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| Lona promocional de Likud, el partido de Benjamín Netanyahu, este sábado 24 de octubre en Tel Aviv. |
Netanyahu es el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo desde la fundación en 1948 y el único acusado en el Tribunal Penal Internacional por crímenes contra la humanidad por la masacre de Gaza, donde han muerto más de 70.000 personas bajo las bombas israelíes.
Encausado en su país por soborno, fraude y abuso de confianza, está en el origen de un intento de demolición de las instituciones democráticas y el poder judicial.
Bajo su liderazgo, Israel sufrió la mayor brecha de seguridad en su historia y la mayor matanza de judíos desde la Segunda Guerra Mundial: el ataque de Hamás que se saldó con más de 1.200 muertos y 251 secuestrados. Pese a la acumulación de errores y fracasos, las encuestas apuntan a un empate en el reparto de escaños entre la coalición que sostiene a Netanyahu y los partidos judíos de oposición que creen imprescindible echarle para salvar a la misma democracia.
Si abandona el cargo, nadie espera un viraje en las relaciones de Israel con sus vecinos, pero sí que al menos pueda restaurarse la decencia y el respeto de la ley, como ha escrito en estas páginas el exministro de Asuntos Exteriores Shlomo Ben Ami. No es poco.













