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Quería convertir el Real Madrid en más que club, una marca global, un activo de poder blando capaz de competir con las grandes corporaciones del entretenimiento mundial. Y lo cierto es que lo consiguió. Consiguió, de hecho, la marca y los títulos.
Florentino concentra apoyos desde sectores muy distintos del madridismo porque encarna el poder en su estado más puro, con toda la capacidad de influencia y protección que implica, y porque existe una parte del entorno que ha terminado confundiendo la defensa del presidente con la defensa del propio club, como si uno hubiese engullido al otro.
Ese es el problema estructural de cualquier liderazgo excesivamente personalista: cuando desaparece la crítica interna y toda discrepancia se interpreta como una deslealtad, la relación entre el líder y su entorno acaba convirtiéndose en una simple simbiosis autorreferencial. Y la adulación acaba convirtiéndose en la peor de las drogas porque el adulado deja de percibir el mundo tal y como es, y empieza a percibirlo tal y como le dicen que es, una visión que básicamente coincide con la suya propia.
Es lo que ocurre con los líderes que llevan tanto tiempo en el poder - “Me tendrán que echar a tiros”, dijo-: llegado a un punto son incapaces de distinguir entre poder e impunidad.




