| El Papa y el president Illa, en la reunión que mantuvieron ayer en el Palau Episcopal |
Es cierto que el texto también contempla relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones religiosas, pero lo que hemos visto estos días parece ir mucho más allá de esa colaboración y encaja difícilmente en un Estado que se define como aconfesional.
Por otra parte, se agradece que León XIV reconociese públicamente que los abusos sexuales en la Iglesia son una “plaga” y que lo hiciese ante muchos de los que han estado encubriéndolos durante décadas. Pero no es suficiente. Su encuentro reducido y casi clandestino con unas víctimas seleccionadas por la propia Iglesia enfadó y con razón a las asociaciones que representan a centenares de supervivientes de la pederastia y a las que se decidió dejar en la calle. Literalmente, porque tuvieron que resignarse a seguir alzando la voz solo ante los medios que quisieron escucharles.
También me gustaría señalar que en uno de sus discursos en Madrid, el Papa animó a los jóvenes a contraer matrimonio. Sin embargo, nueve de cada diez bodas celebradas en España son civiles.
En definitiva, la cuestión de fondo no es la relevancia del Papa ni el interés que pueda despertar su visita. Lo que resulta llamativo es la distancia entre la imagen proyectada por buena parte de las instituciones y los medios de comunicación y una España que se declara aconfesional.