Estamos entrando en una era en la que formas de poder
potencialmente destructivas y sin límites
son lo suficientemente fuertes como para neutralizar,
eludir o eliminar cualquier proceso democrático
que pretenda ponerles límites.

La fuerza de este nuevo tecnofascismo global se expresa bien en la dramatización mundial de la lucha de un Estado nacional relativamente poderoso contra un simple individuo extranjero por el simple hecho de ser tecnofascista global.
Cuando, el 31 de agosto de este año, la red X fue suspendida en Brasil por decisión del Tribunal Supremo porque su propietario se negaba a eliminar cuentas en la red que llegaban a millones de personas y cuyo contenido difundía noticias falsas, violaba gravemente los valores democráticos más básicos e incitaba al odio, la violencia e incluso el asesinato, fue noticia en todo el mundo.
¿Era imaginable hace diez años que un individuo solitario, y además extranjero, pudiera enfrentarse a un Estado soberano?
Obviamente no. Hoy, desgraciadamente, sí.
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