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martes, 29 de julio de 2014

09 - ¡Gracias para venir!

9.   
       
         Pedro se disponía a salir de casa para dar un paseo por la concurrida y animada GranVïa cuando sonó su teléfono.

-¿Qué haces? –era la voz de Robert.

-Ahora mismo estoy atándome los zapatos, bueno las zapatillas estas de monte que calzo siempre. Salgo a dar un paseo. ¿Qué pasa?

-Estamos aquí Nordin y yo, en la tienda, y hemos decidido ir a Algorta a presionar un poco al pájaro.

-¿Presionar? ¿Cómo? Pero si todavía no le hemos dado tiempo para demostrar que no va a molestar más a Arantza. Le dejé la nota antes de ayer. 

-Es necesario que vea que no es farol. Que vamos en serio. Esta mañana me ha telefoneado Arantza diciendo que el muy pájaro le ha vuelto a amenazar, la ha relacionado con nuestra carta y le ha dicho que no le iba a resultar tan fácil librarse de él. Así que hay que hacer algo. Esta noche vamos a pintarle el escaparate.

-¿Pintarle el escaparate? ¿Con qué?

-Con pintura negra. He conseguido un spray a buen precio.

-Ya, ya. Pero, ¿qué le vais a poner?

-¿Tú no vienes?

-No sé. Bueno cambio la pregunta. ¿Qué le vamos a poner?

lunes, 28 de julio de 2014

08 - ¡Gracias para venir!

8.   

         La luz entraba tímidamente por la ventana de la habitación de Pedro. Le gustaba despertarse con las primeras luces del día y remolonear en el lecho hasta que las ganas de orinar se hacían insoportables. Tras una rápida visita al lavabo volvía a sumergirse bajo el calor protector del edredón. Allí se quedaba adormilado hasta que le apetecía más un trago de café que seguir disfrutando del placer de observar el avance del día a través de su ventana desde el confortable  refugio de su cama.

         Ese martes de diciembre llovía, y eso multiplicaba el placer de Pedro. Oyendo el golpeteo agresivo de la lluvia sobre el tejado pasaría horas, si no fuera porque al cabo de unos largos minutos le invadía la sensación de estar perdiendo su tiempo, sensación que simultaneamente le molestaba y le agradaba, a partes iguales. En la vida todo es contradictorio, pensaba, nuestros comportamientos, nuestras sensaciones, nuestros deseos. Aceptar esa contradicción inevitable es un paso hacia la escurridiza felicidad a la que cualquier persona puede aspirar.

         Esas reflexiones, que se repetían cotidianamente en su cabeza mientras disfrutaba de su soledad en su acogedor piso de Uribarri, me las confesó pocas horas después cuando nos encontramos en la Plaza del funi. Él se dirigía a la fantástica tienda de vinos de la calle Castaños, y yo emprendía mi caminata mañanera de tres kilómetros junto al curso de la ría.

-Hombre, ¡cuánto tiempo!-exclamó al verme manifestando abiertamente su alegría.

-Eso mismo digo yo. Parece que te has cansado de este señor mayor.

-Perdona, pero creo que fuiste tú quien quedaste en telefonear una vez hubieras acabado tu novela.

domingo, 27 de julio de 2014

07 - ¡Gracias para venir!

7.   


        El despertador sonó a las siete de la mañana. A Pedro le dio mucha pereza levantarse, pero era necesario meter bajo la puerta de la tienda el sobre con la carta para Adrián antes de que éste llegara. Renunció a la ducha y se vistió rápidamente. Desayunó y salió a la calle. Cogió el metro pasadas las siete y media, en la estación del Casco Viejo. A las ocho estaba en Algorta. Caminó hasta la tienda, comprobó que nadie le veía e introdujo la misiva bajo la puerta. Luego se alejó sigilosamente, cojeando, para dejar una pista falsa a quien le hubiera visto. Además llevaba una bufanda a rayas negras y grises que le servía de embozo y un gorro de lana azul marino que le cubría toda la cabeza. Sólo se le veían los ojos. 
      
