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lunes, 11 de agosto de 2014

22 - ¡Gracias para venir!

22.  

         
         Llegó el sábado. A las nueve de la mañana se encontraron Pedro y Robert en la puerta de la iglesia de San Nicolás, tal y como les propuso Nordin en una llamada telefónica realizada la víspera, viernes. Sabían que a las diez empezaba en un campo del municipio de Lejona el partido del Indautxu B, equipo en el que jugaba Iker, el torpe lateral derecho e hijo de un impresentable cuarentón calvo cuyo principal distracción parecía consistir en insultar a quienes arbitraban los partidos en los que participaba su vástago. También sabían que dicho terreno de juego estaba bastante alejado del centro del pueblo, de la parada del metro, y que no era fácil de acceder por medio del trasporte público. Así que Nordin les confirmó que un pariente le había dejado un coche con el que podrían llegar puntuales a cualquier rincón del mundo. 

         A las nueve y cuarto llegó el marroquí con un flamante mercedes, un modelo antiguo, con la carrocería algo dañada, pero que lucía orgulloso la célebre estrella de la escudería alemana.

-¿Qué os parece? Con esto hasta el fin del mundo.

-Esto seguramente chupará un montón, -dijo Robert mientras se sentaba en la parte trasera del automóvil, cediéndole a Pedro el asiento del copiloto. –Yo prefiero ir atrás, más protegido de las embestidas de los coches que se crucen. ¿Ya sabes conducir?


-A lo moro, ya sabes, como se hace en Marruecos. Tú ya has estado allí. Lo más importante es saber tocar la bocina, si es que funciona. Si no hay que sacar la cabeza por la ventanilla, si es que funciona y puede bajarse,  y pedir a todo transeúnte  que transite por los alrededores que se aparte. Si hay bocina, estupendo. Si además funciona el freno, la perfección.

-¿Sabes llegar hasta el campo? –preguntó Pedro que se había abrochado el cinturón tras abrir un poco la ventanilla con la intención de que el aire que corriera le librara del mareo.

-Perfectamente. 

         Durante el viaje, que duró algo más de veinte minutos en los que Nordin hizo una brillante exhibición de su habilidad al volante,  revisaron los pasos a dar. Una vez más se colocarían algunos apósitos decorativos antes de descender el vehículo: gafas, barbas, pelucas, bigotes, bufandas, etc… Robert, como siempre, los había traído en una vieja bolsa de deportes.  Estacionaron el viejo mercedes a diez minutos del campo, en la explanada que se extendía frente a un caserío que hacía las veces de cervecera los fines de semana, se disfrazaron ahí mismo y luego se separaron.  Cada uno ocupó una plaza distinta en la grada. Poco después llegó el calvo acompañado de un par de hombres de aspecto similar.

         Dos minutos antes de que empezara el partido saltó al terreno de juego el árbitro, un chaval en torno a los dieciocho. Llegaron los primeros gritos: “¡Árbitro, a ver si estamos a lo que hay que estar!”. Consignas parecidas fueron proferidas a continuación y sin interrupción. Luego llegaron los futbolistas. Dio comienzo el partido y con él la profusión ininterrumpida de insultos improcedentes. Como casi todos los partidos protagonizados por alevines desorganizados, ese también fue un envite aburrido. Pocos balones llegaban al área y menos aún a las manos de los porteros. El calvo seguía gritando. 

         Llegó el descanso y poco después el comienzo de la segunda parte. Algunos cambios en el equipo, pero ni rastro de Iker. A falta de doce minutos y con el marcador todavía sin estrenarse, saltó el hijo del calvo al terreno de juego. Ocupó disciplinadamente su puesto de lateral derecho y escuchó los gritos de ánimo de su padre, que cambió los insultos por las palabras de aliento. Iker saltaba, de abajo arriba, sin moverse prácticamente de su sitio. Unos pasitos a la derecha, si el balón lejos de su demarcación iba hacia ese lado, y otros a la izquierda si la bola, hacía otro tanto. Entonces Robert, con su peluca morena, sus gafas oscuras y un pañuelo negro anudado a su garganta, se levantó, alzó los dos brazos y gritó con una voz poderosa que fue imposible no escuchar:

-Pero, ¿para qué ha salido ese chaval, el 8?

         Y volvió a sentarse gesticulando como si estuviera muy disgustado ante la situación. Desde otro rincón Nordin, que llevaba un gorro de lana, unas gafas de cristal corriente y un elegante bigote, alzó la voz:

-¡Entrenador, sienta al 8!

-¡El 8 ese, que se vaya a su casa, que juegue a otra cosa, que esto es fútbol! -volvió a gritar Robert mientras gesticulaba visiblemente con ambos brazos.

-Así es imposible ganar. Jugamos con uno menos. ¡Quita al 8!

-¡Chaval, deja de saltar y muévete! Te digo a ti, al 8.

         Y así continuaron durante varios minutos.            

        Pedro no se atrevía a proferir grito alguno. Observaba al calvo, al padre del 8, que miraba a quienes gritaban a su hijo intentando identificarles. Estos seguían profiriendo gritos que Iker no pudo evitar escuchar. Sólo llevaba cinco minutos sobre el terreno de juego, no había tocado aún el balón, pero el equipo contrario ya había metido dos goles. Iker empezó a llorar. Robert decidió que era un buen momento para alejarse del lugar. Lo mismo hizo Nordin. Pedro vio a sus dos amigos marcharse de los alrededores del campo y decidió telefonearles.

