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lunes, 13 de febrero de 2017

A Iñigo Errejon en la hora de la derrota.

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Qué difícil es hacerse escuchar entre el ruido.
La voz quebrada del anticapitalista Miguel Urbán -apelando al enemigo, a las barricadas, a la resistencia, al No Pasarán- rajó de cuajo el ambiente en la plaza de Vistalegre para marcar un tono en el que la reflexión, el sosiego y la visión de largo plazo que sólo tú planteas, quedó fuera de juego.
Te van a liquidar, Iñigo, y lo sabes. La maquinaria ya está en marcha, aunque todo se vaya a disimular con la escenografía de los abrazos y el afecto. Los besos ya no tendrán el mismo sabor el martes, después de la tormenta, como no los tienen los labios de los amantes después de la traición que se perdona en un esfuerzo baldío por el recuerdo de lo que fuimos.
Tenías enfrente a genios amamantados en la manipulación de las masas. A teóricos de la bruma que saben movilizar instintos al calor de los tambores de la vieja izquierda, esa a la que el líder no quería ver ni en pintura.
Fuiste tú y lo que representas lo que siempre temieron las fuerzas hegemónicas del centro izquierda en España. Ese espacio en el que se ubica una inmensa bolsa de votantes a los que se les dio dado un menú de plato único en la Transición bajo las siglas del PSOE.
La uniformidad la marcará Iglesias, qué duda cabe. Secundado por su guardia pretoriana, tan ciega en el camino de la reedición de los fracasos habituales de Izquierda Unida que de aquí a dos años estará festejando haber conquistado un 15% del voto, como ya era regla habitual en los tiempos del adorado Anguita.
Monedero como emblema del techo de cristal, que será de hormigón armado cuando de aquí a un tiempo, te mires al espejo y recuerdes lo que pudo haber sido. No habrá más Carmenas, ni más Ada, ni más Ribó, ni más Oltra, ni más Rita Maestre. Ese Podemos de mujer que sedujo a los más tibios y que llevó a la duda a buena parte de los votantes de esa inmensa bolsa que volverá a ser patrimonio exclusivo de quienes han estado a punto de perderla cuando te tuvieron enfrente.
En el sur, la futura  reina coronada se frota las manos con tu derrota.
Y en Moncloa, el hombre que se despierta cada mañana con el Marca, se regocija pensando en la cantidad de comodines que le han caído en esta mano.
Y sin embargo, servidor te respeta y te admira profundamente, Iñigo.
Quizás es la solidaridad de los perdedores, aunque yo prefiero pensar que es simple reconocimiento del talento con el que un día, ya lejano, pusiste patas arriba el tablero político.