar a Basurto se encontramos con el padre y el chaval, a quienes saludaron fugazmente. Un rápido hasta luego “tío”, un “suerte chaval” y un par de guiños. El muchacho no parecía estar para grandes observaciones, pero seguramente pensó que el grupo de amigos de su tío era, al menos, curioso. En cuanto el chaval se marchó a los vestuarios para cambiarse, Robert aconsejó al vecino del quinto que tomara posición en la grada, lejos de ellos. Le dijo que no sería bueno para la operación que iban a llevar a cabo que se viera mezclado con ellos. Como si no les conociera. No debían relacionar al árbitro y a su padre y cualquier otro conocido del árbitro con ese trío de aficionados. 

          El partido estaba a punto de empezar cuando se escucharon los primeros insultos. El árbitro estaba en el centro del campo, hablando con los dos capitanes, con su vestimenta negra y el silbato en la mano, cuando desde la grada contraria a la que se encontraba el trío de justicieros se oyó claramente: “empieza ya, árbitro hijo de puta”. Desde su ubicación, a pie de campo, no pudieron detectar el origen exacto del grito. Vino de la zona alta, donde se encontraba un grupo bastante grande de padres y madres, en torno a los cincuenta. 

jueves, 16 de agosto de 2018

16 - ¡Gracias para venir!

16.   

           Hacía mucho tiempo que no veía a Pedro. Siempre que nos despedíamos nos prometíamos encuentros más frecuentes, pero por la razón que fuera siempre transcurría al menos un mes entre cada una de nuestras citas. Nos encontramos en el Villaro, el bar de mi barrio que sirve esos vinos especiales, a esa temperatura perfecta, en esbeltas copas. Es uno de mis habituales. Los dígitos de mi teléfono móvil indicaban que aún faltaban tres minutos para que fuera la una del mediodía cuando Pedro entró en el establecimiento.

-Es imposible llegar antes que tú a cualquier cita, -dijo según estrechaba mi mano derecha a modo de afectuoso saludo.

-Siempre llego unos minutitos antes. Nunca me ha gustado esperar y por eso procuro que nadie tenga que esperarme.

miércoles, 15 de agosto de 2018

15 - ¡Gracias para venir!

15.      
       

         Los días siguientes transcurrieron monótonos. El día de año nuevo Pedro quiso pasarlo con Domiciana, pero esta no pudo quedarse ya que, según dijo, tenía un compromiso con unos amigos. Así que, a eso de las doce del mediodía, Pedro se vio solo en casa.

         Salió a pasear y no se encontró con ningún conocido. Comió las sobras de la cena y pasó la tarde viendo en la televisión la reedición de la Gala de Nochevieja. Disfrutó de las actuaciones de algunos de los cantantes más rancios del panorama musical español y bebió, poco a poco, sorbo a sorbo, una botella de cava que le ayudó a dormir temprano.

         Esa semana Pedro se propuso hacer deporte regularmente para combatir los excesos de la Navidad. Habló con Robert por teléfono en dos ocasiones y confirmaron que tenían que verse el sábado doce, para realizar el trabajillo que habían concertado con el concuñado del vecino del quinto, el padre del joven árbitro. El americano le contó que estaba encontrándose regularmente con la vasca de culo poderoso y poco pecho a quién le estaba dando unas interesantes clases de inglés. Según le contó del inglés habían pasado a otras maneras más primitivas de comunicación. Pedro sintió a través del teléfono la satisfacción de su amigo. Le preguntó por Nordin, a lo que Robert respondió que no sabía nada del marroquí desde que se fuera a casa de los padres de su mujer, la madre de sus hijas, a un pueblito de la provincia de Burgos. Quizás se ha quedado allí atrapado en la nieve, bromeó haciendo alusión a las poderosas nevadas que habían caído esas Navidades en el corazón de la meseta.

martes, 14 de agosto de 2018

14 - ¡Gracias para venir!

14.    

          Lunes, treinta y uno de diciembre. Habían quedado a las ocho en la calle Ledesma. Pedro había planeado tomar unos vinos por la céntrica y concurrida calle, después subir al piso a cenar unos suculentos aperitivos consistentes en un excelente jamón ibérico que semanas antes había comprado en la charcutería de Claudio, un par de nécoras para cada uno, que las compró cocidas en una pescadería del barrio, un excelente paté francés, unos espárragos deliciosos y una ensaladilla elaborada a base de chatca, huevo cocido, alguna gambas y una suculenta mayonesa. De plato principal bacalao al pil-pil. De postre tiramisú. Todo ello regado con un excelente Viña Albina y un cava desconocido que había adquirido en la maravillosa bodega de Castaños, aconsejado por el propietario.

