El verdadero paso hacia la salud es recordar que
la buena vida es un fuego compartido en el que todos nos podemos calentar.

miércoles, 26 de agosto de 2026

El sultán de Marruecos, entre dictador religioso
y dueño y señor del país.

elcorreo.com/opinion/tribunas/
juanjo-sanchez-arreseigor
Los marroquíes no pueden comer un bocado, llamar por teléfono, viajar o realizar una gestión bancaria sin dejar parte de su dinero en los bolsillos del rey por sus amplios negocios.

Así están las cosas desde que Mohamed V, abuelo del actual monarca, logró independizarse de los franceses en 1956 y empezó a tratar a su propio país como una colonia o rancho del linaje real. Mohamed V pasó a denominarse rey en vez de sultán, como signo externo de modernización.

Pero el gobierno de Marruecos sigue ajustándose al milímetro a lo que Juan Linz y Alfred Stepan denominaron «gobierno sultánico»:
– Un gobernante arbitrario que carece de restricciones legales o incluso racionales.
– Se mantiene cierto pluralismo en la política y la economía, pero no hay Estado de Derecho y todo depende de la voluntad caprichosa del gobernante.
– Estado patrimonial, casi propiedad personal del gobernante, con límites borrosos entre lo público y lo privado.
– No hay verdadera ideología sino sucedáneos: culto al líder, exaltación de símbolos patriótico/políticos, irredentismo territorial, religión instrumentalizada… aunque nadie se los crea de verdad.
– A diferencia de los sistemas totalitarios, no hay partido único ni movilización de las masas, más allá de acontecimientos ceremoniales a través de redes clientelares.
– La administración, la policía y las fuerzas armadas son instrumentos personales del líder.
Linz y Stepan redactaron sus tesis pensando en las dictaduras iberoamericanas, pero Marruecos se ajusta casi al milímetro a sus postulados.

Los marroquíes se sienten como en una cárcel, obligados a fingir que acatan los consensos obligatorios sobre la monarquía o el Sáhara bajo pena de severos castigos. Por eso ansían escapar y el sultán les ayuda, porque la emigración es la válvula de seguridad del régimen, siguiendo la pérfida formula de privatizar los beneficios y socializar/externalizar los costes, en este caso hacia los países receptores de emigrantes. Cuantos más marroquíes emigren, menos quedarán para organizar protestas.

Gracias a la emigración, Mohamed VI puede comportarse como un terrateniente absentista, pasándose más de la mitad del año en viajes de placer por el extranjero. No necesita emprender reformas –que mermarían su poder y sus gigantescos beneficios–, porque puede exportar el desempleo y el descontento. ¡Pagan los vecinos! ¿Pero queremos pagar nosotros este gobierno sultánico? ¿Quieren pagarlo los marroquíes de a pie? ¿Y qué estamos dispuestos a hacer para rechazar la factura?