Nadie quiere pasar frio voluntariamente y quien así lo hace, voluntariamente, suele ser gente inestable o con gran necesidad de llamar la atención de una ciudadanía que se deleita viendo excentricidades en otros.
Si a todo lo anterior lo acompañas de cucuruchos que acompañan una vestimenta pintoresca,
que impide reconocer quien está dentro desfilando con música tétrica,
con intención de causa expectación, suspense, susto o emociones fuertes,
con una teatralización que invita a dar un paso atrás a quien les ve por primera vez
porque entender cuales son sus propósitos o pretensiones no es sencillo la primera vez,
no parece, en principio, una actividad, plausible ni agradable.
Parece razonable pensar que si el tema fuese estrictamente religioso, limitarían su actividad a la intimidad de los numerosos edificios disponibles a su disposición.
Pero la realidad no va por ahí. Como la ciudadanía no acude a sus centros, ellos cortan las calles para desfilar por donde la gente pueda verles a lo largo de su teatralización del miedo, del dolor o del sufrimiento.
Negar que tiene mucho de circo y de supuesta atracción turística, sería poco razonable.