          Domiciana llegó espectacular. A pesar del frío llevaba un vestido negro de falda corta, una chaqueta roja de cuero y su melena rubia, teñida y ondulada, corriendo por su espalda. Pedro la vio subir por la escalinata del metro de la calle Berastegi sonriente, enseñando su hermosa dentadura y agitando su mano derecha.

-He venido preparada para la ocasión. Confío en que la cena esté a la altura de una chica como ésta, -dijo la brasileña mientras con su mano derecha recorría insinuante su escultural cuerpo. No era ni muy alta ni demasiado exuberante. Pero era armoniosa, compacta y, sobretodo, muy simpática. Y la simpatía es capaz de exaltar cualquier otro atributo.

-¿Tomamos primero algún vinito entre esta multitud, o prefieres empezar a cenar cuanto antes?

lunes, 13 de agosto de 2018

13 - ¡Gracias para venir!

13.   

       La mañana siguiente, la del día de Nochebuena, Pedro la pasó en casa, tratando de combatir la pereza que le generaba la resaca producida por los excesos del domingo. Decidió no salir. Tomó un Ibuprufeno, medicina para todo, bebió mucha agua y comió un par de naranjas. Luego se tumbó en el sofá, disfrutando de la luz que entraba por la terraza y de las canciones de Quique González. En el Spoty five seleccionó el disco ”Salitre 48” y con el volumen muy bajo comenzó a escuchar uno a uno todos los temas.  

         Llegadas las dos de la tarde decidió comer una sencilla ensalada de tomate, regada con un buen aceite de oliva que había comprado hacía poco en una tienda que había descubierto cerca de la plaza Campuzano, y un poco de piña. Nada más. Se quería reservar para la noche. Después de la frugal comida se quedó dormido frente al televisor, mientras transmitían las noticias del día.

         A eso de las seis de la tarde sonó el teléfono. Era Robert, que le pidió que llevara la mandolina a la cena. Estaba invitado a pasar la Nochebuena en la casa de un amigo de Robert, y por lo que le contó el americano, una vez degustadas las viandas cantarían hasta que el cuerpo aguantase. 

         Obediente, apareció con el instrumento a las nueve de la noche en el domicilio del amigo, siguiendo las instrucciones que había recibido para llegar al lugar adecuado. Lo pasó bien. Se juntaron doce comensales. Gentes sin familias. Personas desordenadas. Acompañó a Robert en algunas canciones, siguiendo sus indicaciones, rasgando tímidamente las cuerdas de la mandolina. A las cuatro de la mañana se despidió, y caminó junto a su instrumento hasta su hogar. Se acostó y durmió profundamente.

domingo, 12 de agosto de 2018

12 - ¡Gracias para venir!

12.    

         Pedro pasó buena parte de la mañana del domingo, víspera de Noche Buena, en la cama, con un libro de Väzquez Montalbán entre las manos: “El Quinteto de Buenos Aires”. Había leído esa novela anteriormente, pero no se acordaba prácticamente de nada. Cuando la vio en la sección de libros de bolsillo del FNAC la seleccionó atraído por el escenario en el que transcurre la aventura de Carvalho: la capital argentina. La conocía. Había cruzado el Atlántico con su hijo hacía ya más de diez años con la intención de pasar una semana larga en la ciudad porteña. Y la ciudad porteña no le defraudó. Sus calles, sus barrios, su fútbol, sus cafés, el club de jazz Milton, la Quilmes, el bife de chorizo, el Clarín, los tangos cantados de Boca y los tangos bailados de San Telmo. Y la compañía de su hijo, por aquel entonces un adolescente simpático y hablador. 

         Se levantó de la cama pasadas las doce. Puso un disco de un pianista argentino, músico de jazz que precisamente conoció en el Milton de Buenos Aires: Adrián Iaies. Era un disco que Pedro escuchaba a menudo y en el que el pianista versiona junto a un contrabajsta y a un baterista una docena larga de conocidos tangos, y tanguea “Round Midnight”, la conocida balada de Thelonious Monk.   Tenía que preparar la comida pues esperaba la visita de Robert y de Nordin, a los que sorprendentemente no había visto desde el pasado miércoles. Les iba a sorprender con unas excelentes alubias rojas con cava, combinación que Pedro había conocido recientemente y que le había parecido sobresaliente. Las alubias de bote, Litoral, pero de eso no iba a dar noticia. Tres latas, de sobra para los tres. Y había comprado cuatro botellas de un cava que había encontrado a muy buen precio en la vinotera de Castaños. De postre había comprado un queso curado de Idiazabal y una tarta muy fina de pastel ruso que también había descubierto recientemente en la citada tienda de licores del barrio.