-Robert. Soy Pedro. Os he visto marchar. Yo me quedaré por aquí para ver que hace el calvo tonto. Luego os llamo y pasáis a buscarme.

-O.K. Nosotros nos vamos. Volvemos en cuanto nos lo pidas.

         Nada más desconectar su móvil el madrileño pudo ver al pobre Iker dirigirse a los vestuarios llorando, sin hacer caso a las palabras de su entrenador. Su padre corrió a su encuentro. Pedro se acercó a la puerta de vestuarios. Pocos minutos después, antes de que acabara el partido, vio como el calvo y su hijo caminaban hacia un BMW grande, se montaron y levantando una notable polvareda pusieron rumbo a la autovía. 

        El partido parecía haber acabado. Pedro sintió lástima por el chaval, más aún tras escuchar algunos de los comentarios que decían quienes poco a poco abandonaban el campo dirigiéndose al aparcamiento contiguo. Iker no merecía tal castigo. Los hijos no deben pagar los errores de los padres, pensó. Los padres, en cambio, no pueden dejar de hacer suyos los errores de sus vástagos. Ley de vida.

         Pedro encontró a sus amigos bebiendo cerveza frente al caserío donde habían estacionado el vehículo. No paraban de reírse y de gesticular. Pedro se sumó a las carcajadas tras pedir una caña en la barra, pero poco después no pudo evitar transmitirles sus remordimientos por lo que habían hecho sufrir al muchacho.

-No te preocupes. Cuando acabe todo esto le regalaremos un tablero de ajedrez, animándole a que busque un deporte más acorde con sus habilidades, -comentó Robert.

          Rieron el chiste, y nada más acabar sus consumiciones montaron en el viejo mercedes y se alejaron de la cervecera.

-Tenemos que pensar qué hacer con Adrián. Presumo que pronto le volveremos a ver rondando Iturribide. Ese tipo no me gusta. Tiene pinta de vengador siciliano. 

-¿Qué podemos hacer? –preguntó Nordin a Pedro. –Esperemos a ver qué sucede. Tal vez no quiera hacer nada de nada. Solo quería saber dónde estábamos.

-No lo creo. Quiere hacer algo, y quiere que sepamos que ha sido él quién lo ha hecho. Es un chulo, un prepotente, pero creo que puede ser peligroso.

-No tenemos que tener miedo. Seamos prudentes, pero no puede hacernos nada. ¿Pintar la tienda? ¿Qué va a escribir? ¿Qué ahí hay tres delincuentes que amenazan a la gente? Es muy largo. Muchas palabras para explicar nada. Podría hacer pintadas racistas, antimoras. Eso podía ser más eficaz. Hay mucho racista escondido tras su aspecto de vasco tolerante. Que lo haga, a ver qué pasa. 

-Muy tranquilos os veo.

-Yo creo que es al revés. Tú te pones demasiado nervioso. Veamos que ficha menea el guaperas. Estaremos expectantes, pero insisto, poco puede hacernos. Lo de Nordin es un negocio ruinoso. Tal vez le vendría bien cerrarlo y punto.

-¿Qué tiene tú en contra de mi pequeño negocio? Hace unos años ganaba bien de plata vendiendo chuches y alcohol para botellones. Volverán los buenos tiempos. Tendríamos que pensar en alguna manera de amenazar a todos mis compatriotas, a los latinos y a los chinos que se han puesto en la misma calle a vender lo mismo. La competencia es excesiva. Yo fui el primero. Los demás son meros copiones.

-Copiones que te han comido la tostada.

-De momento. Yo ahora estoy diversificando mis inversiones. Un poco de restauración clandestina y extorsión justiciera.

-Eso sí.  

-Yo lo que quiero decir es que tenemos que andarnos con cuidado. En menos de un mes nos hemos metido en asuntos distintos, y no sé si todos van a terminar bien. Debiéramos ir poco a poco. –Pedro llamó a la prudencia.

-Claro, eso lo dices porque tú no necesitas dinero. Nosotros lo necesitamos. Y gracias a estos asuntillos las finanzas marchan. Con la crisis también han bajado las clases de inglés. Menos gente está dispuesta a pagar veinte euros la hora por conversar con un nativo. Ponen la BBC en casa y hacen oído. Y yo no voy a trabajar por menos de ese precio. Así que de algún sitio tengo que sacar los euros. 

-Tú tienes una fortuna en tus cuentas americanas, -apuntó Nordin.

-No es tanto, y además lo que tengo es mi seguro de vejez. Yo no voy a cobrar pensión. Cuando no pueda ganar más, tendré que empezar a sacar los dólares que atesoro en esas cuentas. No es mucho. Estate seguro. Yo no viviré un retiro como el del amigo, -dijo señalando a Pedro.

-Siempre me he comportado como un ciudadano ejemplar. He pagado  mis impuestos y ahora me beneficio de ello, -bromeó el madrileño.

         Llegaron al Arenal, donde decidieron separarse. Robert iba a comer con su novia de nariz prominente, delgadita, de pocas tetas y trasero llamativo, según contaba. Nordin lo haría con sus hijas y quizás su mujer, continuamente enfadada con el marroquí a causa de su irreparable irresponsabilidad paterna. Pedro comería en su solitario piso. Pero era sábado y quería celebrarlo. Así que una vez que se hubo despedido de sus colegas, entró en la tienda “Lau-lau” y compró dos tajadas de bacalao al pil-pil de aspecto inmejorable. En casa tenía varias botellas de cava. La comida perfecta. La que ofrecería a Irene el día en que ésta se animara a acudir a su piso.