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martes, 18 de agosto de 2026

Las últimas elecciones de Trump,
diga lo que diga y haga lo que haga.


Nicolás Aznárez
elpais.com/opinión/Ian Bremmer 
Hay pocas ideas que formen parte más fundamental de la marca política de Donald Trump que sus afirmaciones constantes de que la izquierda estadounidense le roba las elecciones.
Si no los paramos, advierte a sus seguidores, ya no tendremos país.
Ahora Trump se enfrenta a su última votación popular. Su nombre no figurará en las papeletas en noviembre, pero los resultados de las elecciones al Congreso de mitad de mandato suelen considerarse un referéndum sobre el presidente y su gestión. Sobre todo cuando, como en este caso, su partido tiene la mayoría en ambas cámaras legislativas.
Estas próximas elecciones llegan en un momento de profunda impopularidad de Trump. 
Sin embargo, a juzgar por sus acciones, no parece que esta vez le importe mucho a Trump el resultado de las elecciones. 
No deja de perjudicar a los líderes republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado cuando los obliga a adoptar posturas profundamente impopulares y dedica casi toda su atención a cuestiones en las que tienen un interés personal —un nuevo salón de baile para la Casa Blanca, nuevos monumentos en Washington y la venganza política contra sus enemigos—, mientras ignora casi por completo la inflación que su guerra contra Irán y sus políticas arancelarias están creando para los votantes de todo el país.
Existen pocas dudas de que los demócratas van a conseguir el control de la Cámara Baja, lo que dará a la oposición el poder de controlar el gasto público e iniciar investigaciones oficiales sobre el presidente y su Gobierno. Incluso podrían iniciar un tercer proceso de destitución. 
Cuando se terminen de contar los votos en noviembre, el presidente se negará a aceptar el resultado. Enviará a la policía de inmigración a vigilar los colegios electorales. Impugnará los resultados reñidos, pondrá en tela de juicio la integridad de las máquinas de votación y de los funcionarios electorales, especialmente en los Estados de mayoría demócrata, y alegará que siniestros agentes extranjeros han ayudado a la oposición a ganar. También proclamará que los republicanos habrían obtenido una gran victoria si se hubieran limitado a hacer todo lo que él exigió.
Pero se contarán los votos y los ganadores legítimos ocuparán sus escaños. Trump no puede cambiar eso, porque el Gobierno federal de Estados Unidos no tiene ningún papel constitucional en la gestión de las elecciones estadounidenses.
Las elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre, por muy llamativas que sean las turbulencias en torno a ellas, constituirán un punto de inflexión en la historia reciente de Estados Unidos. La capacidad de Donald Trump para redefinir lo que es posible dentro de Estados Unidos y las relaciones del país con amigos y enemigos ha tocado techo.