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O lo que es lo mismo: prácticamente todo lo que ocurre en internet —transacciones financieras, comunicaciones empresariales, servicios en la nube— depende de estas fibras ópticas.
Actualmente existen más de 600 cables activos que conectan continentes y sostienen la economía global en tiempo real.
A pesar de su relevancia, siguen siendo una de las infraestructuras más desconocidas y menos protegidas del planeta. Pero su vulnerabilidad se ha convertido en una preocupación creciente en un contexto de tensiones geopolíticas.
El mapa de los cables submarinos no es uniforme. Existen cuellos de botella donde se concentra una parte significativa del tráfico mundial. Entre ellos destacan el Estrecho de Ormuz, el Mar Rojo, el Canal de Suez o el Estrecho de Malaca.
Un corte relevante podría ralentizar o bloquear transferencias internacionales, operaciones bursátiles y pagos interbancarios. En términos prácticos, esto se traduciría en volatilidad en los mercados, interrupciones en cadenas de suministro y problemas de liquidez en múltiples economías.
El objetivo no siempre es provocar una desconexión total, sino demostrar capacidad de interferencia. La amenaza en sí misma ya condiciona decisiones políticas, militares y económicas.
Un corte relevante podría ralentizar o bloquear transferencias internacionales, operaciones bursátiles y pagos interbancarios. En términos prácticos, esto se traduciría en volatilidad en los mercados, interrupciones en cadenas de suministro y problemas de liquidez en múltiples economías.
El objetivo no siempre es provocar una desconexión total, sino demostrar capacidad de interferencia. La amenaza en sí misma ya condiciona decisiones políticas, militares y económicas.
Si los conflictos en Oriente Medio o Asia escalaran hacia un escenario más amplio, los cables submarinos podrían convertirse en objetivos prioritarios. De eso no hay duda alguna.