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lunes, 12 de junio de 2017

La estrecha victoria conservadora obligará a May a abandonar la estrategia de negociar un Brexit duro.

Jeremy Corbyn no ganó las elecciones del 8 de junio, Theresa May le aventajó en 47 escaños. Pero el líder laborista tampoco las perdió, porque ganó 31 diputados respecto a las elecciones de 2015, mientras que May perdió 12, junto con la mayoría absoluta.

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En la calle se ve la euforia de los progresistas británicos tras el resultado electoral, sobre todo porque están convencidos de que la estrecha victoria conservadora obligará a May a abandonar la estrategia de negociar un Brexit duro.

Corbyn se habría beneficiado del rechazo de parte de la población al Brexit o, cuanto menos, a la línea dura del mismo. Lo paradójico de ese argumento, tras haber leído completo el programa del partido laborista, es que Corbyn no dijo no al Brexit, ni propuso convocar un nuevo referéndum. Tampoco en Escocia. Sólo propuso una versión más blanda del Brexit.

Pueden pensar algunos que la propuesta del actual laborismo británico de apostar por las fronteras del estado nación para garantizar un auténtico control democrático de la política, especialmente de la política económica, sea la solución por la que debe decantarse la socialdemocracia para no volver a caer en las ambigüedades en las que ha estado incurriendo en estos últimos años y así diferenciarse claramente de los planteamientos económicos neoliberales.

Personalmente, no creo que esa sea la solución. Por el contrario, me gustaría que fuera posible encontrar una manera de construir instituciones que garanticen una democracia global y bienestar para todas las personas y no sólo para los ciudadanos y ciudadanas de los países ricos que puedan permitirse una política nacionalista y una apertura de fronteras a la carta.