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sábado, 6 de junio de 2015

El ejercito

Hay gente que opina que un país fuerte, que aspire a ser influyente, es aquel que ama su unidad, sus tradiciones, su himno, su bandera. Y a sus Fuerzas Armadas.
No siempre la utilización del himno, de la bandera, de la unidad, han sido ejemplares en España. Tampoco lo fue, cuánto siento decirlo, la actuación de las Fuerzas Armadas surgidas de la guerra civil, y esa falta de ejemplaridad duró demasiado tiempo.
Creo que los años transcurridos desde la muerte del dictador han hecho evolucionar profundamente la esencia de quienes componen eso que se llama, algo tópicamente, familia militar.
Ojalá que todos los estamentos de la vida política o civil española, e incluyo a la ‘clase’ mediática, hubiesen sabido evolucionar como lo han hecho los militares. Nada que ver con lo que yo conocí cuando, allá por mediados de la década de los ochenta, realicé mi servicio militar, en el cuartel de Bilbao: entonces era fácil salir avergonzado ante la falta de cultura y de ideales de aquellos que me impusieron como oficialidad entonces.
Hoy en día, creo que los militares y los ejércitos son desgraciadamente un mal necesario, de la misma manera que en el mundo de los ordenadores los antivirus son fundamentales para sobrevivir. Lo malo suele ser cuando te das cuenta que la misma empresa informática de antivirus tiene su propia sección de creación de virus para que la empresa siempre sea considerada necesaria en el exterior.
Un ejercito necesita tener su enemigo externo. Y mejor que así sea, no vaya a ser que no lo encuentre y sea obligado a buscarlo dentro de casa. Y si no lo tiene, lo crea para poder tener excusas y motivos para existir y crecer como organización. 
Y si no lo cree usted así, fíjense en los enemigos que teníamos, o así nos lo hacían creer, hace treinta años, los que teníamos hace diez y los que tenemos ahora. Algunos de estos últimos subvencionados al menos en sus inicios desde "el lado de los buenos".