         A unos cien metros de la tienda de Adrián encontró una cafetería donde pidió un croissant con un descafeinado. Allí pasó más de media hora frente al Correo. Problemas con el Athletic, problemas con la cuota de riesgo, con la bolsa y con casi todo. Malos tiempos para la esperanza. 

         Luego caminó hasta el puerto viejo, siguió andando por el paseo costero hasta el puerto nuevo. Allí dio media vuelta y cogió el pequeño ascensor  que conduce de nuevo hasta la zona peatonal de Algorta. Anduvo hasta la tienda. Eran más de las diez y Adrián había llegado ya a su puesto de trabajo. Disimuladamente se cercioró de que la carta no estuviera en el lugar donde él la había dejado. Misión cumplida.

         Telefoneó a sus socios para comunicárselo y cogió el metro hasta Deusto. Allí se detuvo porque quería pasar por la charcutería que recientemente había descubierto y donde podía comprar buen jamón a muy buen precio. Compró diez paquetes. Llegó a su casa con la compra  y salió de nuevo con la intención de disfrutar de la mañana del lunes.  

sábado, 26 de julio de 2014

06 - ¡Gracias para venir!

6. 


         Hacía mucho frío esa mañana de domingo. Pedro se despertó pasadas las nueve. Lo primero que hizo fue visitar el servicio donde descargó las primeras gotas del día. Había pasado una buena noche. Solamente se había levantado una vez a orinar, y eso para él era todo un record. 

          Luego se asomó a la ventana de la cocina para observar la lluvia caer cansinamente sobre los tejados del barrio. Preparó la cafetera y esperó sentado sobre la robusta escalera de madera que compró meses atrás en IKEA. Fueron casi cinco minutos de espera durante los cuales Pedro planeó su mañana: lectura y música. Hoy escucharía a Monk. Lo llevaba deseando desde que esa semana oyera el célebre “Blue Monk” en la radio, en una emisora que casualmente hizo su aparición en el dial. 

          Cuando subió el café Pedro separó la cafetera del fuego. Cogió del escurreplatos la taza que utilizaba todos los días y que conservaba los restos de los últimos cafés, sacó la caja de leche de la nevera y las galletas “maría” de su correspondiente armario. Todo en perfecto orden. Movimientos aprendidos y horarios similares. El orden le daba seguridad. Le hacía parecer que mantenía el control, y eso Pedro lo necesitaba. Ni mejor ni peor. Él era así. Siempre lo había sido, aunque la edad había acrecentado sus hábitos, como le sucede a cualquier persona. Además vivir solo le permitía encontrar todo en el lugar exacto, en la posición conveniente. 

viernes, 25 de julio de 2014

05 - ¡Gracias para venir!

5. 


        Pedro encontró a sus dos amigos en el lugar habitual, haciendo lo que habitualmente hacían cuando se juntaban un sábado a la tarde en la tienda de la calle Iturribide: beber un par de cervezas. Esta vez les encontró con una guitarra que Robert rasgaba mientras entonaba una de sus canciones habituales, cogida prestada del amplísimo repertorio que constituía la banda sonora de su vida. Nordin le acompañaba golpeando rítmicamente un cajón casero que había fabricado con unas cuantas maderas, dos cuerdas viejas de guitarra y unos cuantos tirafondos. Estaban sentados tras el mostrador de la tienda y aún no habían dado las ocho de la tarde. Hasta ahí, todo resultaba habitual. De momento ninguna sorpresa.

-¡Cómo vivís! Y eso suena bastante bien. Ahora que no hay cenas podéis ganaros unas pelas tocando juntos.

-Tenemos algo para ti, -dijo el americano con su acento gringo. –Mira. 

         Sobre una caja de llena de latas de un refresco de cola que Nordin solía comprar en el Lidl a un precio muy económico,  había un pequeño estuche que parecía guardar algo parecido a un violín en su interior. Robert se acercó, abrió la funda y sacó una mandolina.

-¿Qué te parece? La compré hace años en Estados Unidos, junto con una pistola. Me hicieron un precio especial por las dos cosas. Ayer me acordé de que la tenía guardada en uno de los cajones de mi cuarto y como hace poco me dijiste que te gustaría aprender a tocar la guitarra, te la he traído. No es una guitarra, pero es gratis y suena bien.

