Una democracia funciona bien cuando cualquiera puede ganar las elecciones y quienes pierden aceptan la legitimidad de los ganadores; deben darse las condiciones para que a nadie se le impida ganar y que quien ha perdido pueda aceptar el resultado electoral.
En ocasiones no se dan estas condiciones, pero incluso cuando las elecciones se han desarrollado con normalidad democrática sigue habiendo actores que no aceptan su derrota, no reconocen la victoria del adversario y declaran ilegítimo al Gobierno que surge del resultado electoral.
Se produce una peculiar degradación de la vida política cuando no contamos con eso que Christopher Anderson denominó el consentimiento de los perdedores.
Una de las propiedades más importantes de la democracia es que, más allá de la mera existencia de la oposición, se asegure la lealtad de quienes deseaban otro gobierno, de las minorías que han quedado fuera de la mayoría gubernamental, de manera que sus decisiones —por muy contrarias e incluso equivocadas que les parezcan— sean consideradas vinculantes y legítimas también por parte de quienes no están a favor del gobierno.
En ocasiones no se dan estas condiciones, pero incluso cuando las elecciones se han desarrollado con normalidad democrática sigue habiendo actores que no aceptan su derrota, no reconocen la victoria del adversario y declaran ilegítimo al Gobierno que surge del resultado electoral.
Se produce una peculiar degradación de la vida política cuando no contamos con eso que Christopher Anderson denominó el consentimiento de los perdedores.
Una de las propiedades más importantes de la democracia es que, más allá de la mera existencia de la oposición, se asegure la lealtad de quienes deseaban otro gobierno, de las minorías que han quedado fuera de la mayoría gubernamental, de manera que sus decisiones —por muy contrarias e incluso equivocadas que les parezcan— sean consideradas vinculantes y legítimas también por parte de quienes no están a favor del gobierno.
Comienza así un interesante artículo de Innerarity en EL PAIS en relación al consentimiento de los perdedores en la democracia.
En España el consentimiento de los perdedores tiene un carácter asimétrico. Todos perdemos mal, por supuesto, pero solo la derecha, cuando pierde, en vez de ejercer su derecho y obligación de criticar al nuevo Gobierno lo declara ilegítimo desde el principio. Esto explica que el tensionamiento de la vida política sea como una corriente alterna, más intenso cuando la derecha está en la oposición, como si gobernar fuera su estado natural y ser desalojada del poder, una anomalía.
En España el consentimiento de los perdedores tiene un carácter asimétrico. Todos perdemos mal, por supuesto, pero solo la derecha, cuando pierde, en vez de ejercer su derecho y obligación de criticar al nuevo Gobierno lo declara ilegítimo desde el principio. Esto explica que el tensionamiento de la vida política sea como una corriente alterna, más intenso cuando la derecha está en la oposición, como si gobernar fuera su estado natural y ser desalojada del poder, una anomalía.
