| Josu Jon Imaz |
Es decir, si fuésemos mínimamente humildes reconoceríamos que Euskadi no sería mucho más que un barrio de Londres, Nueva York, Shanghái, Delhi, El Cairo, Bombay o Pekín, por decir algunas de las ciudades referentes del planeta. No podemos aspirar a ser mucho más que eso, un buen barrio donde residir y vivir dignamente.
Y por otro lado son muchas las grandes empresas multinacionales que multiplican por mucho los presupuestos de nuestra querida Comunidad Autónoma Vasca, Euskadi.
Un ejemplo que cualquiera entenderá es el de Josu Jon Imaz. Un ciudadano vasco que fue lo máximo que se puede ser en el PNV y que hoy dirige los destinos de REPSOL.
Para los no desmemoriados diría que convendría detenerse en una imagen de principios de este año. En la Casa Blanca, Donald Trump reunía a las grandes petroleras para decidir quién podrá operar sobre los recursos energéticos de Venezuela bajo ocupación estadounidense. Entre los ejecutivos presentes estaba Josu Jon Imaz, cuya intervención fue pobre y sumisa pero no menos reveladora, demostrando que los recursos de los pueblos se negocian sin ellos y en el que las grandes corporaciones no sólo se adaptan a ese poder, sino que lo legitiman y lo necesitan.
Este Aberri Eguna llega en ese contexto. Durante décadas, las elites políticas han proyectado Euskadi como un país modélico, capaz de combinar desarrollo económico, cohesión social y estabilidad institucional, hasta convertir ese relato en la coartada de su propia continuidad en el poder.
En este escenario, el PNV nos habla de “ser más nación”, mientras Euskadi sigue siendo profundamente dependiente de los combustibles fósiles y de mercados energéticos volátiles. Nos habla de “patria viva” mientras permanecemos a la cola de Europa en el despliegue de energías renovables. No es una contradicción: es la prueba de que el relato ha dejado de describir la realidad para empezar a encubrirla.
En otras palabras: nos están vendiendo humo.
Y aquí, el humo no es una metáfora. Y si no, que se lo pregunten a los vecinos y vecinas de Muskiz.
Un ejemplo que cualquiera entenderá es el de Josu Jon Imaz. Un ciudadano vasco que fue lo máximo que se puede ser en el PNV y que hoy dirige los destinos de REPSOL.
Para los no desmemoriados diría que convendría detenerse en una imagen de principios de este año. En la Casa Blanca, Donald Trump reunía a las grandes petroleras para decidir quién podrá operar sobre los recursos energéticos de Venezuela bajo ocupación estadounidense. Entre los ejecutivos presentes estaba Josu Jon Imaz, cuya intervención fue pobre y sumisa pero no menos reveladora, demostrando que los recursos de los pueblos se negocian sin ellos y en el que las grandes corporaciones no sólo se adaptan a ese poder, sino que lo legitiman y lo necesitan.
Este Aberri Eguna llega en ese contexto. Durante décadas, las elites políticas han proyectado Euskadi como un país modélico, capaz de combinar desarrollo económico, cohesión social y estabilidad institucional, hasta convertir ese relato en la coartada de su propia continuidad en el poder.
En este escenario, el PNV nos habla de “ser más nación”, mientras Euskadi sigue siendo profundamente dependiente de los combustibles fósiles y de mercados energéticos volátiles. Nos habla de “patria viva” mientras permanecemos a la cola de Europa en el despliegue de energías renovables. No es una contradicción: es la prueba de que el relato ha dejado de describir la realidad para empezar a encubrirla.
En otras palabras: nos están vendiendo humo.
Y aquí, el humo no es una metáfora. Y si no, que se lo pregunten a los vecinos y vecinas de Muskiz.