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La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia.
Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, nunca un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos aún con tanta rapidez).
La Administración de Trump trata a su propio país no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.
Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política. Por supuesto, hay otros modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un politburó. Pero la adopción de un sistema semejante acabaría con la república estadounidense.
Una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población (y a sus políticos) para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles de las bibliotecas de las escuelas.
Pero la Administración de Trump ha lanzado una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales como el cambio climático antropogénico.
Finalmente, muchos Estados pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la deuda nacional de Estados Unidos es mayor que su PIB. La comparación es útil: un déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la II Guerra Mundial. Pero el Gobierno de Trump incurre en déficit por una razón totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y empresas adineradas. La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.