-¡Pero no tengo ni idea de tocar la mandolina! –Había llegado la sorpresa. La mandolina no formaba parte del paisaje habitual de una tarde de sábado

jueves, 24 de julio de 2014

04 - ¡Gracias para venir!

4.  


         El café con leche estaba muy caliente. Era imposible dar un trago. Así que Pedro, mientras esperaba a sus dos amigos, decidió comenzar a comer el croissant. Demasiado azúcar, pero estaba rico. Se acodó de los suculentos croissants que comió en Burdeos, en un viaje que hizo a la vecina ciudad francesa hace varios años, junto a Julia. Eran otros tiempos, imposibles de olvidar. Recuerdos que de vez en cuando le asaltaban sin que él lo deseara. Le hubiera gustado ser capaz de dominar su mente hasta el punto de que solamente acudieran a su memoria los recuerdos que él seleccionara y en el momento en el que él lo quisiera. Pero eso era una tarea imposible. 

         En ese momento llegó Robert, ataviado con una boina, un fular de tonos verdes, un gabán con altos cuellos y unas gafas oscuras. 

-¿Tú vas a ir así, sin disfraz alguno? –preguntó mientras tomaba asiento.

-Me pondré la capucha esta, -dijo señalando al gorro que tenía en la sudadera, -y llevaré un periódico para taparme la cara. ¿Te parece?

-Eres un hombre a quien le gusta el riesgo. –dijo soltando una carcajada. –Creo que me gusta demasiado entrar en acción. Me siento pletórico, exultante, ¿se dice así? Subrayé esa palabra hace poco en uno de los libros que he leído este mes. Me pareció una buena palabra. Exultante. Hace a culto.-Hizo una pausa mientras gesticulaba y alzaba el cuello simulando ser un preboste de la cultura hispánica. –A lo que iba, me encanta tener una misión de este estilo entre manos.

-Tengo que confesarte que, aunque lo del dinero no me parece muy correcto, lo del espionaje y el chantaje me gusta.

miércoles, 23 de julio de 2014

03 - Libros: ¡Gracias para venir!

 3.   


         La noche se apoderó de la ciudad pasadas las seis de la tarde. La Navidad se asomaba por todas las esquinas, a pesar de la crisis, de los recortes, del déficit. Al parecer los mandatarios de la agujereada nave habían decidido mantener alta la moral de la tripulación y alegrar las calles con luces, con árboles navideños y con todo tipo de motivos propios de estas fechas.  Pedro caminaba tranquilamente hacia Iturribide recorriendo las transitadas callejuelas del Casco Viejo. Le gustaba observar a la gente desde su anonimato, como si él no fuera parte de ese paisaje humano. Pertenecía a la reducida elite de españoles que navegaban entre la tempestad provocada por el derrumbe de los mercados y la subida de la prima de riesgo dentro de un buen cascarón. Un buen retiro le permitía vivir el día a día sin miedo a naufragar.

         En el “Txiki market” encontró a sus dos colegas, con sendas cervezas, comentando las llamativas cualidades de una clienta que acababa de abandonar el establecimiento.

-Es una lástima que las vascas sean tan estrechas. Esa chica era una preciosidad, pero seguramente todo lo que tiene de guapa lo tiene de cohibida. ¿Está bien dicho? –Robert se animaba cada vez que salía a relucir su tema favorito: las mujeres.

-Dentro de poco te veo sentado en uno de los sillones de la Real Academia. Avanzas a ritmo de Fórmula 1.-Irrumpió Pedro en la conversación.

-El que faltaba. El que presume de puntual. Son las siete pasadas. Luego decís de los moros. Yo aquí estaba, clavado, a la hora estipulada. El africano, perfecto. El yanqui y el europeo tarde.

-¡Qué raro! ¿Robert ha llegado tarde? –Pedro tomó asiento en un taburete junto a sus amigos, al otro lado de la barra, un reducido espacio lleno de cáscaras de pipas, de botellas de cerveza vacías y otros restos.