Han pasado 90 años del 18 de julio de 1936. Nada que celebrar.
Mucho que recordar, reflexionar, lamentar y pensar.
Y mucho que hacer para impedir que se repita.

viernes, 31 de julio de 2026

La disputa por el legado del lehendakari Agirre
y los distintos posicionamientos del PNV.

Sobre las discusiones que se han mantenido dentro de los partidos nacionalistas en relación a la figura
del primer Lehendakari del Gobierno Vasco, el comentario que más me ha gustado ha sido el de Roberto Uriarte Torrealday, profesor de la UPV en El Correo.
El legado de Agirre no fue solo el de apoyarse en otras fuerzas, ideológicamente diversas, para conformar una mayoría de gobierno. Fue también y especialmente, el de haber superado sus dudas iniciales y el de no haber traicionado ni a sus socios republicanos de Gobierno, ni al régimen constitucional bajo el que se habían creado las instituciones que él lideraba.

Coincido con Pradales en que la memoria histórica exige profundizar en la «totalidad del legado» de Agirre, pero discrepo de él en que sea exclusivamente EH Bildu quien soslaya la totalidad del legado. El propio PNV ha contribuido y contribuye activamente a día de hoy a que las nuevas generaciones de este país sean educadas en relatos históricos parciales de aquella guerra y en la ocultación de una parte importante del legado de José Antonio Agirre, un lehendakari al que, al contrario que a sus correligionarios de ANV y del resto de las fuerzas del Gobierno vasco que presidía, le costó posicionarse nítidamente en el lado correcto de la historia: el de la resistencia al fascismo.


El golpe de Estado de los generales Mola y Franco contra la Constitución de 1931 daba comienzo a una guerra ante la cual había que posicionarse. Los carlistas optaron inmediatamente por apoyar a los sublevados, pero la decisión fue enormemente compleja para el PNV. Había disparidad de posiciones: algunos líderes, como Jesús María de Leizaola –en la misma línea que el sacerdote y antropólogo Barandiarán– tuvieron clara desde el principio su lealtad a la legalidad constitucional. Otros, como Manuel de Irujo, influenciado por un entorno social muy conservador, hicieron ciertos acercamientos al bando sublevado. La mayoría, sin embargo, era partidaria de la neutralidad. Entre ellos, Agirre.

Pero el avance de la guerra hacía cada vez más difícil permanecer neutral. El PNV mantuvo contactos con fuerzas católicas y monárquicas y también con poderes económicos, buscando cierta mediación. Pidió incluso consejo al Vaticano, con el conocido episodio de la delegación del PNV que no fue recibida por el Papa, pero sí por el cardenal Pacelli, entonces secretario de Estado del Vaticano y que años más tarde acabaría convirtiéndose en Papa con el nombre de Pío XII, quien, de forma diplomática, les recordó la realidad que se estaba imponiendo en la guerra y la inconveniencia de ir contra la realidad.

Así que Agirre tenía que decidir sin sostén externo y acabó decidiendo –y convenciendo a su partido– de apoyar la legalidad constitucional frente a la sublevación, en lo cual habría influido seguramente un cálculo de oportunidad: él mismo lideraba un Estado autónomo cuya continuidad no estaba garantizada en caso de imponerse el bando sublevado.