Dejamos por un rato el tema de la selección, aunque sea, en mi opinión un poco tristemente, uno de los pocos temas o motivos que unan a los españoles, y hablemos de temas más serios, aunque hoy cueste hacerlo.
Esta semana pasada hemos visto acreditada la compatibilidad de la ley de amnistía con el Derecho europeo, que el Tribunal de Justicia de la UE avala el cierre definitivo de una pugna política que derivó en embrollo judicial y que, a estas alturas, sólo cabe mirar al pasado para extraer del mismo las enseñanzas precisas que impidan repetirlo.
Pero no parece que se haya aprendido mucho. Repasemos:
->El nacionalismo catalán se ha debilitado notablemente y ha perdido credibilidad, está profundamente dividido y la pujanza de su tentáculo más xenófobo imposibilita que sume mayorías operativas.
En esas circunstancias, el liderazgo de Puigdemont no es sino una rémora y demuestra que aquella apuesta épica sólo en apariencia, les condujo, en el mejor de los casos, al maletero de un coche.
->El PP juega en otra liga. Aviva los conflictos territoriales, histeriza su lenguaje, extrema la judicialización de la política, maldice a quienes tratan de reconducir sus efectos y, finalmente, reparte lecciones de coherencia mientras pide pasar página por pura conveniencia partidista.
Los golpistas de hoy son los socios de mañana, y suma y sigue.
->Por otra parte, una gran parte de los socialistas parece que piensan que la mera gestión administrativa lo resolverá todo, y que el 45% de secesionistas que certifican las últimas encuestas se evaporará por arte de magia.
En fin. Ya se conoce la alternativa a no hacer nada. Pero que la situación se calme en Cataluña, aunque sin duda supone un gran avance, no soluciona el problema de fondo. El de una nación que busca, como mínimo, un encaje singular en la estructura territorial del Estado.
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