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Así están las cosas desde que Mohamed V, abuelo del actual monarca, logró independizarse de los franceses en 1956 y empezó a tratar a su propio país como una colonia o rancho del linaje real. Mohamed V pasó a denominarse rey en vez de sultán, como signo externo de modernización.
Pero el gobierno de Marruecos sigue ajustándose al milímetro a lo que Juan Linz y Alfred Stepan denominaron «gobierno sultánico»:
– Un gobernante arbitrario que carece de restricciones legales o incluso racionales.
– Se mantiene cierto pluralismo en la política y la economía, pero no hay Estado de Derecho y todo depende de la voluntad caprichosa del gobernante.
– Estado patrimonial, casi propiedad personal del gobernante, con límites borrosos entre lo público y lo privado.
– No hay verdadera ideología sino sucedáneos: culto al líder, exaltación de símbolos patriótico/políticos, irredentismo territorial, religión instrumentalizada… aunque nadie se los crea de verdad.
– A diferencia de los sistemas totalitarios, no hay partido único ni movilización de las masas, más allá de acontecimientos ceremoniales a través de redes clientelares.
– La administración, la policía y las fuerzas armadas son instrumentos personales del líder.
Linz y Stepan redactaron sus tesis pensando en las dictaduras iberoamericanas, pero Marruecos se ajusta casi al milímetro a sus postulados.
Los marroquíes se sienten como en una cárcel, obligados a fingir que acatan los consensos obligatorios sobre la monarquía o el Sáhara bajo pena de severos castigos. Por eso ansían escapar y el sultán les ayuda, porque la emigración es la válvula de seguridad del régimen, siguiendo la pérfida formula de privatizar los beneficios y socializar/externalizar los costes, en este caso hacia los países receptores de emigrantes. Cuantos más marroquíes emigren, menos quedarán para organizar protestas.

