Un Estado sobre el que, tantas décadas después, siempre penderá la sospecha de haber pretendido olvidar a ciudadanos desaparecidos, de no haber hecho todo lo que estaba en sus manos. De no haber asumido la responsabilidad que le correspondía, y le corresponde, a la hora de esclarecer unos crímenes que siguen impunes.
Pero, en esta misma dirección, también es necesario señalar a otros cómplices directos de este dolor. Me refiero a quienes vivieron de cerca aquellas desapariciones y, décadas después, siguen aplicando su propia ley de secretos oficiales no escrita. Aquellos que, conocedores de lo que pudo ocurrir en cada uno de los casos, siguen callados, mirando hacia otro lado. Ellos también son responsables directos de ese dolor que tan hondamente ha marcado a las familias.
Pido al Estado que cumpla con su responsabilidad, que no ceje en el obligado empeño de trabajar por el esclarecimiento de esos crímenes. Pero también pido a quienes saben y llevan años sin atreverse a hablar, que den un paso adelante. Que rompan el miedo y colaboren. Solo así podremos cicatrizar, muchas décadas después, la incurable herida de su ausencia.
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